Tú siembra, y no
eches cuentas
Carlos Díaz
Siembra sin esperar la cosecha. Sólo quien siembra
poco espera demasiado y desespera mucho.
No son pocos los que antes de comenzar se preguntan con
gran aparato de retórica: ¿cuánto me faltaría aún en el supuesto
hipotético de que yo quisiera arrimar mi hombro a la causa de los
humildes? Ponen así ellos la venda antes de la herida, y pasan a
justificar acto seguido con dilatadas retóricas la inacción que tanto
estaban deseando. De tal guisa se usan miles de posibles buenas razones
para una sola mala causa.
Siembra sin esperar la cosecha. Sólo quien siembra poco
espera demasiado y desespera mucho. La primera cosecha está ya en el hecho
mismo de la siembra. Una parte irá a parar a tierra mala, otra se la
comerán los pájaros, pero otra caerá en tierra buena y dará abundante
fruto, terminará saliendo. Y, como no se puede sembrar y cosechar a la
vez, lo importante ahora está en abrir el surco. Surco a surco, verso a
verso, abriendo caminos al futuro. Siembra derecha con surcos torcidos,
desde luego. Si quieres evitar el fracaso procura asimismo evitar la
contabilidad del triunfo. La grandeza de un ideal se mide por la capacidad
de luchar por él, alcanzarlo es solamente una recompensa. Obra de tal modo
que no tengas que arrepentirte, en aquella hora, de haber amado demasiado
poco.
En el caso límite, aunque estés seguro del no-futuro,
sigue sembrando, pues sembrar es lo que sabes hacer; y, sin obligar a
nadie, invita a que te acompañen; si mueres sembrando, tu muerte,
sembrador, será ya la primera cosecha. Aun reconociendo la fuerza del
pasado, éste debe ser un trampolín, no una hamaca. La humanidad cambia muy
despacio, pero con tiempo y con paciencia la hoja de la morera se
convierte en vestido de seda. Cuando hayas envejecido a pie de ruta,
hermano, entonces sí, entonces habrás llegado, porque la meta está al
final del viaje. He aquí la prueba para verificar si tu misión en la
tierra ha concluido: si estás vivo, no ha concluido aún.
El utilitarismo, tan tan útil a los inútiles, ignora
que las gentes de carácter, sabedoras de sus propias fragilidades,
sencillos seres humanos, prefieren no echar cuentas, así que para no
desanimarse ellas mismas, para no venirse abajo, no especulan demasiado: a
cada día le basta su afán. Contribuciones históricas no se hubieran
llevado a efecto, de haberse evaluado de forma pormenorizada a priori los
costos o las dificultades relativas al éxito. Jornadas enteras
renunciarías si le echaras un pulso al entorno.
En lugar de sumar, restar, multiplicar o dividir,
trabaja sencillamente con tu pequeña debilidad, hasta donde creas que
puedes, porque no todos podemos por igual; los mejores son los más
conscientes de que al final de la jornada siguen siendo siervos inútiles.
Basta con haber intentado hacer lo que había que hacer, lo cual no siempre
coincide con lo que se hubiera querido hacer. La dificultad sube de tono
corriente arriba, a viento y marea, cuando remas contra el espíritu de la
época y los ídolos del tiempo. El sufrimiento sella la posición de quien
dice valientemente las verdades del barquero, precisamente aquellas que
más la irritan: “Lautaro era una flecha delgada Se hizo velocidad, luz
repentina Se hizo cristal de trasparencia dura. Estudió para viento
huracanado Sólo entonces fue digno de su pueblo” (Pablo Neruda)
Ánimo, no estamos solos, tres vanguardias compañeras
nos preceden en el voceo de los siglos anunciando el bien y denunciando el
mal, y a ellas hay que mirar para cantar alto la maravilla de la palabra
que proclama el rayar de un nuevo día, aunque sea de noche:
- La inconmensurable vanguardia de los victimados, el
mundo del dolor que grita con desgarradora voz su palabra descomunal
(también con frecuencia en profundo silencio cuando se le han acabado
todas las frases) desde el interior mismo de su complejo sufrimiento.
- La invisible vanguardia de los místicos y de los
orantes cuya vida, desde el alba hasta el ocaso, en la escarcha del
invierno y en el tórrido sol de agosto, se alza como ofertorio educativo
por el bien de la entera humanidad.
- La interminable vanguardia de los soñadores que a
través del pensamiento, del arte, de la creatividad sin reconocimiento ni
medallas ni subvenciones ni sillones ni gremios se esfuerza por ofrecer a
la humanidad modelos realmente alternativos frente al dolor rabioso en que
se debate la civilización coetánea.
Miles de utopías de pequeños colectivos forman el Gran
Arco polilobulado de Pedatopía. Si articulamos una sinergia de
microutopías desde abajo, haremos que el sol salga más temprano para
nosotros, aunque haya nubes.
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