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La Resurrección

Jesús Alfonso Nieves Asúnsolo

Si la Resurrección es la plenitud de la Encarnación, y si la Encarnación es la máxima expresión del amor de Dios a los hombres (si es permitido decirlo así), entonces con la resurrección del Verbo Hijo de Dios Jesucristo, se nos da la oportunidad de devolver amor por amor.

Quiero tratar en forma más precisa nuestro concepto cristiano de la Resurrección para no quedarnos con una pequeña visión sobre esa acción, pues generalmente se ve como el final feliz de una historia, quedándonos con un paupérrimo concepto de lo que realmente es, ya que no intentamos comprender que el Resucitado penetra en el cosmos entero, invadiendo el mundo para hacerse presente en cada hombre.

Es importante de que estemos consientes de que la resurrección de Jesucristo es la revelación final del proyecto de Dios para el hombre y el mundo. Que es la plenitud de la Encarnación del Hijo de Dios según el designio del Padre y la confirmación del Padre de la misión de Jesucristo, por lo tanto, siendo la resurrección de Jesucristo el triunfo de la Vida, pues no sólo le da sentido a la muerte sino a la vida también, en fin, es el puente entre el Cristo de la Historia y el Cristo de nuestra fe.

Sin la resurrección, Jesucristo y la misión hubiesen sido un fracaso, pues el Verbo Hijo de Dios Jesucristo, quien se ofreció como víctima ante el Padre para rescatar a los hombres de su pecado, hubiese sido víctima del pecado de los hombres y por consecuencia su misión. Al afirmar que la Resurrección es el triunfo de la Vida, entonces la cruz no queda como un signo de fracaso sino del amor, del compromiso y de la entrega radical del Reino, pues Jesucristo es la fuerza que salva y el Reino de Dios en la tierra es la fuerza salvadora de Jesucristo aún después de la muerte, en su resurrección.

Cabe afirmar además de que Jesucristo resucitado nos revela al Dios Trino, , porque es el Padre quien resucita al Hijo y es el Hijo quien resucita y está vivo continuando su misión como cabeza de la Iglesia. El Padre envía al Hijo, y éste a sus apóstoles, proviniendo el poder del Hijo del Padre, ejerciéndolo Jesucristo resucitado quien cumple la promesa del Padre al enviar al Espíritu Santo (Cfr.Lc 24,49), el Espíritu del Padre y del Hijo, “el Espíritu de ambos” (DZ 277).

La Resurrección es el puente entre el Cristo de la Historia y el Cristo de nuestra fe, pues “si Cristo no ha resucitado vana es nuestra predicación y vana nuestra fe” (I Cor 15,14). Sin la resurrección de Jesucristo, piedra fundamental de nuestra fe, no es posible la existencia de nuestra Iglesia, pues la vida cristiana como vida específica sólo se puede comprender a la luz de la Resurrección y de ahí proviene toda la vida sacramental y moral del cristiano, de un Jesús resucitado, de un Jesús vivo.

La noticia de la resurrección de Jesucristo es extraordinaria para el hombre, ya que Jesucristo, igual a nosotros en su naturaleza humana, participa de toda experiencia humana, excepto en el pecado, y si el destino del hombre es morir definitivamente, Jesucristo igual, pero Él, que era de nuestra raza resucitó, por lo tanto nosotros también resucitaremos, pues la resurrección de Jesucristo es la garantía de la nuestra. Por lo tanto, podemos afirmar que Jesucristo no resucitó para que le diéramos culto como resucitado, sino para ser cabeza de quienes con Él resucitaremos. Esa es la garantía de nuestra esperanza, o sea, debemos captar que la promesa de Jesucristo no es la “salvación del alma”, sino de la resurrección del hombre como persona, es decir, con cuerpo y alma, siendo así la salvación total nuestro destino definitivo como miembros del Cuerpo de Cristo.

Es importante que estemos conscientes que tanto el alma y el cuerpo son signos de salvación o sea del hombre completo, por lo tanto, la resurrección de Jesucristo y la promesa de la nuestra son el fundamento de nuestra responsabilidad como cristianos tanto en el orden social, ya que el Decálogo, fundamenta nuestra moral cristiana que exige una preocupación por el desarrollo integral del hombre, tanto en su dignidad como persona humana, en sus actividades y comunidades humanas, en su progreso cultural, como también en la castidad considerada no solamente como un cumplimiento de un precepto, sino como respeto a la dignidad del cuerpo humano. Como cristianos debemos suscitar en los hombres la esperanza de la resurrección, don del Espíritu Santo, a fin de que todos sean recibidos en la paz y en la felicidad de la patria celestial (Cfr GS N.93).

Recordemos y tengamos presente que Jesucristo no resucitó sólo como persona, sino también como Cabeza de la Iglesia, sacramento universal de salvación. La Iglesia, que es el Cuerpo de Cristo, por el Espíritu Santo y su actuación en los sacramentos, sobre todo en la Eucaristía (Cristo muerto y resucitado), constituye la comunidad de los creyentes como cuerpo suyo (Cfr CIC No.805), un Cuerpo resucitado.

Si la Resurrección es la plenitud de la Encarnación, y si la Encarnación es la máxima expresión del amor de Dios a los hombres (si es permitido decirlo así), entonces con la resurrección del Verbo Hijo de Dios Jesucristo, se nos da la oportunidad de devolver amor por amor.

 
 

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