El poder de los medios
Jaime Septién
Ya casi nadie discute, después del vuelco electoral sin precedentes en
España, que llevó, en tres días, al poder al partido que iba abajo en las
encuestas tras los atentados de Madrid, que el voto de la gente, su
comparecencia ante las urnas y su decisión soberana (cimiento de la
democracia) penden no tanto de un hilo, sino del sistema de medios de
comunicación en su conjunto.
La comunicación pública, en el siglo XXI, encabezada por la televisión
y la computadora, ha, por decirlo de una forma, moldeado el juicio
político de la mayoría, sin que existan en ésta niveles medianamente
similares de instrucción: el letrado y el iletrado; el alfabetizado y el
analfabeta; el doctorado y el lírico; el de la universidad y el de la
vida, todos sacan hoy su voto desde el mismo referente público, desde el
espejo común en el que se refleja el poder o sus contrarios.
Los autores materiales e intelectuales de Madrid sabían —con absoluta
precisión— que iban a provocar una suerte de golpe de Estado mediático. La
misma industria de los medios española pasó de ser testigo a protagonista
en esos tres días de vorágine. Suyos son aspectos tan curiosos como las
declaraciones a la cadena SER del cineasta manchego Pedro Almodóvar, en el
sentido que el Partido Popular (PP) habría querido forzar la mano al rey
Juan Carlos para que firmara un decreto de Estado de Excepción y aplazara
las elecciones; o las convocatorias por internet a los jóvenes españoles
para que se movilizaran el sábado 13 de marzo y protestaran frente a las
sedes del PP bajo el lema «¿Quién fue?» que, horas más tarde, se
convertiría en el estribillo recitado al pie de la urna…
El peligro que Karl Popper veía (contra la democracia) en el televisor,
se ha aumentado con la insospechada capacidad de convocatoria que posee
internet. Los ensayos previos a la convocatoria del 13 de marzo habían
sido en multitud de actos instantáneos que convocaban a jóvenes a juntarse
en determinados lugares por el sólo hecho de juntarse en determinados
lugares. Esta ocasión tuvo un destino: las sedes del PP en la geografía
española. Y un motivo: inducir el voto entre los jóvenes a raíz de la
acusación al gobierno de Aznar de estar ocultando la autoría de los
atentados (Al Qaeda), echándole la culpa a ETA y capitalizando el voto de
la ira doméstica, local, enfocada a su candidato a la presidencia de
gobierno. Todo ello sucedió en un abrir y cerrar de ojos. De paso, quedó
claro que ya no es la economía la que hace posible el voto, sino una
estrategia amalgamada de radio, televisión, prensa e Internet, con miras
al votante espectador y no al votante ilustrado. Por supuesto que hay
consecuencias. Como bien decía (en La Tercera Fase, Taurus, 2001) Raffaele
Simone, lo que está cambiando, en verdad, son las formas de conocimiento
de la gente, «la idea misma del saber y de la cultura ha cambiado
profundamente y tal vez ya no sabríamos cómo definirla».
Si es así, también han cambiado las elecciones, los votos, las
decisiones de por quiénes ir a las urnas y qué sacar de ellas. Hay que
enfrentar a bote pronto estos hechos. Los españoles, por ejemplo, todavía
no acaban de entender, a tres semanas de las elecciones, qué fue lo que
pasó. Y ya hubo balazos electorales en Taiwán y en Oaxaca.
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