La devoción
valenciana a San José
J. Anotonio Doménech Corral
Se echa de menos una biografía del carpintero José,
padre nutricio de Jesús, porque la historia y los evangelios han sido
injustos con la transmisión de su figura. Han dicho muy poco. Obligando a
las primeras y devotas comunidades cristianas a escribir su propio
evangelio “apócrifo”: La “Historia de José el carpintero”, bien mirado por
los Santos Padres.
Se echa de menos una biografía
del carpintero José, padre nutricio de Jesús, porque la historia ha sido
injusta con la transmisión de su figura. Y también los evangelios sagrados
que, salvo unas cortas referencias a su persona en los llamados “de la
infancia de Jesús” de Mateo y Lucas -como su presencia en la cueva de
Belén, su huida a Egipto para salvar al bebé de la matanza de Herodes, o
la pérdida del ya prodigioso niño en el Templo- le silencian por completo.
Ciertamente muy poco. Obligando a las primeras comunidades cristianas,
curiosas por el personaje, a que hicieran sus propias averiguaciones y
escribieran su propio evangelio “apócrifo”, titulado “Historia de José el
carpintero”, que empezó a circular con los reconocidos como auténticos o
canónicos. Y aunque siempre mirado con recelo por la jerarquía, la verdad
es que nunca se llegó a descubrir decreto oficial que lo condenara
categóricamente. Al contrario, Santos Padres como san Jerónimo era
tolerante con él y hasta san Agustín reconocía que “podía contener algo de
verdad”.
El apócrifo “Historia de José el
carpintero” fue escrito en el siglo IV. Substancialmente ortodoxo, estriba
su originalidad en tratar sobre la enfermedad y muerte de José. Y mereció
tanta aceptación, que su lectura completa era recitada en los oficios
religiosos de los monasterios coptos de Egipto. Porque los cristianos de
Egipto fueron los primeros del mundo en venerarle, por ese imborrable
recuerdo de su bondad en los 18 meses que convivió con ellos desterrado de
Nazaret.
Pues una de esas consideradas
“verdadades” por San Agustín eran estas palabras de Jesús a sus apóstoles,
en cierta ocasión de descanso en el camino, en que les narró la muerte de
su padre José, antes de que diera comienzo a su vida pública: “Cuando
recibáis el Espíritu Paráclito y seáis enviados a predicar el evangelio,
predicad también a mi querido padre José”... “Y decid al que impusiera su
nombre a uno de sus hijos en su honor, que yo haré que en esa casa no
entre el hambre ni la peste porque su nombre habita en ella”.
La devoción a san José llegó a
Occidente a comienzos del primer milenio, donde en 1129 ya se había
erigido el primer oratorio en su honor en Bolonia (Italia). En España no
prendió hasta más tarde, en el siglo XIV, traída por la orden carmelita
afincada en el monte Carmelo de Tierra Santa; si bien no llegó a
expandirse por toda nuestra geografía hasta el siglo XVI, cuando santa
Teresa de Jesús la fue imponiendo en todos los conventos que iba fundando.
Sin embargo en Valencia, como
una demostración más de su identidad creativa y anticipadora hasta en lo
religioso, ya el “Gremi dels Fusters” lo había proclamado su patrón con
anterioridad. En 1497, sustituyendo a san Lucas, que lo había sido hasta
entonces. Por una muy clara razón: que ese patronazgo convenía mejor a un
carpintero que a un médico. Y fue también al conocerse la promesa de Jesús
en el apócrifo sobre el que impusiera el nombre de José a sus hijos, que a
partir de entonces ha prevalecido siempre entre los valencianos el nombre
de José.
Sólo faltaba dar realce
religioso y solemne a la fiesta incipiente de la “crema” de las fallas
“dels fusters”. Y lo hizo en 1609 el arzobispo de Valencia, Patriarca Juan
de Ribera, cuando todavía no lo había hecho Roma para la iglesia
universal. Él le dio la celebración de su misa solemne sacándola del
“común de los santos” de la liturgia, donde había permanecido hasta
entonces. Y la incluyó además en el suplemento que contenía las
principales de Valencia de obligada celebración. Años antes que el Papa
Gregorio XV declarara esta obligación para toda la iglesia en 1621. Y que
fuera además solemne con rito de segunda clase por Clemente XI en 1700.
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