Dichosos los que
trabajan por la paz
Pbro. Roberto Visier
A veces tenemos un concepto un tanto escuálido de lo
que es la paz. Nos parece que mientras no haya una declaración de guerra
hay paz, que mientras permanezcan mudos los cañones o los fusiles no hay
problema. Tampoco parece que es una paz ideal la que se consigue cuando se
aplasta al enemigo y se le reduce al silencio ineludible de la muerte;
Todos los que asistimos como espectadores aparentemente
a los conflictos que amenazan seriamente la paz nacional unos e
internacional otros, podemos tener la vaga y poco meditada impresión de
que no podemos hacer nada para evitar la guerra. Y digo aparentemente
lejanos porque en un mundo como hoy, globalizado y tan interrelacionado,
ningún suceso nos debe parecer lo suficientemente alejado que nos mueva a
la indiferencia. Sin duda es voluntad de Dios que todo el género humano
forme como una sola familia y hoy podemos enterarnos al minuto de lo que
le está pasando al hermano asiático o australiano. Pero este sentimiento
de hermandad universal como hijos de un mismo Dios y Padre está todavía
muy lejos de cuajar en muchos lugares. Seguramente es esa la razón por la
que Jesús prometió a los que luchan por la paz el título de “hijos de
Dios” con esas inolvidables palabras del sermón de la montaña:
“Bienaventurados los que trabajan por la paz porque ellos se llamarán los
hijos de Dios”.
A veces tenemos un concepto un tanto escuálido de lo
que es la paz. Nos parece que mientras no haya una declaración de guerra
hay paz, que mientras permanezcan mudos los cañones o los fusiles no hay
problema. Tampoco parece que es una paz ideal la que se consigue cuando se
aplasta al enemigo y se le reduce al silencio ineludible de la muerte;
cuando se firma un pacto de no agresión mientras permanecen los corazones
resentidos y vigilantes. O cuando se impone la paz por la ley del más
fuerte porque gruñe con más fuerza o tiene mayor tamaño como los animales.
La paz es sin duda una realidad espiritual que tiene
que habitar primero en los corazones de las personas para poder luego
reinar en las sociedades. Es también un DON de Dios, como todo en cuanto
creado por Dios, pero más aun por ser un bien espiritual sublime. En la
inminencia de su sufrimiento y entrega, Jesús lo ofrece a los apóstoles
diciéndoles: “la paz les dejo, mi paz les doy, no la doy como la da el
mundo” (Jn. 14,27). Es como si les dijera: “no puedo evitar que ustedes
sufran o tengan problemas pero sí puedo otorgarles el don de permanecer en
paz en su interior, una paz mucho más profunda y verdadera que la que
pueda dar el mundo con sus leyes, con sus tratados internacionales, ni
mucho menos con sus armas. Podemos deducir de aquí que lo primero que
tiene que hacer el hombre de fe es pedir la paz como un don que viene de
arriba. Y no es que Dios nos vaya a regalar la paz sin que nosotros
hagamos nada por conseguirla, sino que nos va a fortalecer para que seamos
capaces de vencer nuestras inclinaciones a la violencia, la venganza, la
codicia, la envidia, etc. Estoy convencido de que sólo Dios puede cambiar
los corazones y la falta de paz en nuestro mundo nace del alejamiento de
Dios, y en algunos casos de tener una idea equivocada de Dios y de su
voluntad.
Por tanto lo primero será sembrar y cultivar mi paz
interior. Más que un sentimiento es como un estilo de vida muy difícil de
describir o definir. Es una estabilidad del ánimo en el bien, una
serenidad inquebrantable, una ecuanimidad permanente. Podríamos atrevernos
a definirla como la satisfacción del que ama y se siente amado. Lo más
prodigioso de este don divino es que puede existir en un grado elevado en
medio del combate más cruel, de las dificultades más terribles o los más
atroces sufrimientos. Es decir puede convivir con la guerra exterior
aunque en este caso hablemos de una virtud heroica. En estos casos, en
medio del desamparo humano, en lo profundo del corazón persiste la certeza
del amor infinito de Dios y la capacidad de perdonar al enemigo mantiene
ese flujo y reflujo de amor que se recibe y se da. Es una ciencia
entendida muy bien por los santos. Ante la imposibilidad de que en este
mundo tan lleno de maldad y egoísmo reine definitivamente una paz
completa, hasta el Día en que Dios establezca su Reino de paz, justicia y
amor, todos deberíamos suspirar y trabajar por encontrar está paz
interior, al alcance de todos en cuanto que Dios no la niega al que
sinceramente procura vivir reconciliado con Dios, con los demás y consigo
mismo.
Después es obligatorio como consecuencia trabajar para
que haya paz a mi alrededor: mi familia, mi trabajo, mis amistades, mis
vecinos, etc. Una sonrisa sincera puede estar sembrando la paz, una
palabra cariñosa que anima y consuela, un pequeño favor. Qué diremos del
perdón de las ofensas, de la corrección fraterna que es crítica
constructiva llena de caridad y delicadeza, de la huida de la chismografía
y de toda palabra hiriente. Si cuidáramos mucho más las relaciones entre
los esposos o entre padres e hijos ¿no viviríamos con una dosis de paz
mucho más abundante? Encontraríamos en nuestros hogares después de una
larga y fatigosa jornada, la paz de estar en casa con aquellos a los que
amamos y de los que recibimos amor ¿Quién se puede negar a sembrar esa
semillita de paz? Nadie dice que sea fácil pero todo lo elevado exige
esfuerzo y coraje.
Dejemos que sea S. Pablo el que concluya con su
magistral e inspirada palabra: “Bendigan a quienes los persigan; bendigan
y no maldigan. Alégrense con los que están alegres, lloren con los que
lloran. Vivan en armonía unos con otros. No busquen grandezas y vayan a lo
humilde; no se tengan por sabios. No devuelvan a nadie mal por mal, y que
todos puedan apreciar sus buenas disposiciones. Hagan todo lo posible para
vivir en paz con todos. Hermanos, no se tomen la justicia por su cuenta,
dejen que sea Dios quien castigue, como dice la Escritura: Mía es la
venganza, yo daré lo que se merece, dice el Señor. Y añade: Si tu enemigo
tiene hambre, dale de comer; si tiene sed, dale de beber: éstas serán
otras tantas brasas sobre su cabeza. No te dejes vencer por el mal, más
bien derrota al mal con el bien.” (Rom. 12,14-21).
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