Queridos hijos y
nietos
Carlos Díaz
La vida comunitaria es el lugar
donde se descubre la herida profunda del propio ser y donde se aprende a
asumirla. Entonces se puede empezar a renacer. Hemos nacido a partir de
esa herida. Pero suele ocurrir que, al esperar demasiado de la comunidad
familiar que formamos, nos privamos absurdamente de la posibilidad de
reconocernos y de aceptarnos tal y como somos. Yo, buscando que fuéseis
como yo he querido que seais, y queriendo que quisiérais como yo quería
que quisiéseis pero no como vosotros quisiérais querer, os he juzgado (y a
veces condenado) y cosificado y clasificado en categorías, obligándoos así
a esconderos en máscaras y a sufrir. Es que, en pocas palabras, no he
aprendido aún a aceptaros del todo tal y como sois, a vivir con vosotros
desde vosotros, y por eso he dramatizado y melodramatizado, aunque cuando
os he visto en debilidad he sentido que podía compartir esa vuestra
debilidad sin rechazaros, a pesar de que también en este terreno hubiera
podido mejorar.
Me sigue costando entender y
aceptar que el ideal no existe, a pesar de que con sólo mirar hacia mi
propio interior tenga en cada instante mil oportunidades de comprobarlo.
Es difícil hacer entender que el equilibrio personal y la armonía soñada
no se dan hasta después de años y años de luchas y sufrimientos y que
incluso puede que no surjan más que como toques de gracia y paz. Si se
busca siempre el equilibrio propio, nunca se llegará a la paz que da el
fruto del amor y del servicio a los demás. No busquemos más la paz, pero
allí donde estemos demos paz; dejemos de mirarnos para mirar a los
hermanos que pasan necesidad. Seamos cercanos a los que Dios nos ha dado
hoy. Entonces encontraremos ese equilibrio buscado.
Qué bueno ir descubriendo poco a
poco, día a día, en los pequeños actos de fidelidad, de ternura, de
humildad, de perdón, de delicadeza, que amar es reconocer lo débil y
vulnerable en nosotros para así romper los falsos diques, levantar las
barreras artificiales con que pretendemos defender nuestras
insuficiencias, romper los caparazones que se han ido endureciendo por
tonterías a partir de aquel día aparentemente sin importancia en que ya no
me levanté por la noche para daros un vaso de agua. Qué bueno comprender
que el encuentro humano es la interdependencia en la fragilidad, que esta
fragilidad lejos de generar derrotismo produce sobre todo comunicación,
ósmosis. Cada vez que esto se vive se produce una fiesta en el alma. Vivir
la vida comunitaria consiste en quitar en lo posible las corazas que
protegen nuestra vulnerabilidad para reconocer y acoger las pobres o
importantes razones de los demás y su poderosidad sobre nosotros. Así será
como todos creceremos, haciéndonos los unos responsables de los otros. Y
entonces llegaremos a encontrarnos en el ejercicio de las mejores
celebraciones familiares.
Por eso os aseguro que yo no
necesito que aparentéis ser Superman o Superwoman para quereros, pues ello
constituiría empeño vano y frustrante por vuestra parte al mismo tiempo
que exigencia absurda y cruel por la mía. Me basta y sobra con que viváis
con delicadeza mutua en lo cotidiano vuestra fragilidad que crece desde el
reconocimiento de esa fragilidad. )Recordáis? Aquellos tres cerditos
construían sus casas respectivas con los materiales de que disponían. Uno
con cañas, otro con madera, el tercero con piedras; esta última vivienda
resultó al final inexpugnable al lobo. Una familia se construye como una
casa, con materiales y piedras de distintos tipos, pero lo que mantiene a
las piedras y a los materiales juntos e inexpugnables cuando se trata de
la casa familiar es esa interdependencia del auxilio mutuo, ese don que es
per-dón, don permanente e incondicional. A la hora de construir la casa
común cada uno tiene sus carismas, sus dones particulares y diferenciados,
sus habilidades; todos conocemos las de los demás entre nosotros.
Utilizar cada uno su talento
resulta imprescindible para construir familia y comunidad, y por eso mismo
ser infiel a ese talento significaría dañar a todos los demás, a los
restantes miembros de la unidad familiar; es importante que cada cual
conozca su don, lo ejerza y se sienta responsable de su crecimiento; que
los demás le reconozcan ese don y que dé cuentas de cómo lo utiliza. Los
demás tienen necesidad de ese don y por lo tanto tienen también el derecho
a saber cómo se ejerce, animando al poseedor a aumentarlo y a ser fiel a
él. Todo el que siga su don encontrará su lugar en la comunidad,
convirtiéndose no sólo en útil sino en único y necesario para los otros.
Así es como se desvanecen las rivalidades y los celos.
Cuando no son reconocidas ni
alentadas las habilidades particulares, sino negadas y destruídas por la
antítesis y la rivalidad, entonces viene la fea pretensión de exclusivismo
y por extensión la exclusión que anula la convivencia. En algunas
comunidades de indios del Canadá cuando ante un grupo de niños se promete
un premio al primero que responda una pregunta, todos se ponen a buscar la
solución juntos y cuando al fin la encuentran responden simultáneamente,
pues para ellos resultaría impensable que ganara uno a costa de que
perdieran los demás, excluyéndolos: habría ganado el premio pero habría
perdido la solidaridad, que resulta infinitamente más importante.
Mientras tanto, buenas sean las
tensiones, momentos necesarios para el crecimiento. Quien tiene miedo a
avanzar impide el crecimiento propio y el de la comunidad, pero quien
vence el miedo con una huída hacia adelante masacrando al otro, ése es un
bestia. Desde el colegio os enseñamos a pisar al prójimo, no a ganar sino
a ganar*le+ y a ganar*les+ a todos ellos. Ya no es la legítima pretensión
de mejorar, de progresar, de afianzarse, de destacar honestamente, sino el
indecoroso pisotear el sentido de la compasión, el rabioso ignorar al
prójimo en cuanto tal. Y todo para concluir viviendo con un sillón y una
moqueta pegados al trasero, con unos metros de zona residencial
ajardinada/aburguesada, más o menos solos en casita, divorcio tras
divorcio ()quién aguantaría al triunfador durante mucho tiempo?), con un
letrerito en la puerta donde se advierta al visitante descuidado *cuidado
con el perro+, )con el perro sólo o también con el dueño?.
Me horrorizan esas comunidades
sectarias y esos individuos sectarizantes porque no comprenden que una de
las señales más obvias y patentes de la vida humana y de la familiar y de
la comunitaria es la capacidad para establecer vínculos, nexos
relacionales, de suerte que una comunidad que se excluye, que se cierra,
que se retira, no solamente muere por desnutrición y por asfixia, sino por
carencia de acarreos. Lo que uno siembre, eso cosechará; el que a secta
mata, a secta ha de morir. La vida es un dentro que necesita un fuera, y
un fuera que necesita un dentro. Familia de padres y de hijos, de
hermanos, de abuelos, de tíos y sobrinos, de amigos, de seres humanos de
buena voluntad, familia extensa y difusiva. Somos familia cósmica y ojalá
que a través de nuestro modesto eslabón logremos contribuir un poco a
hacer de la humanidad entera más tarde o más temprano una familia de
familias, una comunidad de comunidades. No otra cosa decimos los
cristianos cuando aseguramos que somos hermanos, hijos de un mismo Padre
cuya herencia por nosotros recibida gratis es el Amor que no muere y que
nunca nos separará.
Y nada más. La tarde va cayendo
mansamente sobre nuestros hombros, los de mamá y los míos, mientras
vosotros maduráis. El tiempo de una vejez que comienza a llamar a nuestra
puerta así acompañada por vuestros rostros hermosos, es el tiempo más
precioso de la vida, precisamente por ser el tiempo más próximo a la
eternidad. Vuestro agradecido padre.
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