Paz, reconciliación
y solidaridad
P. Roberto Fernández OP
Desde Abel el justo hasta las víctimas del terrorismo
actual, la sangre de los buenos sigue clamando al cielo.
Hay demasiadas
espadas alzadas en el mundo actual. Las más lacerantes en Tierra Santa,
donde dos pueblos semitas, ricos en tantos valores, siguen
desperdiciándose en una guerra fratricida que no consigue acabar y que
sigue llenando infinitos odres de lágrimas, tantos que no se pueden
contar. Ni el muro de Sharon con sus represalias inhumanas, ni los hombres
bomba de los falsos mártires del fundamentalismo musulmán pueden
contribuir a la paz.
Precisamente
allí, donde se nos reveló que todos éramos hermanos por haber sido creados
a imagen y semejanza de Dios. Allí, donde están venerables lugares, santos
para las tres religiones, y donde Jesucristo derramó su sangre para la
redención de todos y donde resucitó para nuestra salvación, con el mismo
cuerpo que estuvo clavado en el leño y cuyas llagas ya no sangran, porque
irradian la luz de un mundo nuevo. ¡Qué contrariedad y qué contradicción!
Y, si esto
sucede en el leño verde, ¿qué pasará con el seco? Ahí siguen Iraq, Angola
y Haití. Y el terrorismo internacional, la delincuencia que acecha por las
calles, la violencia de género, el sufrimiento silenciado de los
pensionistas, o de los que no encuentran trabajo, o de tantos emigrantes,
o de nuestros presos... ¿No pertenece también a este instinto de muerte
ese otro asesinato con guantes blancos que se manifiesta en el canibalismo
político, en el mobbing, o en la envidia vulgar, esa que no duda en
utilizar la calumnia y la deslealtad? ¿Puede tanto la sangre de Caín?
Desde Abel el
justo hasta las víctimas del terrorismo actual, la sangre de los buenos
sigue clamando al cielo. Ese grito de dolor y de injusticia llega hasta
los mismos oídos de Dios. Y su compasión ya se nos ha manifestado en la
entrega de su propio hijo Jesucristo. Es una lectura que todavía tendrán
que hacer los no creyentes. Pero nosotros nos decimos cristianos en este
país y, por lo mismo, podemos leer en la Pasión de Cristo el mensaje de la
verdadera paz que pasa por la reconciliación y por la solidaridad.
Acabamos de
iniciar la Cuaresma, ese tiempo de preparación para recordar y celebrar la
Pasión, Muerte y Resurrección de Jesucristo. Tenemos 40 días para sentir,
pensar y decidir un cambio, una conversión, de nuestra vida en la buena
dirección. La liturgia con su lenguaje simbólico nos llama a la limosna,
al ayuno, a la oración. Es como invitarnos a la generosidad, a ser
solidarios, a confiar en Dios.
La voz de
nuestros obispos en estos días del inicio cuaresmal nos llama con realismo
a la reconciliación y a la paz. Se trata de un bien necesario para la
convivencia y que no brota por generación espontánea, sino como
consecuencia de la justicia y de la caridad. De estas coordenadas morales
brota siempre como una fruta madura y sabrosa esa paz, tan añorada como
difícil de reconquistar cuando se ha perdido, y tan necesaria hoy para
decidir el futuro nacional.
Sería bueno un
compromiso, personal y comunitario, por la paz social. Si somos buenos
cristianos, esto exigirá de unos que restituyan a la sociedad lo que le
quitaron por su egoísmo. Puede tratarse de impuestos, o de racionalidad
política, o simplemente de estar dispuestos y disponibles para servir a la
Patria y no para servirse de ella nunca más. De los otros, en cambio, se
podría esperar la magnanimidad del perdón. Que consiste en dejar atrás
resentimientos camuflados bajo tantas reivindicaciones...
En fin, sería
hermoso cumplir la profecía bíblica: "De las espadas forjarán arados, de
las lanzas podaderas... Ya no se adiestrarán para la guerra". Esto nos
invita a cambiar de máquina, o sea, poner toda la energía enganchada al
tren de la violencia, en el tren de la paz. Hay que colaborar y disponer
todas nuestras fuerzas en el sentido de un progreso que potencie el
interés general, o sea, el bien común de nuestra sociedad.
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Publicado en
"HOY", domingo 29 de febrero de 2004, Quito - Ecuador
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