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Mercado de mujeres

Víctor Corcoba Herrero

Ser mujer en el mundo de hoy no es nada fácil en un mundo de violencias que no ha ganado todavía la cátedra del diálogo.

Bajo una liberación femenina simulada se producen los mayores abusos, violaciones y violencias, hacia las mujeres. Es un problema de poder entre géneros humanos. Los más débiles, en fuerza y en capacidad económica, son aplastados por los más fuertes. Es la ley de la selva, las salvajadas del ser humano, que cava su propia fosa. Se olvida que la hembra tiene dignidad humana e identidades específicas, como es la capacidad de dar y custodiar la vida. El problema no es tanto reivindicar la universalidad de los derechos humanos, que ya todos conocemos, sino el que se cumplan al pie de la letra a título individual. Hemos perdido demasiadas conciencias éticas y las normas se incumplen descaradamente, aunque tengamos las mejores leyes, por lo que a diario vemos, ya no solo violencias, también mercado de mujeres, una esclavitud al servicio del más fuerte, que impone sus puntos de vista por encima de doquier norma de convivencia.

Considero, además, que muchas de las leyes, promulgadas en beneficio de la mujer, son de difícil cumplimiento porque la cultura sigue siendo discriminatoria, jerarquizada, y sexista. El mercado de mujeres está ahí, como nunca lo ha estado, al servicio del poseedor de don dinero. Sólo hay que ver las páginas de anuncios de periódicos, revistas o encender la televisión, sobre todo las locales. Ser mujer en el mundo de hoy, a pesar de tantas ventanillas de todas las administraciones y asociaciones feministas, no es nada fácil en un mundo de violencias que no ha ganado todavía la cátedra del diálogo. La cultura de la fuerza bruta gana a la fuerza comprensiva del amor. Por consiguiente, para atajar o neutralizar este crecimiento de mercaderías humanas, y actos violentos en el domicilio o en plena calle, que repugnan a cualquier humano que tenga corazón, no se puede resolver tampoco desde un plano legislativo o represivo, más bien desde otras acciones educativas y otras opciones pedagógicas. Acostumbrarse a este tipo de desajustes, como sucede ahora, genera dependencia y es como vender la conciencia al diablo.

 
 

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