Entre la
urgencia y la esperanza: El Directorio de la pastoral familiar de la
Iglesia en España
Guillermo Juan Morado
Dado su interés y por las distorsiones y críticas que
ha sufrido consideramos necesario comentar brevemente en que consiste y
facilitar el acceso al texto entero.
1. Una aproximación al
Directorio
La finalidad de este artículo es
aproximarse al “Directorio de la pastoral familiar de la Iglesia en
España” (DPF), que los
Obispos españoles han hecho público en su LXXXI Asamblea Plenaria,
celebrada en Madrid el 21 de Noviembre de 2003. Intentaremos señalar
algunas líneas principales del documento, sin entrar en absoluto en las
críticas de las que ha sido objeto, críticas debidas, en su mayor parte, a
una deficiente lectura del texto en cuestión.
Quizá resulte útil precisar, en primer
lugar, qué es un “Directorio”. No se trata de un documento doctrinal, sino
de un documento orientado a trazar las líneas maestras que han de guiar la
acción pastoral familiar: “Es, por tanto, un instrumento
que ofrece, de modo sistemático y orgánico, orientaciones de todo aquello
que comprende una acción pastoral en el ámbito familiar” (DPF,
3). Estas orientaciones se concretarán en normas y directrices más
precisas en cada una de las diócesis de España. En la base del Directorio
se encuentran documentos doctrinales sobre la familia; en especial, la
Exhortación Apostólica “Familiaris Consortio”
de Juan Pablo II - exhortación que pide explícitamente la elaboración de
directorios de la pastoral familiar - y la Instrucción Pastoral de la
Asamblea Plenaria de los Obispos de España “La familia, santuario de la
vida y esperanza de la sociedad” (del 27 de Abril de 2001).
Otro aspecto a
considerar para comprender el Directorio es tener en cuenta los
destinatarios a quienes se dirige. Estos destinatarios son principalmente
los agentes de la pastoral familiar que, en cada diócesis, colaboran con
el Obispo - desde la Diócesis, las parroquias, las asociaciones o los
movimientos - , en la tarea de “ayudar a la familia a alcanzar su plenitud
de vida humana y cristiana” (DPF, 3).
La estructura del
Directorio es clara. Consta de una presentación, en la que se explica qué
es y qué pretende el documento; una introducción, en la que se hace un
análisis de la realidad de la familia en España, análisis que motiva la
“urgencia” del Directorio; de siete capítulos y de una conclusión.
2. Desenmascarar la situación
actual para no naufragar en la desesperanza
La “Introducción” plantea la “Urgencia de
la pastoral familiar en la situación actual”. Significativamente, comienza
con una cita de Rom 1, 16:
“No me avergüenzo del Evangelio, que es poder de Dios para la salvación de
todo el que cree”. Las palabras de San Pablo nos sitúan en un contexto de
incomprensión ante el anuncio del Evangelio y, a la vez, ante la necesidad
del Apóstol de anunciar con valentía la verdad que salva. La audacia
apostólica de anunciar íntegro el Evangelio, venciendo el temor al
rechazo, es el espíritu que anima a los Obispos a no capitular ante lo
“políticamente correcto” para intentar superar el desafío de la cultura
dominante, que ignora el valor trascendente de la persona humana. Como en
San Pablo, la finalidad de esta audacia no es la búsqueda del
enfrentamiento, sino la preocupación por la salvación de los hombres y el
deseo de que no naufraguen en el nihilismo y la desesperanza. El riesgo
del naufragio es tan grande que el silencio o la desorientación “no puede
sino calificarse como culpable”, máxime teniendo en cuenta la abundante
doctrina de la Iglesia sobre la familia y la llamada imperiosa de la misma
a evangelizar las familias (cf DPF,
9).
Frente al silencio culpable, no cabe otra
opción responsable más que “alzar la voz para desenmascarar la situación
actual”. “Desenmascarar” es “quitar la máscara” para ver, en su desnuda
realidad, lo que hay detrás, lo que la máscara esconde, porque son muchas
las interpretaciones que pretenden marginar la verdad del Evangelio. ¿Qué
sucede si se desenmascara, por ejemplo, la llamada “revolución sexual”?
¿Qué realidad emerge detrás de la misma? Según los Obispos, lo que
encontramos detrás es “la ruptura que se ha producido con los significados
intrínsecos sobre la sexualidad humana” (DPF,
11): La ruptura o separación entre sexualidad y matrimonio, entre
sexualidad y procreación, y entre sexualidad y amor. Al final del proceso,
lo que queda es una sexualidad convertida en elemento de consumo. Estas
fracturas han traído consigo efectos perniciosos que caracterizan una
“desastrosa situación”, que la Iglesia tiene la obligación de denunciar y
de ayudar a superar porque está en juego la realidad del sufrimiento de
muchas personas (cf DPF
12-13). La denuncia debe alzarse igualmente frente a grupos de presión que
intentan lograr la equiparación del matrimonio y de la familia con
realidades que nada tienen que ver ni con el uno ni con la otra, y frente
a políticas familiares insuficientes y equivocadas. La cultura dominante
ha conseguido empañar la realidad del matrimonio y de la familia,
reduciendo el matrimonio a un asunto meramente privado, al arbitrio de la
voluntad de los individuos, y la familia a un modo más de convivencia,
electivo a gusto del consumidor (cf DPF
15-17). Los intereses económicos, que priman en una sociedad utilitarista,
propician la difusión de pautas que impregnan los modelos educativos,
políticos y culturales, que son rentables, desde el punto de vista
económico, pero que conducen al hombre a la soledad, a la amargura y a la
frustración (DPF, 19).
La Iglesia no puede capitular ante el
utilitarismo, que termina por reducir al hombre a mercancía. Está en juego
la verdad sobre el ser humano y la posibilidad de su realización como
persona. El Evangelio presenta, frente a la lógica de lo útil, la lógica
del amor. El hombre necesita descubrir su vocación al amor para abrirse a
la esperanza que salva. Y es ahí, en la lógica del amor, donde encuentra
su lugar el anuncio cristiano sobre el matrimonio y la familia; anuncio
que está en el núcleo de la nueva evangelización (cf DPF,
20). El Directorio se concibe como una ayuda para la evangelización, a fin
de que el hombre descubra y realice su vocación al amor y perciba, en este
descubrimiento, la verdad sobre el matrimonio y la familia. No puede
reducirse, en consecuencia, la pastoral familiar a un momento en la vida
del hombre, sino que ha de ser una pastoral integral,
atenta a la globalidad de la verdad del hombre, y progresiva,
que ha de acompañar todo el proceso de crecimiento de la persona (cf
DPF, 23).
3. La vocación al amor
El capítulo I, “El plan de Dios sobre el
matrimonio y la familia” sitúa la realidad del matrimonio en el contexto
del designio divino. Existe un proyecto de Dios sobre el matrimonio, “un
plan que solamente puede ser plenamente conocido y desarrollado por los
creyentes...” (DPF, 25). La
revelación divina y la experiencia humana, que encuentran su punto de
convergencia en Jesucristo, son los ejes a considerar para una adecuado
planteamiento de la realidad del matrimonio y de la familia.
El mensaje cristiano sobre el matrimonio
y la familia se inserta en sustrato antropológico de la ”vocación al
amor”; una vocación constitutiva del ser humano, originaria, inscrita
incluso en el cuerpo. La vocación al amor es la “vocación fundamental e
innata de todo ser humano” (DPF,
29). Desde este dato se ha de contemplar la realidad de la sexualidad y de
la diferenciación sexual, orientada a la construcción de una comunidad de
personas. La redención da al hombre la posibilidad de realizar, a pesar
del pecado, la verdad originaria de su ser; la posibilidad de integrar la
sexualidad, la afectividad y el amor.
La vocación al amor se realiza en el don
sincero de sí mismo; en la entrega de sí mismo en totalidad. Esta entrega
se fundamenta en un amor “esponsal”, corpóreo e intelectual, que exige,
por su propia naturaleza, la fidelidad, la reciprocidad, la totalidad, la
corporalidad, la exclusividad y la promesa de fecundidad (cf DPF,
35). Este amor esponsal tiene su fuente última en el amor esponsal de
Cristo y la Iglesia (cf Ef
5, 25) y encuentra en el matrimonio un modo particular y específico de
realización. Esta realidad humana se convierte, por voluntad de Cristo, en
sacramento, en signo eficaz de su amor por la Iglesia (cf DPF,
41).
El matrimonio se
presenta como una vocación cristiana específica que configura un estado de
vida, una realidad no meramente privada sino social y eclesial, que
transparenta en la vida social ese modo concreto, matrimonial, de vivir la
vocación al amor. El matrimonio encuentra su despliegue en la familia, que
expresa la fecundidad del amor y es el lugar primero de la transmisión de
la fe y de la educación en el amor.
4. La pastoral del matrimonio y
de la familia
Estos principios, enunciados en el
capítulo I, están a la base de todo un programa de atención pastoral al
matrimonio y a la familia. Un programa que comienza con la preparación al
matrimonio, aspecto del que se ocupa el capítulo II del Directorio. La
preparación remota al
matrimonio tiene lugar en los hogares cristianos desde la infancia. Los
padres son los principales responsables de esta preparación, con la ayuda
de la parroquia y de la escuela. A ellos compete primordialmente también
la educación afectivo-sexual. La preparación próxima
abarca el período de la juventud, y está ordenada a capacitar para el amor
y la vida matrimonial. Adquiere particular importancia el acompañamiento
pastoral a los novios. La preparación inmediata
se ordena a que los novios se dispongan adecuadamente para celebrar el
sacramento del matrimonio.
El capítulo III está
dedicado a “La celebración del matrimonio”, un momento central de toda la
pastoral familiar y un acontecimiento eclesial de la historia de la
salvación. El capítulo IV desarrolla las grandes líneas de la pastoral
específicamente orientada al matrimonio y a la familia, resaltando algunos
aspectos de particular importancia, como la paternidad responsable y el
papel de los padres en la escuela. El Capítulo V se ocupa de “La atención
pastoral de las familias en situaciones difíciles e irregulares”. Algunos
principios pastorales han de ser tenidos en cuenta al respecto: confianza
en la gracia de Dios; presentación de la verdad clara y completa, con
caridad y comprensión; discernimiento, prudencia y gradualidad.
El capítulo VI, “La familia, la sociedad
y la Iglesia”, presenta a la familia como célula primera y fundamental de
la sociedad, con un cometido propio e insustituible a desempeñar. La
política familiar ha de reconocer y promover la familia, reconociendo su
identidad propia y aceptando su papel de sujeto social (cf DPF,
241). Igualmente, se señala el papel de las familias en relación con los
medios de comunicación social. En la Iglesia, la familia cristiana ha de
ser una comunidad creyente y evangelizadora, al servicio de la
construcción de la civilización del amor. El capítulo VII precisa las
“Estructuras, servicios y responsables de la pastoral matrimonial y
familiar”.
5. Conclusión: la apertura a la
esperanza
La visión cristiana del hombre, ser
llamado al amor, permite enfocar con esperanza, a pesar de la situación
catastrófica que vivimos, la realidad del matrimonio y de la familia: “por
la fe en el plan de Dios sobre el matrimonio y la familia, por la
confianza humana que nace del amor verdadero y lleva a entregarse a él,
por la presencia de la gracia de Dios que es más fuerte que las
dificultades” (DPF, 305).
La lectura del “Directorio” proporciona
una inestimable ayuda para comprobar, una vez más, la belleza y la
profundidad de la visión cristiana del hombre. Pero, como los mismos
Obispos advierten, se tocan realidades existenciales que sólo se
comprenden en su totalidad cuando se viven ( DPF,
38). El anuncio nítido de la belleza del plan de Dios sobre el matrimonio
y la familia ha de ir unido al testimonio, también nítido, de su vivencia
por parte de las familias cristianas. Sólo de este modo, la palabra de la
Iglesia, a través de la cual resuena en el mundo la palabra de Dios,
ganará la credibilidad existencial necesaria para ser tomada en cuenta
como una alternativa posible y deseable frente al pesimismo antropológico
que nos circunda. Entre la urgencia y la esperanza se sitúa, una vez más,
la indeclinable necesidad del testimonio.
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