El carnaval del
casorio
Víctor Corcoba Herrero
Presumen que son de la alta sociedad, aunque su
comportamiento sea de bajura y de navajas. Son los navajeros del amor.
A lo que hemos llegado y lo que queda por venir. Hoy me
caso porque me ha dado por ahí y mañana me descaso si la cosa no cuaja. Es
como un carnaval diario, de plantes y desplantes, de amores fingidos y de
seriales carnavalescos. El noviazgo ya no existe. Del catre, se adviene
vivir juntos, que es lo progre. Y luego pasa lo que pasa, que nadie conoce
a nadie, a pesar de tantos desnudos de cuerpo, que no de alma.
En esa casa, que no es la del amor, nacen niños. Y
empiezan los problemas. Las malas caras. Los carotas y caraduras. De
carantoñas ya nada. Las uñas largas y el corazón frío. Los mazazos y
cortes de aire. Las maletas de niños de aquí para allá, a la orden del
desorden. Todo patas arriba. Vueltas y revueltas de odios y venganzas. La
chirigota está servida. Se sirven de los niños y los niños dejan de ser
niños.
A rey muerto, rey puesto. El papi ya tiene rehecha su
vida con otra mami, con la que se veía descaradamente. A su vez, la
amante, tiene hijos de otros casorios. El batallón de nenes y nenas, duda
de sus verdaderos progenitores. Han crecido entre cuernos y cornadas. Por
su parte, la mami, despacha con despecho al papi de sus hijos. Acude a la
cirugía estética. Quiere volver a ser la veinteañera que fue. Para olvidar
el tiempo perdido, coquetea con un amigo de dieciocho, rescatado de
Internet que, para colmo de males, resulta ser bisexual.
Lo relatado es tan real como la vida misma. Presumen
que son de la alta sociedad, aunque su comportamiento sea de bajura y de
navajas. Son los navajeros del amor. Parece que la pobreza une más de
corazón. Las crisis matrimoniales suelen resolverlas mejor. Lo del
matrimonio para toda la vida comienza a ser un imposible. Se da más en los
ciudadanos de alto poder adquisitivo, según reflejan estudios realizados
al respecto. Acuden a los tribunales eclesiásticos, no se cortan, tiran de
amigos y de talón, se hacen los/as víctimas y los/as incomprendidos/as. Se
empapan las causas de nulidad y se anulan hasta la dignidad, si es
posible, con tal de conseguir quedar inmaculados. Olvidan el vínculo
matrimonial, el compromiso contraído, y, más de uno acaba echando pestes a
los curas, cuando en vez de compadecerse, les remata, sobre su relativa
presunción de validez matrimonial en caso de duda, sino se prueba lo
contrario.
Ya es hora, pues, que todos los poderes
constitucionales a una, aúnen sus ayudas, y no marginen el auxilio a esos
matrimonios con dificultades. A pesar de tantos desajustes, las
estadísticas nos dicen que son muchas las parejas que quieren casarse por
la Iglesia Católica. Ante tanto festín verbenero, también se entiende, que
los curas rehúsen casar a la ligera, sin profundizar con los contrayentes
en el verdadero significado del matrimonio, tan distorsionado, hoy en día,
como el amor, para desgracia de todos. Creo que está bien no ceder a una
visión meramente protocolaria de alianzas y consorcios, o de modismos,
llamando a las cosas por su nombre, para evitar confusiones que confunden
a la prole e irresponsabilidades venideras. Que yo sepa, los hijos son
cosa de dos. Al igual que de los dos cónyuges, su educación. Son los
principales educadores. Y así, tanto la paternidad como la maternidad,
obligan. Esto lo ignoran muchos que un día decidieron unir sus vidas.
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