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Libertad de educación

Walter Turnbull

Los padres no cuentan más que con su palabra y con su ejemplo, y los educadores modernos los quieren amordazar. Los creyentes y los padres, y sobre todo los padres creyentes, están hoy siendo víctimas de una competencia desleal.

Aparece un recuadro al pie de la pantalla y en el recuadro un mensaje: “Recuerda que tus hijos no son tuyos. Tú no eres su dueño. Son seres independientes. Tú no tienes derecho a imponerles tu forma de pensar”, o algo parecido.

La idea suena bien. Las intenciones podrían ser buenas. Todos somos personas libres y nadie tiene el derecho de imponer (así, lo que se llama imponer) su forma de pensar a otro. Algún día nuestros hijos tienen que decidir por sí solos qué ropa usar, a qué equipo le van, si quieren casarse o no y con quién, cómo quieren ganarse la vida, cómo van a buscar su realización, y finalmente si les interesa irse al cielo o no. Lo que se intenta es evitar que padres fanáticos, retrógrados y prejuiciosos, impongan a sus hijos sus doctrinas y los marginen del modernismo, de la pluralidad y de la libertad de pensamiento.

Por el otro lado, Juan Pablo II repetidamente ha insistido en que los padres -y también las escuelas- deben dar instrucción religiosa a sus hijos y en que tienen derecho a decidir sobre el tipo de educación que deben recibir sus hijos. En Estados Unidos, por ejemplo, los padres pueden educar a sus hijos en sus propias casas, en un sistema abierto, para evitar que a sus hijos les enseñen doctrinas que no están de acuerdo con sus creencias (claro que en México estamos muy adelantados en educación en comparación con Estados Unidos).

En respuesta los fanáticos de la libertad de creencia ya están luchando por que se prohíba la educación en casa para que los papás no puedan evitar ese adoctrinamiento y los niños tengan la oportunidad de aprender en la escuela todas las inmoralidades y estupideces que el sistema educativo disponga en ese momento. Como usted ya habrá escuchado, en algunos países liberales ya han dispuesto que a los doce años toda persona tenga derecho a definir su opción sexual (castidad, matrimonio, amasiato, promiscuidad, homosexualidad, sadomasoquismo, bestialismo, etc.) sin que los padres tengan derecho a intervenir, so pena de ser perseguidos por el delito de coacción. Todo en nombre de la pluralidad en la información y la libertad de elección.

El problema aquí es que esa pretendida pluralidad en la práctica degenera en una parcialidad desastrosa.

En una situación equilibrada, el niño tendría que conocer las creencias de sus padres y también otras opciones para poder elegir. Los padres tendrían que enseñar -no imponer- su religión (o su ética o su ateísmo, o su lo que sea), y otras instancias tener la oportunidad de predicar la suya.

En la realidad, esta política de falsa apertura termina por obstaculizar la enseñanza paterna y dejar el camino libre a todas las demás enseñanzas. El de los refrescos nos impone que la felicidad está en tomar tal o cuál refresco, y el de los coches que en tener su coche, y el de las cremas en usar su crema. El maestro de biología nos predica el materialismo y el maestro de historia el marxismo. Las telenovelas nos predican que la vida tiene que ser conflicto, traición, adulterio... Las series y películas gringas nos enseñan que la justicia sólo se obtiene por la violencia. El cine y televisión mexicanos nos enseñan que el sexo es divertido porque es ridículo. Alguien de los medios nos recuerda que entre los derechos del niño está el ejercitar libremente su sexualidad. Los intelectuales nos enseñan que la Iglesia es una estafa. La educación oficial nos enseña que la constitución mexicana es perfecta y que la bandera es santa. Todos nos enseñan que la felicidad está en el bienestar económico, en el prestigio y en el placer sexual... Y los papás no le pueden enseñar a sus hijos los 10 mandamientos de la Ley de Dios.

Y si de imponer hablamos, todos estos medios utilizan la obligatoriedad, el monopolio, la programación subliminal, las técnicas publicitarias, el bombardeo irrestricto, la mentira disfrazada... y nadie -excepto la Iglesia católica- les dice nada. Los padres no cuentan más que con su palabra y con su ejemplo, y los educadores modernos los quieren amordazar. Los creyentes y los padres, y sobre todo los padres creyentes, están hoy siendo víctimas de una competencia desleal. Ese “no debes imponer tus idea a tus hijos”, termina convirtiéndose en: “cualquiera puede imponer a tus hijos sus ideas menos tú”.

Si estos promotores de la libertad de creencia tiene buenas o malas intenciones o si son conscientes del daño que pueden causar, no lo sabemos. Lo que sí sabemos es que están propiciando una situación perversa y que, sabiéndolo o no, están trabajando por la perdición del hombre.

Mi hijo no es mío, es una persona aparte, pero como persona tiene derecho a conocer la verdad; y yo, como cristiano, tengo el tesoro de la sabiduría de Dios y tengo la obligación y el privilegio de darlo a conocer. Empezando por mi hijo.

Señores liberales, ustedes que son tan tolerantes, me van a tener que perdonar.

 
 

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