El amor, nombre y
don: cinco tesis
Carlos Díaz
Amar a otro, amarle de verdad, amarle allí donde la
pequeña manía nada tiene ya que ver con la grande y verdadera pasión,
amarle más allá del juramento de fidelidad a la belleza y más allá del
dictado de su obsesión y de su despotismo, escribía Gabriel Marcel,
significa decirle: mientras yo viva tú no has de morir.
1. Toda relación comienza con un
Vocativo
La edad nos va haciendo más
refractarios a la petición: miedo al rechazo, malas experiencias
anteriores, temor a quedarnos sin nada... Sin embargo, quien no sabe pedir
no sabrá dar ni agradecer. La gratitud es la respuesta a la gratuidad.
Quien nos ayuda merece agradecimiento. Pero esta lógica a veces falla,
pues muchos de los que se hartan de pedir son remisos a la hora de
agradecer: suplican con un pliego y apenas agradecen con una postal. Por
el agradecimiento, conocer algo como dado significa reconocer la presencia
del dador en el don. El mismo cultivarse puede así ser contemplado como un
cálido homenaje al otro. Agradecer significa también con-memorar, tener
presente siempre en el presente el ayer de la memoria dispuesta a decir
gracias; por ende, agradecer conlleva experimentar el dolor contrito
cuando no se ha sabido decir gracias.
2. Si el Vocativo es llamada, el
Genitivo es respuesta
Como respuesta al vocativo
interpelador surge el genitivo; si desde la vertiente mendicante el
vocativo es la relación en su forma de petición, desde la vertiente
donante el genitivo es la relación en la forma de respuesta. El vocativo
es el niño, el genitivo es la madre, padre, hermano mayor, comunidad de
cuidadores a cuyo amoroso anticipo el niño aprende a responder. Hay un
genitivo lejano, el del educador o preceptor que enseña desde fuera, y un
genitivo cercano que vincula y nutre desde la propia entraña. El genitivo
es la relación entre la palabra que solicita y la que responde con
responsabilidad por el otro. Este trastorno del egoísmo puede formularse
así: los deberes del otro no son derechos para mí, mis deberes sí son
derechos para el otro, y esto sin que se produzca la autoabsorción mía por
el otro, propia de la mala relación. De ahí el necesario cuidado de sí
mismo tanto como del otro, la autoafirmación heterorrealizante que expresa
la reconciliación de las dos subjetividades. En la relación esponsal (spondere)
se expresa el matrimonio como respuesta (re-spondeo), hasta que la muerte
separe. El responso fúnebre no son unas palabras mágicas formuladas sobre
el cadáver yacente, es la respuesta definitiva de una comunidad creyente
que se despide del difunto respondiendo del difunto, a la vez que
implorando que Dios responda de él. El responso es respuesta última, canto
póstumo, salutación postrera a una vida asumida en fidelidad. La buena
experiencia de esa relación vocativo-genitivo se traduce en el dativo, en
el para ti, pues quien ha experimentado en su propia carne la calidez del
afecto )cómo podría ignorar que tal don merece per-donarse y trans-mitirse?
3. El Dativo, don de la relación
Vocativo-Genitivo
La posesión no es un derecho de
conquista, sino un poder de dominio sobre un mundo ya ordenado. No se
posee más que lo que se acoge. Es lo mismo que decir que sólo se posee lo
que se ama. Sólo se posee aquello a lo que uno se entrega, y en ciertos
casos no es paradójico decir que sólo se posee lo que se da. El dativo es
el caso maduro, sin miedo al vacío de la propia desposesión. La persona
abnegada es capaz de aceptar sufrimiento o pérdida en beneficio de las
personas o causas que ama, por encima del sufrimiento que esto pueda
acarrear; por tanto, en la abnegación hay la felicidad de poder dar y la
alegría de enriquecer aquello que uno ama. A diferencia del masoquista, el
abnegado realiza el sacrificio porque éste resulta irremediable, no por
encontrar placer en él. Hay más gozo en dar que en recibir, y más aún en
regalarse que en regalar. La vida se nos da, y la merecemos dándola. Sólo
se posee lo que se da; por el contrario, el poseedor puede llegar a ser
poseído por lo que él posee, cuando en él el *mi+ ahoga al yo. La madurez
crece en relación de proporcionalidad directa con la donatividad, en la
medida en que se es lo que se ama, y se ama aquello por lo que uno está
dispuesto a trabajar oblativa, donativamente.
4. Ablativo: un caso que da de
qué hablar
Quien gozó de una vida dativa
termina haciendo del dativo un ablativo; al fin y al cabo, el ablativo es
un dativo hecho hábito vital: para ti, contigo, hacia ti, desde ti, en
ti... Todas las preposiciones, todas las circunstancias conspiran en favor
de los demás cuando se ha hecho de la propia vida un don en cualquier
tiempo y lugar. Y por eso el ablativo no pasa desapercibido: *ven, quiero
que conozcas a una persona buena+. Ese ablativo pasa a ser *hablativo+ (de
él todo el mundo habla) y el último *adiós+ es resumen y compendio de
muchos *a Dios+. La antítesis misma de la incapacidad para crear vínculos
estables, y por ende la auténtica posibilidad de producirlos es la
fidelidad. Quien se limita a una relación superficial no deviene
mayormente capaz de fidelidades de altura y por eso, mientras fidelidad y
entrega caminan juntas, en el otro extremo se dan la mano superficialidad,
egoísmo e infidelidad. Una sola incapacidad tiene el ablativo: es incapaz
de acusativo.
5. El Nominativo: el nombre
personal al final
No la actividad dominadora sino
la pasividad gratuita, no el mérito que conquista sino la gracia que
convoca, no el atesoramiento sino la entrega es lo que al final constituye
el nombre de la persona. Ahora bien el modo de ejercicio de esa pasividad
no es el de la mera inacción, sino el apasionamiento combatiente que se
ejerce en la com-pasión, en la mística activa, donde el comparecer deviene
ahora compadecer, y se muestra como un *desde ahora mismo+, un ahora que
es mano que acoge y sostiene (maintenant: main tenant). Hacerme cargo del
otro en la larga avenida de la vida me hace decir con Dostoievski: *todos
somos responsables de todo y de todos ante todos, y yo más que todos los
otros+, por eso los derechos de los demás son derechos de ellos sobre mí y
mis derechos son deberes hacia ellos. Trátame como a una persona, no como
a una cosa. Trata al otro como te gustaría que te trataran a ti: Llamamos
humano lo que respira compasión y bondad, y calificamos de inhumano todo
lo que lleve signo alguno de crueldad y dureza. Al dañar a un hombre se
viola al género humano, y por eso el ser hombre consiste en la compasión o
misericordia.
Y corresponderá a los demás,
cuando nosotros descansemos en la horizontalidad de la muerte, según
hayamos manejado los dones recibidos, el honor de nominarnos a nosotros.
La muerte concede a los otros la última palabra (respondente) sobre mí,
que tuve la primera palabra (vocativa) hacia ellos. Pero, por encima de la
palabra de la comunidad sobre mí, Dios -teonominativamente- tiene la
última e infalible palabra sobre los que tienen la última palabra sobre
mí. Aquél que fundó la palabra, aquél que al crear puso nombre a las
realidades, es el mismo Aquél que cerrará la palabra. En definitiva, poner
el nombre es manifestación de creación en quien lo pone, y de gracia en
quien lo recibe, un don gratuito aunque en modo alguno por ello superfluo.
Nadie es nadie hasta que no es querido por alguien, de ahí la frase de
Amado Nervo: “es para mí una cosa inexplicable el por qué se siente uno
capaz de ser bueno al sentirse amado”. Amar a otro, amarle de verdad,
amarle allí donde la pequeña manía nada tiene ya que ver con la grande y
verdadera pasión, amarle más allá del juramento de fidelidad a la belleza
y más allá del dictado de su obsesión y de su despotismo, escribía Gabriel
Marcel, significa decirle: mientras yo viva tú no has de morir. Alarguemos
ahora la afirmacion de Marcel: aunque también yo tu enamorado/a muriese,
aunque me llegara el final a mí que soy mortal y entonces también tú
desaparecieses con mi muerte, sin embargo, si existiera ese Ser que
-inmortal Él- desde siempre nos amara y nos amara para siempre, entonces
nosotros dos seríamos rescatados para la eternidad amorosa y la muerte no
prevalecería jamás sobre nuestra vida. Pues, así como en la tierra es ya
el amor lo que nos constituye y salva, y el desamor lo que nos destituye y
condena, así también en el cielo si existiera el Dios Amor garantizaría la
eternidad amándonos más allá del tiempo y de la humana caducidad: desde
siempre, para siempre, por los siglos de los siglos. Como escribiera santo
Tomás, “el amor es el nombre de la persona”, y en nombre de ese nombre,
que es don, todo lo bueno se nombra. Si el nombre de quien vive con
criterio de humanidad es amor, el antinombre de quien vive en inhumanidad
es odio. La respuesta humana al misterio del “qué es el hombre” no es el
mero “yo pienso”, sino un “yo (te) quiero”. Lo que singulariza al mundo
humano es que en él ocurre entre ser y ser algo que no encuentra par en
ningún otro rincón de la naturaleza. Sus raíces se hallan en que un ser
busca otro ser, en cuanto que este otro ser concreto, para comunicar con
él en una esfera común a los dos, pero que sobrepasa el campo propio de
cada uno. Es la esfera del “entre”. El personalismo comunitario no
comienza por el cartesiano “pienso, luego yo existo”, sino por el soy
amado, luego existo.
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