Entre lo light y lo
trascendente
P. Roberto Fernández Iglesias, OP
Todo lo que perdió Marte en biodiversidad por salirse
un pelín de su campo magnético lo perderemos también nosotros si nos
seguimos alejando del magnetismo con que la Divinidad arropó a los seres
humanos desde el principio.
Ahora que los
robots de la NASA nos están informando de la textura de Marte y de la
posible existencia de agua en su pasado, con la probabilidad de que
hubiera habido vida micro orgánica por allí, debemos fijarnos mucho más en
los tesoros de vida que contiene nuestro planeta Tierra y en su cuidado.
Aquí tenemos
micro y macro biótica para dar y tomar y nuestra biodiversidad le da al
planeta el aspecto de un jardín que contrasta con ese erial marciano, que
parece el jardín de la cólera de Dios como diría el Corán. Y, sin embargo,
por estas latitudes humanas abunda el desprecio de la vida. Ahí están las
víctimas de la violencia urbana y de las guerras, pero tampoco hay que
olvidar a las víctimas de la ingeniería genética, de la eutanasia y de la
eugenesia.
Nuestra
cultura posmoderna se adentra misteriosamente en la muerte, sobre todo por
su indiferencia frente a lo trascendente. Me refiero a lo religioso y lo
espiritual tan relegado por el pensamiento light de la actualidad.
Admiramos y escudriñamos la creación y nos olvidamos del Creador. Nuestros
referentes principales son el dinero y el bienestar y distraemos nuestra
sed espiritual consultando agoreros sobre auras, karmas y nirvanas que no
pueden salvar, mientras que dejamos a un lado el cultivo de la propia
conciencia, y la búsqueda de aquella santidad que nos reveló Jesucristo y
que pasa siempre por un amor sacrificial que desemboca en un cielo de
verdad.
Todo lo que
perdió Marte en biodiversidad por salirse un pelín de su campo magnético
lo perderemos también nosotros si nos seguimos alejando del magnetismo con
que la Divinidad arropó a los seres humanos desde el principio. Ese
sentido de lo trascendente que hacía estremecerse a nuestros antepasados
por el santo temor de Dios, ponía en su sitio automáticamente a los
grandes y a los pequeños y conseguía la armonía ética de un mundo que, al
emanciparse de Dios, perdió también su sentido moral, entrando
precipitadamente en el caos actual de la corrupción.
Esto se podría
corregir volviendo, con un poco de sentido común, a la verdadera religión.
Es decir, a aquella que adora a Dios en espíritu y en verdad, como nos
enseñó Jesucristo. Ese despiste de nuestra época, que consiste en ignorar
a Dios y, al mismo tiempo, fabricar tantos falsos dioses como el
dios-dinero, o el dios-placer, en cuyos altares se sacrifican tantos
inocentes a muy temprana edad, debe corregirse desde los primeros años. En
el hogar, enseñando a los niños que hay un ser trascendente que se llama
Dios. En la escuela, articulando en clases de religión, toda la coherencia
racional de su existencia y de su revelación, que implican la rectitud
moral como camino de salvación. Y, en la sociedad, dándole a la Iglesia el
espacio de libertad necesaria para anunciar la Buena Nueva de Jesús.
Así nos iría
mucho mejor. Porque esta cultura light nos está debilitando demasiado y
acabaremos siendo carne de cañón de un misterio del mal que se fortalece
más cuanto más desprevenido encuentra al ciudadano. Qué raro que, algunas
veces, los seres humanos tengamos más miedo de lo que nos protege que de
lo que nos amenaza. La religión bien entendida lleva a la persona hasta su
máximo esplendor. Con razón escribía Lope de Vega que nunca es más grande
un hombre que cuando está de rodillas.
Qué bien se
sitúa el salmista dentro de este campo: "Cuando contemplo el cielo, obra
de tus dedos, la luna y las estrellas que has creado... ¿Qué es el hombre
para que te acuerdes de él, el ser humano, para darle poder? Lo hiciste
poco inferior a los ángeles, lo coronaste de gloria y majestad, le diste
el mando sobre las obras de tus manos, todo lo sometiste bajos sus
pies...".
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Publicado en
"HOY", domingo 7 de marzo de 2004. Quito, Ecuador.
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