Ir a la plaza pública
Jaime Septién
A todos los católicos, más aún a los periodistas y a
los sacerdotes, se nos presenta hoy el grande desafío de comunicar la fe,
que es la base de la religión.
A todos los católicos, más aún a los periodistas y a
los sacerdotes, se nos presenta hoy el grande desafío de comunicar la fe,
que es la base de la religión. No de la religiosidad, de la religión
misma. Empujados, por un mercado de opiniones contradictorias, a
escondernos en el templo, a socorrernos del silencio de la sacristía,
olvidamos cuáles fueron las tácticas de los primeros cristianos, de San
Pablo, por ejemplo: ir y predicar al corazón mismo de la cultura extraña;
a la plaza pública, desde donde ha de resonar el mensaje; utilizando las
formas más avanzadas de transmisión, los lenguajes más atrevidos y, al
mismo tiempo, las convicciones más profundas.
El problema central tiene que ver, directamente, con la
fe. Religión sin fe es catálogo de buenas intenciones, metodología para
ser «buenos»; una ética de situación o, quizá, una tentativa del esfuerzo
personal para armonizar «lo humano» con el hombre. Nada más. Sin embargo,
en todos los lugares de la Iglesia católica, desde hace lo menos 30 años,
una lectura equivocada del concilio Vaticano ll ha hecho creer a propios y
extraños que la fe nuestra apenas si guarda parecido a aquella vieja y
empolvada fe de antaño, la de nuestros abuelos, la fe plagada de certezas.
La hemos sustituido con una religión ligera, buena para la digestión, que
ni engorda ni enflaca, y que está dispuesta, en todo momento, no a dar
razones de la verdad sino, en el mejor de los casos, a proponer «una»
verdad más de la barra de ensaladas contemporánea, donde cada quien escoge
los ingredientes, los mezcla a su gusto y se los lleva a comer a donde
mejor le plazca.
Es cierto que la fe de nuestros abuelos, la fe del
carbonero, la fe que era pura certeza, mostraba un idealismo optimista.
Pero la hemos transformado en otro idealismo optimista: el de la fe que es
pura duda, pura pregunta, pura especulación. Hasta hace poco, una «novela»
como El Código Da Vinci, hubiera levantado oleadas de condena por parte de
los fieles laicos. Hoy, este engendro que golpea sin misericordia (ni
ciencia histórica) la divinidad de Cristo (puesto que asegura «fue
producto de una votación en el concilio de Nicea») es recomendado por
cientos de católicos de los de Misa dominical y confesión por Cuaresma. El
celo por la casa de Dios poco o nada nos consume. Y sus ministros, sus
guardianes, están a veces más ocupados en dirigir boletines, construir
casas, administrar bienes temporales de toda índole que en salvar almas.
Las preguntas que debemos hacernos son, pues: ¿Cómo
comunicar la verdad espléndida de nuestra fe cristiana? ¿Cómo hacer frente
al obstáculo que plantea una sociedad egoísta, recalcitrante contra el
espíritu, adoradora de la materia, de lo que deja, de lo que da prestigio?
¿Qué papel tiene Cristo hoy? A esas tres interrogantes diré, de manera muy
escueta: a) con fuerza de convicción; b) con entrega, y c) ser el faro de
la verdad, de la verdad que nos hará libres.
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