Joven, la oración te
centra
Felipe Santos sdb
No seas de esos que piensan que la oración es para
curas y monjas. Si quieres tener tu vida oxigenada, no te queda otra
solución que vivir inmerso en el mundo de la plegaria.
Sé que cuando
oyes hablar de esta palabreja, te suena a rara, extraña e inimaginable
para tus adentros. Parece que tus colegas hablan de ella como algo
exotérico y difícil en tu ambiente.
Ten en cuenta
que en todas las religiones que pueblan la faz de la tierra, es una
práctica, una actitud del corazón y de la mente que enriquecen la vida de
quienes la practican.
Si lees el
Evangelio, te darás cuenta de que Jesús la recomienda a cada instante. Por
tanto, no me dirás que no debe ser importante. Y si él la ensalza y
encomienda a todos, es señal clara de que no debe ser muy difícil. Si te
encuentras desolado y perdido eres tú mismo quien se complica la vida. Sí,
te recuerdo las palabras de nuestra santa Teresa de Avila. Para ella, al
preguntarle qué era la oración, contestó que no es más que tratar de
amistad con Aquel que sabemos que nos ama.
¡De amistad!
¡Qué expresión tan bella! Sí, a Dios se le trata como a un amigo.
El Evangelio
te brinda momentos de oración para cualquier circunstancia en la que te
encuentres. Si hay días en los que la oscuridad de los acontecimientos te
han hecho perder la ilusión de ti mismo, di las palabras del ciego de
nacimiento: “Señor que yo vea”.
Si te sientes
insatisfecho con los avatares de la sociedad, de tus relaciones con la
gente y con la hipocresía que reina a tu derredor, la traición de algún
amiguete, di como la Samaritana: “¡Dame de esa agua, la Eucaristía, para
no volver a tener más sed!”
Los mismos
discípulos de Jesús, cansados de andar de un sitio para otro, y al ver que
su Maestro se retiraba de vez en cuando a hacer oración a solas, le
preguntaron un día que les enseñara a orar. Eran conscientes de que su
vida no tenía sentido si no imitaban a su Maestro.
Ellos mismos,
cuando veían que alguien sufría, acudían a él para que rezara. Recuerda
cuando muere su amigo Lázaro. “Mira que tu amigo, a quien tanto quieres,
está enfermo”. Y la respuesta de Jesús no fue algo de magia. Fue a casa de
sus hermanas. Estaban llora que te llora. El les preguntó: “¿Dónde lo han
enterrado?” Habló con él y salió del sepulcro maloliente.
Como te puedes
dar cuenta, no cabe mayor sencillez. La oración es una conversación que
mantienes con el Señor en cualquier situación de tu vida personal. El no
vive en las nubes lejano y cómodamente. Está en ti como el aire que
respiras o la sangre que corre por tu cuerpo aunque no tengas conciencia
plena en cada instante de su corriente.
Háblale con
tus palabras o con oraciones que aprendiste de pequeño. O bien, amigo/a,
creo que conoces una poesía que corre de boca en boca y dice así:”
Rezar...la mar se pone fea; rezar es departir con el Maestro,/ y es
rezar-¡y qué rezar!- decir “te quiero”...
La oración
para ti- como tantos millones que ahora mismo la hacen- es pensar en
Cristo amándole. Por eso cuando alguien te diga que la oración es para
viejos/as, curas y monjas, diles que no. Ella es todo amor, confianza,
amistad. Con ella se actualiza el Evangelio.
Tío, ¿cómo te
va la vida tan bien?, le preguntaron a un joven creyente. Porque, antes de
hacer algo, me pongo en los brazos de Jesús para que sea él quien actúa a
través mía en el trabajo, estudio, en el baile y en la conversación con
todo el mundo. De esta manera le doy a todo la frescura que proviene del
Cristo vivo que habita en mí.
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