Lo que duele, cura
Mariana Moller
Que el amor sea esa energía vital que de sentido a
todo lo que hagamos. Vendrá el dolor, pero seremos plenamente vivos,
plenamente humanos.
Vuelvo a leer a Kierkegaard
después de mucho, quizás por la actualidad de su “Tratado de la
Desesperación”, pero dejando la filosofía de la angustia – que los tiempos
no están para eso ahora que los antidepresivos están bajo sospecha –
encuentro un texto magnífico que me da nuevo aire:
"El signo último, más feliz e
incondicionalmente convincente del amor es éste: el amor mismo, que es
conocido y reconocido por el amor en el otro. Respecto del amor al prójimo
no hay más que una sola pregunta, la del amor, y sólo una sola respuesta
de eternidad: el amor. El prójimo es, en efecto, cada hombre, todo hombre
incondicionalmente.”
No sé si las jóvenes musulmanas
que hicieron en Madrid un emocionado homenaje a las víctimas de los
atentados conociesen la frase del filósofo danés, pero la han puesto en
práctica magníficamente.
Subidas a los trenes con sus
velos, llevaban una pancarta hecha por ellas en la que se podía leer: “La
barbarie no tiene ni religión, ni cultura, ni raza. No al terrorismo. No
en nuestro nombre."
No fue casualidad que la gente
que estuviera en aquel momento en la estación de la Atocha – centro del
ataque que cobró tantas vidas – haya aplaudido el gesto y dado ánimo a las
chicas. Muchos las saludaron y elogiaron su valentía pero lo que es
realmente admirable es la capacidad de amor que supuso su gesto.
El amor, como afirmaba
Kierkegaard, es un poder activo en el hombre; un poder que atraviesa las
barreras que lo separan de sus semejantes y lo une a los demás.
Lástima que tengan que ser
momentos duros como los de aquel atentado los que saquen lo mejor del ser
humano, que es esa capacidad asombrosa de amar, de donarse.
Sí, porque el amor que ocupa los
medios masivos los otros días del año es aquel amor romántico, hecho de
burbujas de jabón, del “fueron felices todos los días de su vida”. O el
mundo fantástico de Bridget Jones, la heroína inglesa que forró los
bolsillos a su autora con el récord de ventas que supuso el libro que
narraba las aventuras de “una mujer como todas”, como vendía la
propaganda. Casi nadie habla del amor verdadero, del amor de los buenos,
del amor que duele. Será porque el amor romántico no requiere esfuerzos y
el verdadero amor los necesita en abundancia.
Y es que aunque parezca
pesimismo, el amor es riesgo, y por tanto dolor. Ese es el precio a pagar
cuando formamos lazos. El que ama puede ser lastimado, abandonado. El que
confía y depende puede ser defraudado. Pero aquel que decida no sufrir
tendrá que prescindir de muchas cosas en la vida: del matrimonio, de los
hijos, de la amistad.
Aquel que, por el contrario,
decida crecer, encontrará dolor pero al igual vivenciará un sinnúmero de
alegrías en su trayectoria. Una vida plena estará llena de dolor. De
rechazarla su única alternativa es no vivir plenamente.
La vida misma constituye un
riesgo. Mientras más amor pongamos en nuestra existencia más riesgos
tomaremos, y a su vez a mayores riesgos tomados mayor la oportunidad de
crecer.
Y aquí vale la pena citar otra
frase magistral de Kierkegaard: “Cada uno de los que fueron grandes lo fue
a su modo y según la grandeza de su objeto amado.”
El amor, como hace mucho tiempo
definió Aristóteles, es la búsqueda del bien del otro. Es, pues un acto de
la voluntad libre. Yo amo si yo quiero y decido amar. No tiene nada que
ver con “químicas” o pociones mágicas. Depende de mí.
Por eso amor y libertad son dos
caras de la misma moneda. Pero el ser humano, no sólo encuentra su
realización amando. Necesita, para amar, ser antes amado. El ser humano es
fundamentalmente un ser amable, necesitado de recibir afecto humano. ¡Y
cuánto nos cuesta dejarnos amar! Quizás más que donarnos a nosotros
mismos.
Podrá ser por ese espíritu de
independencia que nos venden como posibilidad de realización, o por la
inseguridad de mostrarnos vulnerables al otro al mostrar nuestros afectos
positivos. Pero si no nos dejamos querer por el otro, le impedimos su
realización en el amor y la nuestra propia.
El verdadero amor constituye un
enorme esfuerzo, es verdad. Pero es un reto y una llamada a la cual vale
la pena dedicar toda la vida porque el hombre no puede vivir sin amor. Se
ha probado; sin comida, sin lo mínimo necesario para sobrevivir el hombre
puede pasar, pero no vive sin afecto, sin el recuerdo de alguien a quien
amar. Y eso no es poesía, sino la prosa real de la vida. ¡Cuántos
prisioneros de campos de concentración, sobrevivientes de grandes
catástrofes han podido agarrarse al amor para salir adelante!
Probémoslo también nosotros: que
el amor sea esa energía vital que de sentido a todo lo que hagamos. Vendrá
el dolor, tenlo por seguro, pero seremos plenamente vivos, plenamente
humanos.
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