Un futuro
desorientado
Víctor Corcoba Herrero
Cuando no somos capaces de dignificar la educación, ni
la función docente, difícilmente podemos avanzar en una dirección
acertada.
Ante tantas desorientaciones estamos construyendo una
sociedad de fracasados, aunque los centros de enseñanza se encuentren
dotados de medios personales y materiales como nunca lo han estado, pero
faltan esas iniciativas rompedoras, acordes con los tiempos, que promuevan
actuaciones innovadoras, capaces de entusiasmar a nuestros jóvenes.
Todavía, enseñanzas tan integrales para la formación de la persona humana,
como las enseñanzas artísticas, apenas se les presta atención. O la misma
investigación científica, también carece de un verdadero apoyo, capaz de
generar inversión empresarial que responda a los conocimientos adquiridos
en la actividad universitaria.
Quizás también sea cierto, que tengamos un sector de
jóvenes muy bien formados, sobre todo en contenidos, pero si luego no se
activa un entorno favorable al desarrollo de esa capacidad intelectual, la
confusión es máxima. Tampoco se puede progresar cuando existen tantos
desequilibrios autonómicos y la cohesión entre pueblos es más difícil cada
día. Las ofuscaciones de cerrarnos las puertas unos a otros, nos llevan a
la deriva. No hay modernización porque nuestro pensamiento no se
moderniza. Necesitamos una reanimación de ánimo y un ánimo más entroncado
en sistemas igualitarios. ¿Qué futuro tienen esas bolsas de pobreza en un
mundo de ricos? Resulta esperpéntica esa realidad que nadie ataja de raíz.
Precisamos, desde luego, un pueblo más cercano y más unido. Porque, yo me
pregunto: ¿cómo se va a unir a Europa, sino se pone freno a la cultura de
la desunión entre nacionalidades y regiones?
Resulta vital a mi juicio, que el ciudadano mejore su
aptitud de vida, con una atmósfera más solidaria, en un clima de
protección más equitativo, más racional de nuestros recursos naturales. Si
ha de reducirse algo, que sea la contaminación, aquella que tanto nos
atonta y aletarga, aprieta y asfixia. Requerimos, pues, cultivos que nos
orienten en lo esencial: la razón de vivir. Es la más justa calidad
educativa, la de la ley natural, ante tanto acomodaticio laberinto
avasallador. Ya se sabe, las otras, las humanas leyes, dependen del
político de turno, tan caprichoso como borrego, en demasiadas ocasiones. Y
así nos luce el pelo.
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