Progreso y debilidad
Si a la mujer le ayudamos a ser ella misma, a elegir
orgullosamente su maternidad, amará a sus hijos incondicionalmente. Y esta
es la mejor escuela para que un ser humano aprenda a humanizarse.
Nuestra sociedad se siente fuerte. El progreso de cada
nación se mide anualmente por el incremento de la renta per capita o el
incremento de la productividad…Más tecnología, mejor calidad material de
vida, más tiempo de ocio (aunque después no se sepa qué hacer con él), más
formación (o habría que decir información) académica. Estos son los
parámetros para medir el progreso. Las sociedades tribales, donde se vive
en chozas, que carecen de agua corriente o de luz eléctrica, no son
mencionadas en las listas de “los países del Primer Mundo”. El mundo
occidental se cree más inteligente, más fuerte, más poderoso. Y hasta se
otorga el derecho de dar lecciones de progreso a los demás.
Salta una pregunta ¿Por qué son los países del Primer
Mundo los que tienen el índice de suicidios más alto del globo? Sólo en
Alemania son más los que deciden acabar con su vida, que los que mueren en
accidentes de tráfico.
Las fortalezas del Primer Mundo parece ser que no
logran dar sentido a la vida de los hombres y mujeres que andan por sus
calles. Quizás esa mujer mal nutrida de cualquier tribu africana tendría a
nuestros ojos más motivos para dejar de luchar por la vida; ésta consiste
en preocuparse por buscar el alimento de sus hijos y… de los hijos de sus
vecinos, porque la mujer africana se siente madre de todos los niños de la
tribu; ocupa su tiempo en ayudar a una vecina parturienta, o en amamantar
a los hijos de otra que no puede hacerlo; trabaja y mucho, pero no sólo
para ella. Los otros son importantes en su jerarquía de opciones. De nuevo
salta otro interrogante ¿Por qué los pobres en lo material, si sufren más,
se suicidan menos?
En nuestra sociedad segura el sufrimiento del débil es
un grito molesto. La debilidad humana se esconde o se elimina; eutanasia
para enfermos terminales, eliminación del niño que se descubre con
síndrome de Down antes de nacer, etc… Nos han convencido de que el ser
humano ha sobrevivido en la tierra gracias a sus destrezas intelectuales.
Son loables los adelantos científicos, pero no siempre son sinónimos de
progreso. Por ejemplo, el gas que eliminó a millones en las cámaras nazis
era un progreso en eficacia, pero ¿hacia qué meta? Nuestra sociedad,
satisfecha de sus logros, ha endiosado el concepto “progreso” porque es
equivalente a menor sufrimiento, menor esfuerzo y mayor disfrute.
A veces la cobardía se manifiesta en una actitud de
desplante precisamente para ocultar su angustia. El hombre de hoy huye del
sufrimiento y de la debilidad, y no escucha a los sabios, que le recuerdan
que vivir y sufrir son un matrimonio fiel hasta que la muerte los separa.
Una concepción del progreso que no asume la realidad de la debilidad
humana, y sólo la elimina es vía rápida para deshumanizar la sociedad.
Podríamos probar a dar otra definición de progreso o
buscar un rasero diferente para medir su avance. El progreso se podría
medir por el grado de bien-ser, no de bien-estar, que conquista una
sociedad. Se es más y mejor ser humano cuando se crece en humanidad. Este
ser misterioso, que somos cada uno de nosotros, se humaniza cuando es
capaz de arriesgarse por el bien del otro. Quizás la especie humana ha
sobrevivido porque ha sabido descubrir en la debilidad de los demás, una
oportunidad para crecer en humanidad. Ningún animal es solidario como lo
puede ser el humano.
Sólo una sociedad que admite en su seno la debilidad
permite al hombre ejercitarse en la donación, porque es justamente la
debilidad del otro la que ofrece a cada ser humano la posibilidad de
serlo, de com-prender, de com-padecerse, y ofrecerse libremente al débil,
no para dominarle sino para servirle. Si no hay debilidad no hay ejercicio
del amor, y el amor es la única ley de progreso real para el hombre.
Se ha criticado el hecho de que la mujer, a lo largo de
la Historia, asumiera profesiones de servicio como el ser maestra,
enfermera o ocuparse del cuidado del anciano y del niño en el seno de la
familia. Quien así habla conoce poco de la mujer y menos del ser humano.
La mujer posee una especial sensibilidad espiritual que le permite mayor
empatía, comprensión y compasión hacia el débil; y por su espíritu
práctico, se dona aquí y ahora. No es cuestión de filosofar acerca de las
causas del sufrimiento humano sino de acompañar a quien lo vive. El dolor
deja de ser tan agresivo cuando uno se sabe acompañado. ¡Cuántas cabeceras
de camas de hospital en las que se descubre la figura silenciosa pero
fuerte de una mujer! La maternidad femenina es un estilo de ser mujer que
busca al indefenso, al pequeño, al que no puede. Hace falta mucha valentía
para mirar al dolor de frente, y aunque sea con las lágrimas en los ojos,
abrazarlo en la realidad cotidiana. De esto, saben mucho aquellas madres a
las que se tilda de “pasivas y oprimidas”.
Si a la mujer le ayudamos a ser ella misma, a elegir
orgullosamente su maternidad, amará a sus hijos incondicionalmente. Y esta
es la mejor escuela para que un ser humano aprenda a humanizarse. Estos
hijos, en unos años, podrán ser una generación que deje de temer la
debilidad, y aprenderán a verla como oportunidad para progresar.
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