La Pasión según
Gibson
La convicción del cineasta es que para él el
sacrificio de Jesús lo es todo. Si no hubiese existido, viviríamos en una
constante conquista de la tierra y en el dominio de unos sobre otros.
No he visto aún la película de Mel Gibson, La Pasión,
pero tendré que verla. Todo lo que nace arropado en polémica es necesario
verlo con los propios ojos para no caer en la simpleza de lo que opinan
los demás. Y opiniones ha habido ya en cantidad, por parte de unos y de
otros. Y esto de que se opine es bueno, ayuda a formularnos un juicio más
personal. Por eso leí la novela El Código da Vinci, y por eso me he
convencido, inclusive como novelista, de que es posible fantasear, pero
nunca dar como histórico lo que es mera fantasía, lo que es especulación,
y lo que es, sobre todo técnica para el comercio y la venta. Así que no
voy a opinar, por ahora, acerca de la película de Mel Gibson, pero sí
sobre algunas de sus declaraciones, porque me sorprenden.
Se sumergió en esta aventura de filmar la pasión de
Jesucristo a costa, inclusive, de su economía. Se auguraban pérdidas
millonarias. Todo parecía abocado al fracaso económico e, incluso sus
amigos, los incondicionales, intentaron convencerlo de que el proyecto no
era viable económicamente. Pero él continuó en sus trece, porque se había
enamorado espiritualmente de Jesús de Nazaret, y eso carece de precio.
Me asombra, además, el que haya realizado esta película
como un acto consciente de evangelización, una vez convencido, luego de
leer y releer los Evangelios, y de meditarlos, de que no quedaba otra
alternativa: había que dar a conocer la vida y la obra de Jesús pues, al
parecer, ni siquiera quienes creían en Él, la conocían. Ha dicho: “Yo sólo
quiero que el que vea La Pasión pueda permanecer sentado y sufrir con
ella. Realmente lo único que he intentado conseguir es que quienes vayan a
verla experimenten un cambio profundo en su vida”. A esto simplemente se
le llama evangelizar como propósito. El cambio de vida, muy de actualidad
en la predicación cuaresmal, para el espectador es el objetivo, no la
ganancia económica.
La jerarquía eclesiástica mundial no se decidió en un
principio a aceptarla como digna, tampoco a rechazarla. Inclusive hubo
declaraciones y contradeclaraciones. Pero ahora ya, al parecer, todos
están de acuerdo: hasta en esas escenas tan violentas que el mismo Gibson
no recomienda ver a menores de doce años.
La convicción del cineasta es que para él el sacrificio
de Jesús lo es todo. Si no hubiese existido, viviríamos en una constante
conquista de la tierra y en el dominio de unos sobre otros. Es una lástima
que tantos ignoren el mensaje de Jesús. Esa es una de las razones por las
que tenía que hacer la película.
Pues sí, es una lástima. Quizá Mel Gibson nos haya
enseñado a cómo evangelizar en los tiempos que corren.
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