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La Pasión de Cristo

Eduardo Hayen Cuarón

La película de Mel Gibson "La Pasión de Cristo" viene a sacudir al hombre de hoy, tan ocupado del bienestar y del placer, y tan huidizo de todo lo que represente sacrificio o compromiso. Ciertamente, al mundo moderno le gustaría tener un Cristo más rosa y menos sangriento.

En términos de taquilla, “La Pasión de Cristo” de Mel Gibson ha sido un éxito contundente: 117 millones de dólares obtuvo en los primeros cinco días de exhibición. La obra, cinematográficamente, no deja de ser elogiable: fotografía, vestuario, maquillaje, efectos especiales, la producción y las actuaciones son de muy alta calidad. Sin embargo aquí queremos ocuparnos de sus efectos espirituales. Mel Gibson logra su propósito: conmocionar al espectador presentándole el drama de las últimas doce horas de la vida de Jesucristo.

Si el condenado a muerte fuese un hombre cualquiera, la película no pasaría de ser un filme violento como los que abundan en las carteleras. Pero se trata del Dios-hombre con el que el público, en su mayoría, ha establecido una relación espiritual. Es el Dios-hombre con el que el espectador tendrá que vérselas después de la muerte en el juicio particular. Se trata de Aquel que libremente se entregó al martirio para pagar el precio del rescate de la humanidad. La sangre que vemos correr en la pantalla no es la sangre de una simple película de violencia. Es evocación de la Sangre preciosa del Redentor que reconcilió a los hombres con Dios, lavando las culpas personales y de toda la raza humana. Por eso gran parte del público que contempla aquellas escenas con ojos de fe se conmociona y se siente llamado a la conversión.

La película resuelve la tragedia del Calvario, a la que ha dedicado dos horas, con la resurrección de Cristo, a la que dedica solamente los últimos dos minutos. Mel Gibson enfatiza así la cruz como el centro del misterio cristiano. El filme nos recuerda que el núcleo del cristianismo es Cristo encarnado, que el culmen de la encarnación es la Pasión, y que el centro de la Pasión es la Cruz. Y aunque los cristianos vivimos de la esperanza de alcanzar el mismo destino glorioso del Señor resucitado, el contemplar la Pasión de Cristo nos recuerda que, mientras peregrinamos en el mundo, seguimos a Cristo crucificado cargando nuestra propia cruz. Con razón el símbolo de los cristianos no es el sudario del resucitado, sino la cruz del crucificado.

Desde tiempos del Imperio romano, los paganos se burlaban de los cristianos por adorar a un Dios crucificado. Lo consideraban repugnante. Así durante muchos años se evitó representar la escena de la crucifixión. El hombre de hoy acepta difícilmente aquellas páginas de la Biblia que narran la Pasión y la Cruz. Hay quienes quisieran saltar de la Última cena a la resurrección, evitando los capítulos del suplicio. Al mundo moderno, tan ocupado del bienestar y del placer, y tan huidizo de todo lo que represente sacrificio o compromiso, le gustaría tener un Cristo más rosa y menos sangriento. Hay corrientes espirituales que tachan de dolorismo morboso la actitud de contemplación del crucifijo que se complace en el dolor y pierde de vista la resurrección. De hecho ésta es una de las críticas a Mel Gibson. Sin embargo las palabras de Pío XII, en su encíclica Mediator Dei alientan a los artistas que, como Gibson, exaltan la Pasión del Señor: “Algunos quisieran ver desalojadas de los templos las imágenes de Cristo crucificado que le representan doliente… Si sus acerbos tormentos constituyen el principal misterio donde se obra nuestra redención, es lo más conforme a la fe cristiana que ese misterio se ponga de relieve”.

La película de Gibson viene a recordarnos, por una parte, que el origen de todo nuestro bien se encuentra en la Pasión y en la Cruz de Cristo. Por otra, nos recuerda que no hay sacerdocio, ni vida consagrada, ni matrimonio, ni vida cristiana sin seguir a Cristo crucificado. La Resurrección para la gloria es para quienes atraviesan la puerta estrecha de la Cruz. Santos como Francisco de Asís, el padre Pío, Teresa de Ávila, Gema de Galgani y muchos otros crecieron en amor a Jesús contemplándolo doliente. Ello les dio fuerzas en su lucha por la virtud y la santidad. A nosotros, con los recursos de la técnica del siglo XXI, Dios nos facilita la posibilidad de contemplar y meditar el Misterio de amor más grande de la historia.

 
 

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