La ilegalidad
Ya todos somos ilegales, o podemos serlo.
La ilegalidad del ciudadano depende del poder, es
decir, de dar o de negar papeles, de acreditarte o no la documentación.
Quien carece de señas de identidad no puede andar por la calle sin caer en
el renglón de la sospecha. No anda el mundo para muchas libertades, y eso
de pertenecer a un país u otro, eso de tener una profesión u otra, eso de
tener dinero o no, te hace sumamente vulnerable, sospechoso, y te ponen en
el punto de mira.
El visado para poder entrar a algunos países es asaz
complicado. Quizá el caso más significativo sea el de Estados Unidos,
sobre todo para los latinoamericanos y otras identidades. El caso del
terrorismo ha complicado las cosas, y ya no es sencillo viajar de un lugar
a otro sin resultar sospechoso. Quien presuma de ilegal por necesidad,
como argumento para mantener a su familia, se equivoca; ese ya no es
argumento. Quizá nunca lo haya sido, pero ahora, menos. Argumentar
necesidad puede convertirse en excusa para tapar la verdadera identidad,
la de pertenecer a una célula terrorista, de esas que se han globalizado
una vez que el terrorismo aceptó como óptima la ciudadanía global.
Los ilegales andan esparcidos por todos los rincones
del planeta. El gobierno español ha tenido que hacer la gracia del milagro
de la legalización a los ilegales afectados por los percances en los
atentados del 11-M. El resto, los que permanecen ilesos, continuarán sin
papeles, escamoteando como puedan a las autoridades, esto es, ocultando su
verdadera condición.
El asunto pica y se extiende, y ahora son los
sacerdotes que intentan ejercer su profesión en Tierra Santa quienes han
sido obligados a someterse a la ilegalidad. La noticia dice que “el
gobierno israelí ha negado el visado de residencia a más de 130 frailes y
monjas de la Iglesia Católica, generando así la incertidumbre y el miedo
entre las comunidades religiosas en Tierra Santa”. Esto, obviamente, no ha
agradado a El Vaticano, porque los frailes y las monjas, aunque sean de
diferentes nacionalidades, son representantes de un Estado Católico que no
hace mucha gracia a las autoridades israelíes. Así es que, por las calles
de Tierra Santa cunde la ilegalidad sacerdotal y religiosa.
“Las trabas afectan esencialmente a los religiosos
originarios de cualquier estado Árabe. En primer lugar, a los de Irak,
Siria, Líbano, y a continuación a los de Jordania y Egipto”, lo cual
induce a la sospecha. Lo cierto es que la “ilegalidad” se ha convertido en
el pecado moderno para la privación legal de la libertad.
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