Una violenta
masculinidad
Pbro. Roberto Visier
Pero lo sorprendente es que estas conductas
instintivas, propias de animales sin sentimientos y sin razón, se
conviertan en el modo de pensar y de actuar de muchos “machos” de la
especie humana.
Las manadas de leones están
formadas por un gran número de leonas y algunos leones, entre los que
destaca uno, el más fuerte, como jefe del grupo. Este puesto se lo ha
ganado con sus propias garras y dientes peleando con cualquier otro
aspirante al título de macho dominante. Aunque como en la naturaleza todo
está ordenado de modo muy equilibrado, esas pugnas leoninas tienen mucho
más de ruido que de nueces. De cualquier modo la preeminencia del más
fuerte por medio de la violencia es un comportamiento propio de los
animales. Curiosamente el macho raras veces es el que busca el sustento de
la manada, es la leona la que tiene que buscar la carne para los machos y
los cachorros y por último para si mismas. El macho ocupa un puesto de
vigilancia y defensa contra los posibles enemigos, que para el rey de la
selva son muy escasos.
Pero lo sorprendente es que
estas conductas instintivas, propias de animales sin sentimientos y sin
razón, se conviertan en el modo de pensar y de actuar de muchos “machos”
de la especie humana. Así algunas madres o padres aleccionan bien a sus
hijos para que no “se dejen montar la pata” por nadie en la escuela. Y que
no se les ocurra venir golpeados a casa, a no ser que el contrincante haya
quedado mucho más golpeado. Varias veces he tenido que contemplar con
tristeza como niños de distintas edades, a veces muy pequeños, se golpean
llenos de rabia mientras un nutrido grupo de espectadores, sedientos de
sangre, contempla alborozado el espectáculo. Lo peor de todo es que en
ocasiones los espectadores son adultos, incluso familiares de los
“luchadores”.
Así es, estamos dejando que la
violencia se convierta en algo familiar; y esto es cierto en dos sentidos:
primero porque las actitudes violentas son cada vez más frecuentes en
todas partes y después porque las peleas dentro del seno familiar, entre
los esposos o entre padres e hijos, también abundan. Los mismos medios de
comunicación se ocupan de proporcionarnos buenas dosis de patadas, golpes,
explosiones y disparos en las horas de mayor audiencia.
Otra escena real, no de
película, sino de nuestros barrios. Se organiza tremendo bonche con
cualquier excusa (cumpleaños, carnaval, Navidad, año nuevo, quince años).
Música bailable a elevados decibelios, alcohol, también droga. Una pelea
por fútiles motivos y entonces el pico de botella, el cuchillo y con mucha
frecuencia la pistola. Al día siguiente el sacerdote anotará en el libro
de exequias parroquial: Fulanito de tal, 17 años (21 años, 24 años,...)
causa de la muerte: herida de bala. Por supuesto el asesino seguirá
caminando por la calle porque nadie se atreverá a denunciarlo y lo más
seguro que, ahogando sus remordimientos en lo más escondido de su alma, se
sentirá más “macho” que nadie, hasta que le toque el turno y otro
“machito” lo haga culminar su triste vida antes de los 30 años.
Resulta que si un varón de buena
educación se muestra ajeno a los métodos violentos, si excluye de su
vocabulario toda grosería, si alberga en su corazón y manifiesta nobles
sentimientos de delicadeza o ternura, mucho más si tiene a bien no mirar a
las mujeres como objeto de deseo sino como personas dignas de todo
respeto, seguramente se pondrá en duda su virilidad. En fin que nos gusta
parecernos más a los animales que fomentar lo que nos distingue del reino
animal: la inteligencia, los sentimientos, la fuerza de voluntad, las
virtudes humanas, el trabajo, el progreso, etc.
El hombre verdadero, el que
anhela encontrar toda mujer que se precie y que tenga la cabeza encima de
los hombros es el buen esposo, fiel y cariñoso, el buen papá, dispuesto a
todo por sus hijos, el buen trabajador, responsable y administrador celoso
de sus bienes. La apariencia física viene después. O condenaremos a los
que son feos, según los cánones preestablecidos por la moda, a la soltería
o a la frustración de sentirse menos hombres, porque carecen de músculos
de gimnasio o son de poca estatura. Algo parecido tendríamos que decir de
las mujeres demasiado ocupadas de su apariencia externa, obsesionadas por
parecer sexy, que anhelan más ser deseadas que estimadas de veras por lo
que son como personas. Ellas mismas se convierten en carnada para esos
tiburones que son los machistas, rebajándose y negándose a si mismas la
oportunidad de ser amadas de verdad.
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