“Bueno es Dios para
con todos, tierno con todas sus criaturas”
Comisión Episcopal de Pastoral Familiar de México
Mensaje del día de la vida, 25 de marzo de 2004
CREO Y AMO
Con motivo de la celebración del
Día de la Vida, inspirado en la Solemnidad de la Encarnación del Señor
Jesucristo -que celebramos el día 25 de marzo-, el Departamento de Vida de
la Comisión Episcopal de Pastoral Familiar invita a todos los católicos a
considerar, a la luz del Evangelio, los numerosos desafíos que piden de
nosotros una clara respuesta en los temas del matrimonio, la familia y la
vida, desde los dos aspectos fundamentales de nuestro ser de bautizados:
la fe y el amor.
El contenido y la forma como se
están planteando a nivel informático diversos aspectos de la sexualidad,
la anticoncepción, el no reconocimiento de la existencia y la sacralidad
de la vida desde la fecundación, la manipulación de embriones, el aborto,
la reproducción asistida, etc., pueden hacernos experimentar la tentación
de dudar del esplendor de la verdad que nos enseña la Sagrada Escritura
acerca de la vida del ser humano, creado a imagen y semejanza de Dios.
Precisamente este punto de
partida es el centro de nuestra fe en que la vida, especialmente la vida
humana, viene de Dios y, por tanto, es bella, es siempre un bien y vale la
pena vivirla, promoverla y defenderla. Creemos en Dios que es Amor y Vida,
creemos en Jesucristo, creemos en la vida y en su dignidad natural e
inviolable. Por eso no podemos separar nuestra fe del tema de la vida,
pues, de hecho, forman un todo.
El Papa Juan Pablo II nos ha
propuesto en esta cuaresma el tema de los niños, invitándonos a verlos
como “un estímulo para descubrir la sencillez y la confianza que el
creyente debe desarrollar, imitando al Hijo de Dios”. Nos dice que “el
niño se convierte en la imagen elocuente del discípulo llamado a seguir al
Maestro divino con la docilidad de un niño…” Y ésta es nuestra invitación
y exhortación: hagámonos verdaderos discípulos del Señor Jesucristo,
Camino, Verdad y Vida, quien ha vencido la tentación del poder, del dinero
y del placer desordenado.
Esto implica para nosotros todo
un camino de conversión, es decir, ayudados por la gracia de Dios, con una
generosidad que no tenga miedo al mismo sacrificio, revisemos y
confrontemos con el Evangelio nuestra mentalidad, actitud y conducta
acerca de la vida humana y la ecología, que también cae dentro de nuestra
responsabilidad de bautizados.
Sin embargo, a veces se presenta
la enseñanza de la Iglesia como una opinión sólo religiosa, queriendo
insinuar con ello que no tiene nada que ver con la ciencia, o que la fe y
la razón se contradicen y excluyen mutuamente. Otras veces se justifican
ciertas prácticas en nombre de una cierta “libertad” individualista y
subjetiva, sin referencia a los valores objetivos, universales y perennes,
inscritos en la misma naturaleza humana. Incluso se llega a una
intolerancia pues la opinión de la Iglesia no es escuchada, analizada con
serenidad, apertura y seriedad, sino que se la hace objeto de mofa y de
rechazo anticipado.
El misterio de la Encarnación
que ilumina nuestro Día de la Vida, nos anuncia la buena nueva de que el
Hijo de Dios ha asumido y consagrado todo el proceso de la vida humana,
desde la concepción o fecundación, hasta la muerte. Además, esta verdad de
fe es confirmada por la misma ciencia, la cual corre hoy peligro de ser
manipulada o alejada de su fin principal: el servicio del ser humano.
Jesucristo ha redimido a toda la persona, en todas sus dimensiones:
corporal, afectiva, volitiva, intelectiva, espiritual. Él ha llevado a la
plenitud los mandamientos que son un camino para la vida y la felicidad.
Él confió a su Iglesia este
Evangelio de la Vida, la cual, animada por el Espíritu Santo, Señor y
Dador de Vida, ilumina siempre la conciencia de los hijos de Dios sobre la
verdad y sacralidad de la vida.
En esta cuarta ocasión en que,
como Iglesia Católica en México nos disponemos a celebrar el Día de la
Vida, invitamos a todos:
-a profesar, con firmeza y
generosidad, que creemos en la vida, en su belleza y bondad, haciéndolo
con una buena preparación, con una adecuada pedagogía, con paciencia, sin
estridencia ni intolerancia;
-a asumir como personas,
comunidades, parroquias y Diócesis nuestro compromiso coherente hacia la
sacralidad de la vida, promoviendo iniciativas pastorales oportunas para
esta celebración.
Para ello, sugerimos algunas
ideas que expresen que somos creyentes de la Vida Nueva que Cristo nos da:
Creo y amo a Dios, Uno y Trino,
que es Amor y Vida. Creo y amo a Dios, nuestro Padre, fuente del Amor y de
la Vida. Creo y amo a Jesucristo, Camino, Verdad y Vida. Creo y amo al
Espíritu Santo, Señor y dador de Vida. Creo y amo la vida como un regalo
de Dios: se recibe gratuitamente para ser donada gratuitamente. Creo y amo
la belleza y la bondad de la vida. Creo y amo la belleza e igual dignidad
de ser hombre y mujer, diferentes y complementarios. Creo y amo el
matrimonio y la familia que tienen a Dios por Autor. Creo y amo la
sexualidad humana como un don de Dios para ser vivido en el matrimonio.
Creo y amo a la familia, santuario de la vida. Creo y amo la vida, la cual
es sagrada desde el momento de la fecundación. Creo y amo la vida y me
comprometo a protegerla, promoverla y defenderla en todos sus momentos y
formas. Creo y amo la naturaleza, don confiado por Dios al cuidado del
hombre y la mujer. Creo y amo la verdad de la ciencia, la cual es
iluminada por la fe para llegar a conocer la verdad que Dios escribió en
el ser humano y en la naturaleza.
Que Santa María de Guadalupe,
protectora y servidora de los esposos, Reina de la Familia e Icono de la
Vida, nos sostenga con su amor e intercesión para que cada uno de los
bautizados seamos constructores de la cultura de la vida.
Mons. Rodrigo Aguilar Martínez,
Obispo de Matehuala, Pte. de la C. E. de Pastoral Familiar; Mons.
Francisco Javier Chavolla Ramos, Obispo de Toluca, Responsable del
Departamento de la Vida.
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