Superpoblación,
¿mito o realidad?
El tema de la población mundial debe ser estudiado con
más atención, sin propagandas huecas ni alarmismos histéricos.
Desde hace más de 30 años corre la voz de que en el
mundo hay demasiados seres humanos, de que cada día nacen más hijos, de
que pronto no habrá comida para todos, de que estamos cada vez más cerca
de una catástrofe planetaria. Sin embargo, la situación no es tan sencilla
como algunos la presentan, ni el catastrofismo tiene un fundamento real
para pretender asustarnos a todos.
Los datos, aparentemente, pueden apoyar las ideas
“catastrofistas”. Hacia el año 1820 vivían sobre la tierra 1000 millones
de habitantes. Esta cifra se duplicó 110 años después, en 1930, mientras
que la siguiente duplicación se produjo sólo 47 años después, de 1977. Hoy
somos, según se calcula, unos 6300 millones de personas. Y muchos hombres
y mujeres padecen hambre, sufren tremendas enfermedades, no tienen acceso
a agua potable...
Ante este panorama no es de extrañar que los
“catastrofistas” propongan que hay que frenar, cueste lo que cueste, el
crecimiento de población, si es que no hay quien sueña con una drástica
reducción del número de los humanos sobre la tierra. El director de una
importante revista ecologista, David Foreman, dijo que la llegada del SIDA
no era un problema, sino una solución natural para resolver el problema de
la superpoblación. Jacques Cousteau, famoso por sus reportajes sobre
animales marinos, defendía que los hombres sobre la tierra deberíamos ser
sólo 700 millones de hombres. Claro está, él se habría incluido en ese
pequeño grupo de “elegidos” en un paraíso hecho a medida de sus planes.
Más de 30 años de propaganda sobre la “explosión
demográfica” han dejado una huella muy honda en nuestra manera de pensar.
En este sentido, conviene recordar a Paul Ehrlich, autor del famoso libro
“The Population Bomb” (La explosión demográfica), publicado en 1968.
Ehrlich, biólogo de la Universidad de Stanford, llegó a la conclusión de
que en la tierra somos demasiados, hay pocos alimentos y el planeta se
encuentra en un estado de agonía. Como solución, propuso serias medidas de
control de población, incluso con métodos represivos. El mismo año en el
que se publicaba este libro, nacía el “Club de Roma”, fundado entre otros
por Aurelio Peccei, un famoso economista italiano, que promovió tenazmente
las ideas del control demográfico y la tesis del “crecimiento sostenible”.
Una bella palabra que no pocas veces es usada como bandera para promover
el aborto, la esterilización y otros métodos para que los países pobres no
causen problemas a los deseos y proyectos de algunas personas de los
países ricos...
Estas ideas y otros factores han logrado ciertos
resultados. La natalidad mundial ha descendido de modo notable. Si en 1970
la tasa de fertilidad era de 4,48 hijos por mujer, ahora está alrededor de
2,7 hijos por mujer. En algunos países de Europa, este número baja a 1,2
hijos por mujer, como son los casos de Italia y España. Es decir, en estos
dos países (no son los únicos) no solamente no hay crecimiento de
población, sino que en muy poco tiempo se va a iniciar un proceso de
despoblación. En Rusia, donde la tasa de fertilidad es de 1,3 hijos por
mujer, se espera una fuerte disminución de la población en los próximos 50
años.
Algunos ya han dado la señal de alarma por la situación
de algunos países del mundo occidental, pues la economía no funciona si no
hay niños ni jóvenes. Otros han optado por una “solución” que es como
esconder la cabeza debajo del ala: es mejor tener animales en casa que no
hijos...
Decir que el exceso de la población es el origen de los
problemas y males de la humanidad y de la ecología no corresponde a la
realidad. Las más altas densidades de población se dan en países altamente
ricos, como son Bélgica (331 habitantes por kilómetro cuadrado), Países
Bajos (370) o Gran Bretaña (239). Los países más pobres cuentan, en
general, con bajas densidades de población: Sudán tiene 11 habitantes por
kilómetro cuadrado, Angola 9, Gabón sólo 5. Las principales zonas de
miseria y de hambre del mundo africano son aquellas que tienen fuertes
problemas de sequía o que viven en continuos conflictos bélicos. En
América, Bolivia, uno de los países más pobres, tiene sólo 7 habitantes
por kilómetro cuadrado. Ciertamente, hay países altamente ricos con
densidades no muy altas, y otros países con bastante pobreza con
densidades de población más altas. Lo que está claro es que la pobreza no
puede venir “sólo” de un exceso de población. En algunos casos, incluso,
la pobreza puede nacer de la falta de población.
Tampoco el exceso de población es la causa de los
problemas ecológicos, sino el abuso de muchos medios de subsistencia y de
algunas técnicas productivas. Hay zonas del planeta con muy alta densidad
de población que son un ejemplo de limpieza, orden y cuidado de los
bosques, parques, etc. Hay zonas semidesérticas y con muy baja densidad de
población en la que los incendios, los desperdicios y los residuos dañan
enormemente no sólo a las plantas y los animales, sino a las mismas
personas.
La conclusión es clara: la pobreza no es debida a que
“sobren” seres humanos, sino a la mala distribución de los bienes de la
tierra. Una sana producción económica puede dar alimentos y medios de
subsistencia y bienestar a millones de seres humanos que hoy viven en
condiciones de vida insoportables. Y pueden hacer que con menos tierras
cultivadas se produzca más, con lo que esto puede significar para que
aumenten espacios destinados a árboles y parques.
El tema de la población mundial debe ser estudiado con
más atención, sin propagandas huecas ni alarmismos histéricos. Pero
siempre hay que acompañar estos estudios con otros paralelos sobre la
justicia y la producción económica. Allí donde haya un ser humano
necesitado debe surgir el interés y el apoyo de todos los que puedan hacer
algo por él. La pobreza, el hambre, la contaminación, surgen cuando
acciones egoístas abandonan a su suerte a los demás, y algunos buscan su
propio bienestar sin preocuparse casi nada por las consecuencias de sus
actos.
La solución a la pobreza de Africa, de Asia y de
algunos lugares de América no está en la distribución de preservativos, en
la esterilización de hombres y mujeres ni en el aborto para que no nazca
nadie fuera de los programas establecidos (como se hace en China, y no
sólo en China). Está en la solidaridad, la educación, la justicia. Nos
toca a todos, especialmente a los adultos, ver las maneras para que cada
niño que nazca no sea visto como un empobrecimiento del planeta, sino como
su máxima riqueza, como aquel que es capaz de dar sentido al verde de los
árboles y al arrullo de los pichones. A nosotros nos toca prepararle un
aire limpio, un alimento sano y un mundo justo, donde todos quepan, porque
todos pensamos en los demás.
¿Una utopía? Al menos un sueño y un reto para todos los
que no queremos vivir bajo el peso del pesimismo catastrofista de unos
pocos...
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