La Conversión
Antes eso de misionar parecía significar el ir a
convertir a los infieles; ahora la misión consiste en reconvertir a los
que oficialmente eran fieles.
El cardenal de Milán, Dionigi Tettamanzi, ha pedido una
conversión misionera para su diócesis. No es mala iniciativa. Estamos en
tiempos de misión, y no sólo porque es tiempo de cuaresma, esto es, de
conversión, sino porque estamos en época de absoluta misión. La iglesia ha
preferido darle otro nombre, el de nueva evangelización. Es cuestión de
matices. Lo cierto es que a la Iglesia, por vocación, se le exige una
nueva toma de conciencia, una nueva presencia es este mundo prácticamente
secularizado, como muy bien lo reconoce la misma jerarquía.
Antes eso de misionar parecía significar el ir a
convertir a los infieles; ahora la misión consiste en reconvertir a los
que oficialmente eran fieles, esto es, tenían papeles de pertenencia a una
iglesia. Antes el infiel estaba lejos, ahora se encuentra cara a cara, en
la misma acera. Antes el misionero era el que se iba, ahora es necesario
quedarse. Pero lo más importante, antes el misionero era el que
evangelizaba, ahora es también el que necesita evangelización. Al menos
eso es lo que piensa el cardenal de Milán.
¿Qué cómo se logra esto?. A juicio del prelado italiano
“la evangelización impone a la Iglesia de hoy abandonar una pastoral
rutinaria para afrontar una conversión misionera, que debe tener como
protagonista la comunidad parroquial y, en su seno, cada creyente y
realidad social”.
Están soplando vientos nuevos en la toma de conciencia
de la rectificación, es decir, de la conversión. Han quedado muy atrás los
triunfalismos, aquellos tiempos en los que creíamos que la salvación había
triunfado, o estaba en camino de ello. Posiblemente los creyentes, aupados
por sus pastores, se durmieron en unos posibles laureles que fueron
progresivamente mustiándose. Y se ha dejado pasar demasiado tiempo sin
atreverse a la rectificación, como sugiere el prelado italiano, a
abandonar la pastoral rutinaria.
¿Acaso no es cierto que ha sido la rutina interna la
que ha venido achicando las ansias fervientes de evangelización?. Cada día
son más los creyentes que exigen un nuevo Concilio, un concilio para los
tiempos que corren, un Concilio que revise y que invente, un concilio no
acomodaticio sino para una Iglesia que debe comenzar, porque conversión no
es otra cosa que comienzo, emprender el camino que se ha perdido. Y para
ello el cardenal de Milán propone tres puntos: una celebración
cualitativamente cuidadosa de la eucaristía (¡cuánto me gusta esto de
“cualitativamente!), la administración de los sacramentos en un contexto
de fe celebrada (¡cuánto me gusta también esto del “contexto!); y, por
último, la presencia coherente de los cristianos (en particular de los
laicos) en los diferentes ámbitos de la vida cotidiana”. Y cuánto me gusta
esto.
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