No olvidar la
indulgencias
J. Antonio Doménech Corral
La Iglesia tiene un riquísimo tesoro de inapreciable
valor para el más allá -y acá-, aplicable a sus fieles o a los parientes
de estos fieles que ellos designen. De muy fácil consecución. Y, sin
embargo, la mayoría lo ignora. Y quien es sabedora, pasa de ello. Pero
Juan Pablo II tuvo la feliz idea de actualizar la práctica de su
obtención.
Tiene
la Iglesia un tesoro espiritual de incalculable valor, desde hace siglos
caído en olvido. En su mejor época constituía un gran acontecimiento
social su anuncio por oradores sagrados de prestigio. El anuncio del
motivo religioso lucrado con estos favores especiales. Me refiero a las
llamadas indulgencias o "remisión de la pena temporal por los pecados ya
perdonados en cuando a la culpa, que un fiel consigue cumpliendo
determinadas condiciones por mediación de la Iglesia". Así las define el
catecismo. Y con posibilidad, además, de conseguir la remisión plenaria;
es decir, la limpieza completa del alma. Como para entrar directos al
cielo.
Así fue
hasta que el monje agustino alemán Martín Lutero, angustiado por un
problema personal y llevado por el despecho de no haber sido designado por
Roma para predicarlas -como esperaba- se encargó de atacarlas en 95
proposiciones de protesta que fijó a las puertas de la iglesia de la
Universidad de Wittemberg en la víspera de Todos los Santos de 1517. Fue
el inicio de la llamada "reforma" protestante que acabó por enfriar el
entusiasmo por ellas. Ayudas a necesidades de la al Iglesia, práctica de
determinadas devociones, visitas piadosas a lugares sacros, pronunciar
ciertas jaculatorias y, sobre todo, en esta Semana Santa que vivimos:
asistir a los oficios religiosos, visitar los sagrados monumentos,
recorrer el Vía crucis, participar en procesiones... La verdad es, que
ganar indulgencias ha estado siempre al alcance de cualquier católico en
cualquier lugar del mundo, fuera o dentro de las iglesias, sin necesidad
de tener que esperar a la celebración de un Año Jubilar. Y también,
gracias a ellas, han sido promocionados mil lugares y devociones.
Asombraría conocer la lista de todo lo privilegiado con indulgencias, sólo
en el lugar que habitamos. Pero ¿quién se acuerda en los tiempos que hoy
vivimos de la remisión de la pena temporal de los pecados, si apenas
creemos que cometemos alguno?
Fue
Juan Pablo II, con motivo del pasado Año Santo 2000, quien tuvo la santa
inspiración de lanzar entonces este inusitado mensaje a todos los
católicos del mundo: "No olvidar las indulgencias. Aprovechen su gran bien
según la mente y el espíritu de la Iglesia." Y a los propios sacerdotes,
por boca del cardenal penitenciario William Baum, les recomendó que en las
confesiones impusieran a los que se acercasen a los confesonarios esta
original penitencia sacramental: la práctica de alguna acción caritativa
lucrada con indulgencias, proporcional a las culpas confesadas. Otra
manera práctica y admirable de educar a los fieles, inculcando el
conocimiento y uso olvidado de esta riquísima fuente de gracias.
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