Si quieres puedes
limpiarme
Pbro. Roberto Visier
Pero existe otra lepra más grave pues constituye una
verdadera epidemia mundial. El pecado está presente en nuestra vida como
una enfermedad espiritual que nos destruye interiormente, nos aparta de
Dios, nos duele, nos separa de los demás, nos aisla y nos llena de
angustias. Ser consciente de ello es esencial en la vida cristiana.
El evangelio se caracteriza por
su sencillez. Sus narraciones están muy lejos de parecer fábulas
grandilocuentes. Una de estas escenas, brevísima, pero de una emotividad e
intensidad maravillosas es la de la curación del leproso. El enfermo se
postra delante de Jesús para pedirle con toda humildad y gran confianza:
“Si quieres, puedes limpiarme” (Mt. 8,2-4). La respuesta de Jesús fue
inmediata. El tono de su voz debió de estar colmado de ternura para
pronunciar tan solo tres palabras: “quiero, queda limpio”. Sólo eso bastó
para descargar al leproso del peso de una enfermedad que suponía grandes
dolores a los que se unían la exclusión social y la miseria.
Pero existe otra lepra más grave
pues constituye una verdadera epidemia mundial. El pecado está presente en
nuestra vida como una enfermedad espiritual que nos destruye
interiormente, nos aparta de Dios, nos duele, nos separa de los demás, nos
aísla y nos llena de angustias. Ser consciente de ello es esencial en la
vida cristiana. Si Cristo no murió por nuestros pecados (I Cor. 15,3),
sino por casualidad ¿qué sentido tiene nuestra fe? Nuestro amor a Jesús
brota de un profundo agradecimiento hacia aquel que me amó y se entregó a
la muerte por mí (Gal. 2,20). Esto es una afirmación constante del Nuevo
Testamento. De ahí se desprende que el que no es consciente de ser pecador
está lejos de vivir su fe de un modo coherente. Porque el perdón de las
culpas no es algo automático; ya dijimos que la oración no es algo mágico.
Para que Cristo me limpie de mi lepra es necesario que yo acepte su
salvación por medio del Bautismo que me purifica y me hace hijo de Dios. A
partir de entonces cada día será un combate para vencer al pecado y
perseverar en una vida digna de un hijo de Dios. Eso significa caer, pedir
perdón y levantarse; reconciliarnos para ir ascendiendo hacia una vida
cada vez más identificada con el modo de pensar y de obrar de Jesús.
Esta dinámica del caer y
levantarse, de pedir disculpas y reconciliarse con el ofendido es algo
profundamente humano y muy relacionado con el crecimiento en el amor. En
la amistad, en las relaciones familiares, qué difícil, pero que
reconfortante después y de cuánto fruto es decir: “lo siento, perdóname,
te ruego que me disculpes, no volverá a pasar”.
En nuestra oración, como diálogo
amoroso con Dios, es necesario pedir perdón cada día en un triple
movimiento interior: primero examinar nuestra conciencia, después
arrepentirse de corazón y finalmente pedir perdón con humildad.
Reconocernos pecadores, débiles, llenos de limitaciones es insoslayable
porque es la verdad, pero además produce muy saludables efectos en nuestra
vida: nos hace más humildes, alejándonos de la vanidad, la prepotencia y
la soberbia; apareceremos más amables y comprensivos con los demás; nos
dará la capacidad para cambiar, para superar los obstáculos, para
perfeccionarnos cada día. En efecto, el sentimiento de la culpa no me
hunde en el desánimo pues está amortiguado por la confianza en el perdón
de Dios. Sólo Dios puede perdonar nuestros pecados, El quiere y puede
limpiarnos. En el sacramento del perdón o Confesión el sacerdote
experimenta cuánta necesidad tienen los seres humanos de reconciliarse con
Dios y los frutos de alegría, paz y regeneración de la vida que se
producen.
El examen de conciencia diario
es una herramienta sencilla y eficaz de crecimiento espiritual. Es
realmente un momento de oración, de encuentro consigo mismo pero en la
presencia de Dios. No se trata de una terapia de perdón hacia uno mismo o
hacia los demás. Es un diálogo con Dios en el que, con humildad y
sencillez, manifiesto mi debilidad, mi pecado y me arrojo en la
misericordia infinita de Jesús para recibir el perdón y la fortaleza para
vencer en adelante la tentación. Como en toda oración es la perseverancia
la que consigue la reforma de la vida, el Señor nos va transformando
progresivamente. No es un solo examen de conciencia, ni una sola súplica,
ni una confesión al año, la que puede lograr cambiar el rumbo de una vida.
Es la oración que implora el perdón cada día y arde cada vez más en deseos
de agradar a Dios en todo, es la confesión frecuente preparada
diligentemente en el examen diario la que forja a las personas
espirituales, a los que desean escalar de verás, a través de la oración,
hacia las altas cimas de la santidad.
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