Don Bosco y su
tiempo
Jaime Septién
Don Bosco no fue ese tipo de santos que, a veces, nos
cuentan. Sino un hombre de primera, de los que a cualquiera le gustaría
encontrarse en la calle, charlar con él, invitarlo a cenar y comprometerse
en su obra por los más necesitados.
Suelo elegir un libro biográfico para el período de
Semana Santa y Pascua que paso en casa de mis padres. En esta ocasión tuve
el buen tino de elegir Don Bosco y su tiempo (Editorial Palabra, 5ª Ed.,
Madrid, 2002) del escritor argentino Hugo Wast. Este hombre impresionante
-pseudónimo de Gustavo Martínez Zuviría- novela la vida de un monstruo de
la caridad, el buen humor, la cordura y la sensatez humanas: San Juan
Bosco, el educador, el insigne patrono de la juventud trabajadora, el
fundador de la Sociedad de los Salesianos y de las Hermanas de María
Auxiliadora.
En verdad, pocas veces había yo gozado tanto con la
vida de un santazo como Don Bosco. Porque no fue ese tipo de santos que, a
veces, nos cuentan. Sino un hombre de primera, de los que a cualquiera le
gustaría encontrarse en la calle, charlar con él, invitarlo a cenar y
comprometerse en su obra por los más necesitados. El tiempo de Don Bosco
fue durísimo. Italia y el mundo europeo en su totalidad se enfrentaban a
la sociedad sin cristianismo, al embate de los grupos secretos (como los
masones) y al (aparente) triunfo de la razón sobre todos los misterios de
la vida humana. Sin esperar días más propicios, navegando contra de la
corriente, superando, incluso, las opiniones de la buena gente que hubiera
querido a Don Bosco en el manicomio, este sacerdote, agarrado a la fe en
Cristo resucitado, tomó la iniciativa para erigir sociedades de vida
religiosa, educar a los vagabundos, darles a Jesús a los oprimidos y a
María a los desterrados. Siempre con una sonrisa en los labios.
Gran lección la de Don Bosco: hacernos entender a todos
-comenzando por los sacerdotes y siguiendo con el pueblo fiel- que las
obras de caridad o tienen el componente del amor y la alegría o son un
verdadero fiasco. ¡Qué lejos de San Juan Bosco la amargura de aquellos que
van haciendo el bien y anunciándolo a los cuatro vientos; que dan una
limosna como si estuvieran dando el tesoro de Moctezuma y que cuando donan
un mendrugo lo publican como si hubieran donado la panadería de El Globo
completita! Nada de eso. Hubo veces en que se le presentaba una señora
copetona de Turín a pedirle un autógrafo (pues ya se sabe que los ricos, a
veces, son nostálgicos de la santidad) y Don Bosco, en lugar de la firma
le devolvía un recibo de donativo para sus vagabundos, con la cantidad de
dinero bien descrita. La dama de alcurnia no tenía más remedio que aflojar
la lana...
Y otra lección más: nunca esperar a hacer las cosas
«cuando mejore el país; cuando salga un presidente bueno; cuando el jefe
me aumente el salario; cuando el horóscopo me sea favorable y los astros
estén alineados a mi favor...». Las obras de Dios son ahora mismo y sus
resultados invisibles al ojo humano. Quien pueda leer este libro, de
verdad, se lo recomiendo. Y no ande perdiendo el tiempo con tanto
best-seller de pacotilla que lo único que alimentan es la barriga del
comercio.
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