La Pasión
Jose Ignacio Munilla Aguirre
“Si no hubiera existido esa agonía en la cruz, la
verdad de que Dios es Amor estaría por demostrar”.
Mel Gibson era consciente del riesgo tan grande que
asumía al afrontar una nueva producción cinematográfica de la vida de
Jesucristo, en un contexto cultural tan secularizado: “si esta obra falla,
durante 50 años no habrá futuro para el cine religioso".Vista su magnífica
obra, no cabe duda de que no sólo ha superado la prueba y disipado los
temores; sino que ha llegado aún más lejos que las producciones
anteriores. En efecto, La Pasión no se limita a una descripción de los
acontecimientos externos en torno a la suerte de Jesucristo. En esta
ocasión hay una profunda teología sobre el misterio de la redención, el
sentido que Cristo dio a su muerte, en plena sintonía con la fe católica.
Al hablar de esta película, nos resulta de obligado
cumplimiento la referencia a las acusaciones que se han vertido sobre
ella. ¿Antisemitismo? En todo caso cabría decir que la película nos sitúa
ante un drama entre hebreos que tienen concepciones religiosas distintas.
No olvidemos que Jesucristo, María, los doce apóstoles y los primeros
discípulos, eran tan judíos como los miembros del Sanedrín. El motivo
inmediato de la condena a Jesús es una controversia religiosa: se había
presentado ante el pueblo como el Mesías de Dios. Por lo tanto, la
acusación de antisemitismo por parte de algunos sectores de la comunidad
judía, deja al descubierto en éstos una confusión entre raza (pueblo) y
religión. Para ellos, la crítica a la religiosidad judía supondría un
ataque a un pueblo, hasta el punto de hacerse cómplices de su holocausto.
Para deshacer ese entuerto, hay que entender que el cristianismo es una
religión que no está ligada a ninguna raza humana; sino que está formada
indistintamente por árabes, latinos, anglosajones, indios, etc.... y, por
supuesto, también hebreos.
Y por si cupiese alguna duda, la película refleja con
absoluta claridad nuestra fe católica en que el motivo último de la muerte
de Cristo es el perdón por nuestros pecados. En consecuencia, han sido
nuestros propios pecados los que han crucificado a Jesucristo. Queriendo
simbolizar esto, Mel Gibson quiso convertirse por un momento en actor de
una de las escenas más dramáticas, sosteniendo con su mano el clavo con el
que la mano de Cristo es clavada en el madero.
La película nos ofrece las claves del sentido que
Cristo quiso dar a su muerte, al intercala en el episodio de la
crucifixión las escenas de la última cena. Con ello remarca que Cristo
entregó voluntariamente su vida –cuerpo y sangre- por el perdón de
nuestros pecados; tal y como lo profetizaba Isaías: “El ha sido herido por
nuestras rebeldías, molido por nuestras culpas; y, con sus llagas, hemos
sido curados”. Toda una confesión de fe en el sentido redentor de la
Pasión de Cristo, que contrasta con cierta teología secularizada que se ha
limitado a presentar la muerte de Jesús de Nazaret como “la consecuencia
lógica del enfrentamiento que un hombre coherente tiene con los poderes
fácticos de su tiempo”. Tampoco cabe entender la profundidad del drama de
Cristo sin la tenaz tentación de Satanás, magníficamente expresada por Mel
Gibson. El demonio intenta por todos los medios apartar a Cristo de la
obediencia a la voluntad de Dios Padre, consciente de que de ello depende
la salvación de los hombres. Y como culmen de la teología católica, la
película intercala una discreta y a la vez continua presencia de María,
que se nos sugiere como custodia del misterio de la redención.
¡Insuperable la escena de María recogiendo en unos paños blancos la sangre
derramada por su Hijo en la flagelación!
Entiendo que a algunas sensibilidades les puedan
resultar demasiado crudas algunas escenas de La Pasión, especialmente la
flagelación y la crucifixión. Sin embargo, a la luz de los documentos
históricos que disponemos sobre los métodos de tortura romana, no cabe
hablar de exageración. Baste el dato de que tan sólo han sido reflejados
en el maquillaje del protagonista el 40% de las llagas que figuran en la
Sábana Santa de Turín, por entender que hubiese sido demasiado brutal la
transposición literal. Dicho esto, es claro que en la película, Mel Gibson
no ha querido ocultar la sangre de Cristo; sino, por el contrario, su
intención ha sido “hacerla hablar”. El mensaje principal del sacrificio de
Cristo no es el dolor, sino la expresión del amor que en él se encierra.
La cruz se convierte en el lugar inequívoco en el que Cristo ha querido
hablarnos: amor se escribe con sangre.
Creo que merece también la pena destacar dos
coincidencias que acompañan a esta película. Por una parte, Almodóvar y
Mel Gibson compiten en la misma plaza con dos películas muy distintas y
con vocación contrapuesta: “La mala educación” y “La Pasión”. La primera
bucea en las cloacas provocando el alejamiento de la fe; la segunda
desciende también a la máxima humillación de la condición humana, pero
para cargar y redimir nuestro pecado, todo pecado. La película de Mel
Gibson es un canto a la esperanza. Si Dios confía en el hombre, nosotros
también.
Pero también se ha producido otra “coincidencia”: La
mañana del 11 de Marzo, trascurridas tan solo tres horas del múltiple
atentado terrorista, se proyectaba en Madrid el primer pase privado de
esta película. Una vez más, Dios lloraba en la Tierra, y la cruz se
presentaba como la mayor prueba de solidaridad de Dios con los hombres. En
el libro entrevista que Vittorio Messori realizó a Juan Pablo II en 1994,
le preguntaba sobre el sentido del silencio de Dios ante el sufrimiento
humano. La respuesta del Papa queda para nuestra meditación: “Si no
hubiera existido esa agonía en la cruz, la verdad de que Dios es Amor
estaría por demostrar”.
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