La vida no es para
todos
Pareciera como si nos hubiéramos acostumbrado a la
epidemia del Sida.
Este es un tiempo de epidemias, de raras epidemias, de
virus que nos sorprenden, de enfermedades que igual afectan a animales que
a personas. Vacas, pollos, luego vendrán cereales, frutas, qué sé yo.
Pestes siempre ha habido, es cierto, pero ahora nos asaltan con tal
rapidez y con tal variedad, que no nos da tiempo a encontrar el antídoto.
El Sida fue la última gran epidemia del siglo pasado,
la cual está echando cuerpo aceleradamente en lo poco que va de este
siglo. Y es lo que siempre ocurre. Que las epidemias se ceban en los
pueblos más pobres, en las regiones más desasistidas, en las personas más
inocentes.
El tema ha sido puesto sobre el tapete nuevamente por
Juan Pablo II y con motivo de su mensaje de preparación para la cuaresma:
“la humanidad no puede cerrar los ojos ante los millones de niños enfermos
de Sida en África”. Dicha así, pareciera que suena a poco, pero si echamos
cuentas y hacemos caso a las estadísticas que dicen que solamente en Kenia
mueren cuatrocientas personas al día a causa de este virus, y de que hay
en el mundo más de dos millones y medio de niños infectados, y que el año
pasado murió una de cada cinco, el escalofrío ya es mayor.
Lo novedoso de esta emergencia denuncia del Vaticano es
que se ha culpado del auge de esta enfermedad a los laboratorios
farmacéuticos. Estos niños africanos, menores de quince años, “llevan
consigo la semilla de la muerte porque no tienen medicinas. Se ha llegado
inclusive a acusar a los laboratorios de “genocidio”, por su
insensibilidad y por el costo de los antirretrovirales. Y lo ha dicho con
palabras tan duras como éstas: “En Europa y América del Norte la
enfermedad es cada vez menos mortal y cada vez más crónica, mientras en
Kenia, por ejemplo, mueren cuatrocientas personas al día. ¿Por qué esta
diferencia?. Por la acción del genocidio de los carteles farmacéuticos,
que se niegan a bajar los precios en África, a pesar de que sus beneficios
en 2002 fueron de 515 millones de dólares”.
Estoy totalmente de acuerdo con esta queja del
Vaticano. La medicina no solamente ha pasado a ser un lujo sino inclusive
un imposible para los más desfavorecidos; y no solamente con respecto al
Sida, también a otras muchas carencias humanas. Pero igualmente estoy
convencido de que no se trata únicamente del remedio de las medicinas sino
de otras muchas prevenciones.
|