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Se necesita vocación

Padre Roberto Fernández Iglesias, OP

Un síntoma preocupante de la cultura actual es la disminución de candidatos dispuestos al servicio social.

Ser enfermera, misionero, asistente social o sacerdote es más que una profesión. Es una vocación, es decir, una llamada divina. Implica gratuidad, dedicación, virtudes de humanidad como la compasión o la permanente disponibilidad. No se pueden sustituir con voluntariados transitorios ni con ministros extraordinarios de la comunión. Ni se puede evaluar su eficiencia en el cortoplacismo insensato de un encuentro por la calle. O, peor todavía, en la caricatura malévola del demagogo que aprovecha el morbo de escándalos ocasionales para satanizar la vocación.

El compromiso de una vocación no prescribe ni se puede pagar como se debe. No tiene más fecha de caducidad que la muerte de su portador, ni mejor salario que la salvación eterna. Pero este lenguaje que se refiere a la salvación y al sacrificio y que pone como meta nada menos que a la eternidad parece que ha sido archivado por los 'futurólogos' de nuestro tiempo como si fuera una pieza rara del museo de la irracionalidad y del oscurantismo del pasado. Ellos creen leer en su bola de cristal un mundo feliz, gracias a esos yuppies geniales de Wall Street, que son los nuevos salvajes buenos y románticos de nuestras selvas actuales de hormigón, cuyos ninacuros titilan en la noche de las cifras numéricas de las pantallas del ordenador.

Además, a medida que nos deshumanizamos, se empieza también a tergiversar el lenguaje. Hoy hablamos de clínicas de autos y de porcelanas -¡qué ternura!-. Pero, en cambio, los verdaderos hospitales se deshumanizan por falta de personal con vocación y así se van convirtiendo en galpones sanitarios y asépticos, en garajes, para aparcar el dolor de los enfermos o para conseguir 'recambios' del 'desguace' de sus órganos cansados de sufrimiento. Hoy le hacemos capillas al hombre, no porque creemos que sea sagrado, que sí lo es, sino porque la soberbia nos endiosa y creemos haberle usurpado a Dios su esencia, solo porque podemos copiarle cuatro cosas del escenario magnífico de su creación.

Se necesitan muchas cosas para construir un mundo humano. No pensemos que todo se arregla con dinero y bienestar. Un pueblo no es igual cuando no tiene médico, ni escuela, ni sacerdote, ni biblioteca... Así se llena de miedo y de soledad salvaje. Los pueblos se hacen con la gente y, para 'cuidar gente', se necesitan personas con sentido de lo social, solidarias, con vocación de ayudar.

Frente a estas tendencias que acabarán deshumanizando al mundo, si no se corrigen a tiempo, no podemos quedarnos en la nostalgia o en la pura lamentación. No se gana nada con llorar con calcetines blancos en torno a un altar como plañideras que representan el dolor universal y lo quieren solucionar a gritos. Hay que volver a empezar por donde se rompió el hilo de la buena trayectoria social.

Nunca es demasiado tarde para volver a empezar. Y hay que empezar por el principio que es el hogar. Allí se escuchan las primeras palabras importantes de la vida, allí se observan los gestos fundamentales de nuestra futura existencia personal, allí se perciben mil cosas subliminales que van posicionando nuestras opciones de futuro, que dependen mucho de lo que hablan nuestros padres, pero también de lo que escucha toda la familia por la televisión y la radio cada día. ¿No hablamos y escuchamos demasiado de las cosas materiales y demasiado poco de lo espiritual? ¿No competimos más de la cuenta unos con otros, en vez de compartir más?

En este sentido, ayudarían mucho ciertos gastos como rezar juntos, destinar ciertas cosas para dar a los más pobres, mostrar aprecio por las personas que se entregan al servicio de los demás, hablar positivamente y premiar todo lo que implica altruismo, ayuda, generosidad, sacrificio. Esta última palabra es preciosa para educar, como dijo ayer en El Quinche nuestro arzobispo monseñor, Raúl Vela. Pero en esto, para ser creíbles, hay que empezar por uno mismo. Sacrifiquémonos todos un poco más por lo comunitario y por lo social, y cosecharemos el beneficio de estos cambios en el crecimiento nacional.

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Publicado en "HOY", domingo 14 de marzo de 2004. Quito - Ecuador

 
 

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