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Tiempo de silencio

Jaime Septién

La Cuaresma, en su honda significación cristiana, trae como un viento fresco ante tanta nadería.

La Cuaresma es una oportunidad de encontrar en el tesoro de la fe el sentido de nuestra existencia. Hoy, muchos jóvenes -y muchos viejos-solamente soportan la vida, la toleran con alguna parsimonia, como si se tratara de una intrusa que vino a quedarse en la casa y que no termina su estancia de una buena vez. Ese regalo inmenso. Les cuesta trabajo creer que sirvan para algo. Que hay una misión que cumplir. Que son amados por Dios y que su lugar, el lugar que ocupan, es insustituible, singular, especialísimo en la historia entera de la salvación.

¿Por qué la Cuaresma? Porque es, en su austeridad y en el enfrentamiento con la muerte de Cristo, en el ayuno, la vigilia y la oración, sólo ahí, donde somos capaces de vernos cara a cara con nuestra pavorosa humildad. Cae la máscara que nos cubre de ordinario. Somos polvo, se nos anuncia el Miércoles de Ceniza, y en polvo terminarán nuestros huesos. Pero antes, en el espacio de un relámpago que dura la vida de cada quien, está la posibilidad del amor. Y el amor es lo que paga el boleto de los años que Dios nos concede habitar en el mundo.

Para muchos cristianos, incluso de buena fe, Cuaresma ya no significa mucho. Alguna tradición gastronómica; alguna verbena popular, quizá la expresión pública del arrepentimiento y, por supuesto las largas vacaciones del primer trimestre del año en las semanas Santa y de Pascua. Algún ingrediente más, no demasiado espeso, corona la visión generalizada de los cuarenta días previos a la conmemoración del sacrificio que Jesús cumplió con obediencia ciega al Padre para «justificar» la creación de los hombres por Él.

Más aún en épocas de indiferencia religiosa como la que atravesamos. Cuando se discute si es o no discriminatorio un crucifijo en el salón de clases; si hay agresión a la ley cuando un católico piensa en voz alta; si es políticamente correcto rezar el Padre Nuestro en el autobús o si los matrimonios homosexuales pueden adoptar a un niño como si adoptaran una mascota. En tiempos en que se rehuye la polémica, en los que se acaban las convicciones firmes y en los que una opinión, expresada con autoritarismo, se convierte en una verdad.

La Cuaresma, en su honda significación cristiana, trae como un viento fresco ante tanta nadería. Un silencio vital ante tanta palabra inútil. Volver a lo esencial. Hablar de lo esencial. Vivir desde lo esencial. Y lo esencial es Cristo. Cristo, cuya Presencia se agiganta en la Cuaresma, como se agiganta la sombra de una Cruz en la ladera de un monte, con el sol del crepúsculo.

 
 

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