Principio o
fundamento
Walter Turnbull
La receta para la paz y para el verdadero éxito es
encaminarnos a aquello para lo que hemos sido creados.
Recuerdo que ya lo había leído alguna vez, pero se me
había olvidado. Se encuentra en el párrafo 23 de los Ejercicios
Espirituales de San Ignacio de Loyola, casi al comienzo de la segunda
parte: “Los ejercicios propiamente tales”. La frase es contundente y dice
así:
Principio o fundamento
El hombre, (cada hombre, la humanidad entera) hemos
sido creados para este fin: alabar, reverenciar y servir a Dios nuestro
Señor dentro del misterio de la salvación. El resto del universo ha sido
creado en relación con nosotros (con cada hombre, con la comunidad humana)
para que nos ayude en la consecución de la meta hacia la cual hemos sido
creados. De donde se sigue que debemos servirnos de las criaturas o
abstenernos de ellas tanto cuanto nos ayuden o estorben para alcanzar
dicha meta. Por consiguiente, en cuanto dependa de nuestra elección y no
nos esté ni mandado ni prohibido, es menester que adoptemos una actitud de
indiferencia o imparcialidad ante todo lo creado, en el sentido de que, de
nuestra parte, no prefiramos la salud a la enfermedad, la riqueza a la
pobreza, una vida larga a una vida corta; sino que en todo solamente
deseemos y elijamos aquello que más nos conduce a nuestro fin. .
Supongo que algo parecido nos sucede a la gran mayoría:
ya lo habíamos oído y entendido, y periódicamente volvemos a oírlo y hasta
a aceptarlo, pero la vida con sus afanes se encarga de repetirnos todos
los días exactamente lo contrario y nuevamente volvemos a olvidarlo. Y nos
convencemos de que la vida es para buscar el placer, la diversión, la
seguridad, el afecto de los demás, la admiración de los demás, la victoria
sobre los demás... tantas cosas por las que batallamos tanto y nos dejan
con una sensación de vacío si es que las conseguimos o con un sentimiento
de frustración si es que no lo logramos.
La receta para la paz y para el verdadero éxito es
encaminarnos a aquello para lo que hemos sido creados: alabar, reverenciar
y servir a Dios amando y sirviendo al prójimo, indiferentes ante los
placeres o los dolores que nos presenta el mundo. Eso es lo que vienen a
recordarnos la pascua y la cuaresma.
¿Que suena a locura? ¡Claro que sí! ¿Que es difícil de
aceptar? Por supuesto. ¿Estaría loco San Ignacio (y junto con él San Juan
de la Cruz y Santa Teresa y Santa Teresita y Santa Teresota)? La lógica
nos dice que sí. La predicación de la Cruz es una necedad para los que se
pierden (1 Co. 1, 18). Pero, mientras son peras o son manzanas, el loco
que lo afirma es un gigante de la fe que hoy goza plenamente de la gloria
de Dios. Y junto con él todos los otros santos locos que han entendido
para qué fuimos creados.
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