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Las 4 M’s de la liberación femenina

Walter Turnbull

Interrumpimos esta cuaresma para recordar el día internacional de la mujer. Otra vez llega y otra vez provocará muchos comentarios de todos los tipos, desde los más sensatos hasta los más disparatados.

Hoy se habla mucho de liberación, emancipación, dignificación de la mujer. Muy buenos deseos, que desgraciadamente en muchos casos han llevado a nuevas y más destructivas formas de esclavitud y de humillación. Mujeres que luchan por convertirse en objetos sexuales, mujeres que luchan por convertirse en hombres, mujeres que luchan por desaparecer de la tierra a las mujeres...

Los católicos, como siempre, vemos en el mensaje de Cristo la única solución a los problemas de opresión no sólo de las mujeres, sino también de los hombres. Los mismos preceptos que la Iglesia viene predicando desde hace 2,000 años -las bondades de la sexualidad, el respeto a la persona, el amor al prójimo, la unidad, la igualdad de todos, la redención del hombre a la dignidad de hijo de Dios- son los que verdaderamente pueden liberar a la mujer -y al hombre- de la lacra del machismo.

Les comparto la idea que escuché de un sacerdote marista mucho más preparado que yo, que a su vez lo escuchó de otro sacerdote marista más preparado que él. El original debe haber sido excelente; yo me conformo con presentarles la idea.

Hay cuatro regalos que la Iglesia ha hecho a la causa de la promoción de la mujer. Para que usted lo recuerde, para que usted lo memorice, las cuatro comienzan con “M”.

María.- Por supuesto. En muchas religiones antiguas ha habido deidades femeninas, dioses con forma de mujer. María es la mujer de carne y hueso que ocupa un lugar principal e imprescindible para la historia de la salvación. Es la corredentora, es la puerta, es la colaboradora de Dios en la destrucción del demonio y en el nacimiento de la Nueva Jerusalén, desde la anunciación hasta el Apocalipsis pasando por la cruz y por el nacimiento de la Iglesia. En el cristianismo Dios quiere poner en manos de una mujer la realización de su proyecto. En la exaltación de María, Dios eleva a todas las mujeres.

Monogamia.- Posiblemente ha habido otras culturas en las que se ha propuesto la monogamia, pero es sabido que en la gran mayoría fue normal que un hombre tuviera varias mujeres y que la mujer fuera una posesión del hombre. Lo que hoy nos parece obvio -aunque en la práctica muy pocos lo siguen- es aportación a la cultura de nuestra querida Iglesia. Es el cristianismo el que propone como una novedad que el hombre tenga una mujer y la tenga para toda la vida. Fidelidad, indisolubilidad, exclusividad en la relación de pareja, son propuestas por la cultura católica, y hoy que el mundo quiere regresar al concubinato, la Iglesia sigue defendiendo, contra viento y marea, el derecho de la mujer a ser la única esposa para siempre. Y vaya junto con la monogamia el respeto a su persona, a su libertad, a su superación. Si no lo creen pregúntenle a las mujeres en los países en los que no ha afianzado el cristianismo.

Maternidad.- Otra vez, encontramos en otros pueblos el culto a la fertilidad: la mujer como fábrica de guerreros, de campesinos, de esclavos. El cristianismo propone a la mujer como colaboradora en la creación de hijos y en la salvación de espíritus; la mujer que educa, que cuida, que guía, que lleva a Dios. El amor incondicional, que sirve, que trabaja, que se sacrifica por amor. El amor que sirve a Cristo en el hijo y que lleva al hijo a Cristo. La maternidad como camino de realización y de salvación. “...la maternidad la salvará...” (1 Tm. 2, 15). Tristemente hoy muchos ven la maternidad como una amenaza. La Iglesia ve en la maternidad la más sublime de las empresas en que un ser humano se puede emplear.

Monjas.- Son comunes en muchas culturas desde hace mucho tiempo los conventos, monasterios, logias, congregaciones, asociaciones de hombres que querían alcanzar algún objetivo sin que el mundo les estorbara. Hasta la fecha los masones o los del Ku Kux Klan están integrados por puros hombres. La mujer no era considerada digna de estas actividades. La mujer tenía que depender de un hombre. La Iglesia católica funda los monasterios. Mujeres que declinan su derecho a una pareja para entregarse de lleno a Dios. Mujeres que sin la necesidad de un hombre encuentran un camino de realización en el servicio. Mujeres que educan, que curan, que cuidan, que oran. Mujeres que con su trabajo han hecho por la humanidad más que todos los gobiernos y todas las ideologías mesiánicas juntos. “Una monja, ¡Qué desperdicio de vehículo!” decía un amigo mío muy ensartado en la New Age (a quien, por cierto, guardo mucho cariño y admiración). Yo, que conozco someramente lo que las monjas hacen por el mundo, me pregunto: ¿Qué sería del mundo sin las monjas?

Dicen que cuando los científicos llegan a la cima del conocimiento, se encuentran ahí sentados a los teólogos. Cuando los feministas y liberales logren de veras hacer algo por el bien de la mujer, se encontrarán con la doctrina de la Iglesia.

 
 

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