Acompañar a Jesús
Walter Turnbull
Recordar el sufrimiento de Cristo nos mueve al
arrepentimiento, es también una muestra del amor de Dios, de un Dios que
está dispuesto a sufrir por nosotros.
Semana
Santa. El recuerdo de la pasión, muerte y resurrección de Jesucristo,
nuestro Salvador. Una sabia práctica de la Iglesia para ayudarnos a
ahondar en esos trascendentes misterios que nos llevan a la vida eterna:
sufrimiento, muerte, resurrección; arrepentimiento, renuncia, renovación.
Recordar el sufrimiento de Cristo nos mueve al arrepentimiento. No son los
jerarcas judíos, ni el pueblo, ni los romanos, sino nosotros los culpables
de ese sufrimiento, cada quien con sus pecados. El sufrimiento de Cristo
es también una muestra del amor de Dios. Dios está dispuesto a sufrir por
nosotros. “Mira mi cruz, fue por ti, fue porque te amo”.
No
podemos conectar un “sufriómetro” y dictaminar si Jesús es el hombre que
más ha sufrido en la historia o si otros han sufrido más que Él. El hecho
es que su sufrimiento fue enorme, fue perfectamente injusto y fue una
tragedia de dimensiones cósmicas. Que el infinito, el todopoderoso, el
perfectamente justo tenga que morir a manos de los pecadores.
Algunos
predicadores serios aseguran que el mayor sufrimiento de Cristo, el que lo
pone por encima de cualquier otro, es el sufrimiento moral. El sentirse
rechazado, sentir que “el amor no es amado”, el ver que, a pesar de su
sacrificio, muchos serán los que se condenen. Aseguran que en el monte de
los olivos, cuando decía al Padre: “Si es posible aparta de mí este
cáliz”, no se refería a los sufrimientos de su pasión, sino al sufrimiento
que le esperaba al ver a futuro todos los pecados de todos los hombres.
Jesús como hombre, y también como Dios, resiente el desprecio, el olvido,
el abandono... ¿No han podido velar una hora conmigo? En Getsemaní Jesús
se siente rechazado por los hombres y abandonado por sus discípulos, y en
la cruz pareciera que llega a sentirse abandonado del Padre.
La
Semana Santa con sus costumbres piadosas y su riquísima liturgia nos
ofrece una oportunidad de acompañar a Jesús. ¿Cuánto nos podemos dignar en
concederle? ¿Toda la semana? ¿Las horas de las ceremonias? ¿Un ratito el
Viernes a medio día? ¿Nada?
Por un
insondable misterio del amor, Jesús nos ama así como somos, y aprecia
nuestra compañía. En medio de nuestras infinitas limitaciones podemos
reducir su dolor, remediar su soledad con nuestro arrepentimiento, con
nuestra compasión, con nuestro limitado amor. Cada quien en la medida que
pueda, el tiempo que pueda (ojalá que fuera mucho), acerquémonos a Jesús
esta Semana Santa. para decirle: “Señor, es muy poco lo que puedo hacer,
pero aquí me tienes. Quiero velar una hora contigo”. Y de paso nos
acercaremos a la salvación de nuestra alma.
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