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¡Hagamos algo!

Carlos Díaz

Al ayudar a las personas a hacerse tales te haces a tí mismo persona; al ayudar a las gentes a ser mejores que tú mismo te haces mejor tú también; al ayudar a los otros a madurar, madurarás también tú mismo.

¿Quién no podría ofrecer al menos algunas horas semanales en obras como sacar a pasear a un tetrapléjico, convertidos nosotros en sus manos y en sus pies, regalar a un ciego la narración del vuelo de un ave avistado desde nuestros propios ojos así prestados, visitar a niños abandonados, acompañar a disminuídos sensoriales, etc? Todos podemos regalar algo. ¿Que qué tiene esto que ver con la acción social? Si algo tan simple como esto haces, abrirás tu mente poco a poco, y con ello ¡no lo dudes! tu operación se irá tornando insensiblemente en co-operación. Verás las cosas de otro modo, las verás desde un cor-razón humanizado. Al ayudar a las personas a hacerse tales te haces a tí mismo persona; al ayudar a las gentes a ser mejores que tú mismo te haces mejor tú también; al ayudar a los otros a madurar, madurarás también tú mismo. ¿Cómo?

Viviendo con sobriedad

Desde la “grandiosa carencia de necesidades” que llevara a exclamar rotundamente a Sócrates en medio de las abarrotadas y ya consumistas también entonces calles de Atenas: “¡Cuánto es lo que no necesito, y lo que necesito cuán poco lo necesito!”. Nada lograremos sin austeridad, sin cambiar nuestra mentalidad respecto al uso de los bienes y recursos, respecto de la avaricia de la propiedad.

Trasvasando los bienes excedentarios

Cuantos más bienes trasvasados, mejor. Con los pobres, contra la pobreza. La justicia es una virtud que al menos puede medirse en calorías, pues las hipercalorías de los ricos se dan a costa de las hipocalorías de los pobres. Lo que en el mundo opulento se llama “renta per cápita” no es precisamente “virtud per capita”, sino “ingesta per capita” de las calorías de los pobres. Llamémoslo pauperofagia.

Los pobres lo saben, porque una cosa es ser pobre y otra muy distinta ser tonto, y por eso son los que más agradecen su labor a quienes luchan por la justicia, aunque a veces -demasiadas- los engañemos; en todo caso, son los que te dan infinitamente más de lo que tú puedas pensar en darles. Cierto preso al que un día trasladaron a su mejor amigo del penal en el que estaban, no teniendo nada que darle, se arrancó un diente y se lo entregó. Los pobres siempre dan sus dientes cuando no tienen nada más: se dan a sí mismos. Quien ignora a los pobres no descubre la propia riqueza. Quien no se hace pobre con los pobres no se enriquece. Y quien no se enriquece con la lucha superadora de los más pobres no se enriquece con la propia. Uno descubre a través de lo que hacen los pobres, y desde la propia pobreza, sus propias posibilidades de crecer como persona.

Hay papás que creen que por “tocar pobre” sus hijos van a echarse a perder; entonces los sobreprotegen, los rodean de guaruras y de miedos. Sin embargo, el mejor regalo que pueden darles es ayudarles a descubrir el rostro de la viuda, del huérfano y del extranjero. No que les impermeabilicen con una capa de protección.

Salvaguardar la Naturaleza

Boicotea todos los productos que atenten en su proceso de producción y en su publicidad contra la dignidad del ser humano y de la naturaleza.

Deja limpio lo que encuentres sucio, y no a la inversa. Como ciudadano veo cáscaras de plátano en el suelo que procuro recoger y echar en la próxima papelera, no siempre tan cercana. Se comienza por poco: el que ha llevado una cáscara de plátano cincuenta veces a una papelera termina convirtiéndose en un buen ciudadano. No se trata de convertirse uno mismo en un recogedor de basuras. Pero la vida no es una excursión en la que tus residuos molesten al siguiente: no dejes otra huella que no sea la de tu limpieza vital. Ojalá que el corazón te lleve a cargar con quien sólo sabe ensuciar.

Luchar contra el hambre y contra todo lo que mata

Esto conlleva asumir en la vida cotidiana batallas que a la mayoría de los ciudadanos les resultan invisibles porque no las sienten como propias. A veces hay cables de luz peligrosos, cloacas sin tapadera, señalizaciones equívocas, etc, y esos peligros siguen ahí por tiempo, incluso causando víctimas. Ante ellos los corazones duros procuran sortearlos ellos mismos y en todo caso alertar a sus amigos. Pero )por qué no avisar también a la policía, a quien corresponda? Así pues, invitación al civismo: evita el peligro a los demás como si del tuyo propio se tratase. Resulta duro asumir ese comportamiento, pero más duro para la persona digna sería no hacerlo. Además, mala señal ética no llevar ninguno de esos teléfonos en la agenda para usarlos cuando corresponda. Quien es capaz de lo pequeño es capaz de lo grande, quien no es capaz de lo pequeño tampoco de lo grande.

Ayudar a reconstruir la identidad reflexiva

No basta con hacer la buena obra del día o de la semana y luego a casita a descansar, hay que ir bastante más lejos todavía. Resulta imprescindible comprender cuáles son los mecanismos estructurales que hacen sufrir y que excluyen a las tres cuartas partes de la humanidad, para cuya restauración y sanación en la raíz no bastan soluciones parciales, superficiales, o meramente locales e individuales. A grandes males grandes remedios, y quien desee grandes remedios habrá de realizar también grandes estudios.

El análisis reflexivo tiene que desembocar en una opción solidaria, pues para reconocer fáctica y no sólo verbalmente la dignidad de la persona hace falta una práctica mínima de comunidad, experiencia de comunionalidad. Todo lo que sabemos debemos asumirlo para transformar la realidad. Esa transformación exige una presencia pública en el nivel en que uno se encuentre más cómodo: en asociaciones civiles, culturales, recreativas, sindicales, políticas, etc.

Aunque perdamos tiempo y dinero, pues a estos niveles se va para regalar(se), y en eso está la ganancia. El peor de los políticos nos parece mejor que el mejor de los abstencionistas: quien no hace nada y se queja es un hipócrita. Hablar mal de los políticos es deporte nacional que a nosotros no nos interesa. A mal tiempo buena cara, nada resulta insuperable con humor. Estaba Bernard Shaw en una de esas horrendas fiestas, y alguien le preguntó si se divertía, a lo que él respondió: “es lo único que puedo hacer aquí”.

 
 

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