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Nuestra sangre

Javier Menéndez Ros

Nuestra sangre ha caído en la tierra seca, entre las piedras, entre los hierros retorcidos de los vagones. Ha salpicado caras, brazos, piernas y sobre todo corazones. Corazones, que al pasar por ellos, han convertido la sangre en lágrimas.

Hemos llorado todos con impotencia, con desesperación, con estupor porque, una vez más, confesamos no entender la razón de tanto mal, de tanto dolor causado. Hemos dejado caer nuestras lágrimas mientras mujeres y hombres lloraban la pérdida de sus seres queridos. Dios ha llorado con nosotros, como Jesús lloró cuando su amigo Lázaro estaba muerto. Ha consolado a Marta, ha sostenido la cabeza de María y ha dicho mil discursos con su silencio confortante. También ha dicho con voz fuerte y potente:

" ¡Levántate, sal de la tumba! ¡Ven conmigo! "Aunque quizás algunos hayan preferido no escucharlo.

Muchos hemos querido reponer la sangre derramada y ofrecerles la nuestra, compartiendo una hermandad no escrita en la que nada importa las diferencias de nacionalidad o raza, de credo político o religioso, sino el hecho de que el golpe del terror nos ha trenzado lazos quizás impensables en otras circunstancias.

He visto algunos cadáveres, muchos de ellos colocados en interminables filas, creando una visión terrible que normalmente sólo lo causan guerras o catástrofes naturales. Pero no es menos cierto que si colocásemos en filas los pequeños ataúdes blancos de los 70.000 bebés que cada año son asesinados en España antes de haberles dado la oportunidad de ver la luz, entonces el espectáculo estremecería y haría tambalearse a muchos, incluidos las propias madres y padres.

Estos abortos son muertos "higiénicos" pues queremos que no manchen a nadie, que pasen del blanco quirófano a la negritud del laboratorio experimental o de una basura sin que dejen huella, liquidándolos limpiamente. Estos muertos no salen en páginas de sucesos, la sociedad ha establecido sus reglas para liquidarlos higiénicamente, aunque estoy seguro que muchas madres no podrán olvidarlo jamás. Son asesinatos legales, porque las leyes del Estado lo permiten, pero sus muertes están clamando al cielo aunque muchos se tapen los oídos. Sus piernas, sus cabezas, sus brazos troceados y aspirados querían vivir en un cuerpo. Dios tenía un proyecto para ellos, estaban llamados a la vida, y sólo el egoísmo, la ignorancia, la comodidad, la inconsciencia y el pecado les han negado su más elemental derecho: el de la existencia.

Hoy quiero ser almendro, no de esos que extienden sus dedos vacíos al aire, secos, tristes, sino de los que abiertos a la luz dejan que en sus manos florezcan blancos de esperanza, blanco de manos limpias, de manos que no quieren ser holladas por la sangre. Mis dedos quieren estar abiertos, sin ahogar a la rosa en mi puño, ni enjaular al ave en mi alma.

Hoy quiero que Dios vea desde lo alto nuestro campo de almendros en flor, de luces blancas, de nieve prestada, de pluma de libertad y que oiga nuestro grito, nuestro clamor por la vida, la que El nos ha dado y nos tratan de arrebatar.

Y cuando mi sangre riegue los surcos del campo que sea para que florezcan más almendros, más fuertes, más grandes, más hermosos, más abiertos a la luz del sol.

 
 

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