Volver al camino
Cuando observamos a los distintos Medios de
Comunicación encontramos situaciones muy difíciles para que nos toque
concluir que el hombre está roto o tiene desinflada una de sus ruedas que
lo hacen avanzar.
Somos hechura de Dios con elementos muy frágiles.
Extremidades superiores e inferiores que las necesitamos, pero que con
ellas nos atrevemos a golpear. Un conjunto de sentidos tan efectivos para
enterarnos de todo pero con los encantos de muerte y desprecio por la vida
ajena. Esto me lleva a hacer un llamado para que Volvamos al camino…
Recuerdo aquella madre que desde siempre le preguntaba
a su hija. ¿Cuál es la parte del cuerpo más importante? Ella le iba
respondiendo: los ojos. Su mamá le respondía que no, pues había mucha
gente ciega y su vida tenía sentido y habían progresado. La madre seguía
preguntando y la niña, la joven respondiendo: los brazos, los oídos, las
piernas… Y la madre respondiendo que hay muchos sin ellos y habían
progresado y han podido salir adelante. Llegó el momento en que se
encuentran en el cementerio para enterrar el esposo y al padre de las dos
mujeres. La madre volvió a preguntar. La hija no supo responder. La madre
le dijo: Hija es el hombro donde se apoya la mano tierna y amiga para
darnos fuerza en los peores momentos.
Este camino, muy nuestro, necesita muchos hombros que
nos impulsen a caminar. Hombros que son como señales a la vera del camino.
Para ello hace falta que alcemos la mirada, nos detengamos y los leamos
con inteligencia y amor. El señor, Dios, les dice: “miren, voy a
transformar a Jerusalén en alegría y su pueblo en gozo” (Isaías 65,17-21)
es Dios quien aparece en medio de una sociedad legalista donde lo valedero
era el cumplimiento de la ley para meterles en sus vidas la alegría del
inicio y la fortaleza del avance para poder llegar al final. Cuando
descubrimos esta presencia alegre no nos queda otra respuesta que la del
salmo 29 “Te ensalzaré, Señor porque me haz librado” La pregunta que se
hace el lector es: ¿De qué?
Jesús, compañero de ruta, vuelve a Galilea para
recordar sus primeros pasos y participar de aquella vida tan propia de su
entorno familiar. Aparece un Funcionario (Juan 4,43-54) quien necesita una
curación para su hijo. Ante las palabras de Jesús creyó y se puso en
camino. Aquí en el oriente los pescadores utilizan una técnica algarete,
que consiste en dejar que el bote se deje llevar por el viento y ellos van
pescando. Nosotros, los cristianos no podemos ir de esa manera, como
decían nuestros abuelos “a la buena de Dios” pues mandarían los gustos,
los caprichos, los sueños, las ilusiones irrealizables o de una lucha,
convertida en batalla, por un premio al ganador. Dios nos ha señalado un
camino, ciertamente de luchas y esfuerzos, para ello unas señales: los
mandamientos y los sacramentos. Realidades efectivas, llenas de gracia y
bendiciones, pero que sin la fe de nada servirían. Habrá que recordar que
la gente busca a Jesús por las maravillas, lo espectacular de sus
prodigios y milagros. Jesús les enseña que lo que importa es la fe en Dios
vivo y real. Además, en nuestro caminar se debe despertar la confianza
para avanzar, animarse y poder saltar los obstáculos que nos depara cada
pie en la vida.
Es así como Dios actúa para despertar la fe, suscitando
la confianza y ante esto el Funcionario y su familia comienzan a creer y
al hacerlo renace la vida brotando el milagro en la salud del cuerpo y del
alma. Es interesante observar al Funcionario que busca al Señor. No se
queda de brazos cruzados. Salir al encuentro es dejarse guiar y proseguir
la marcha con la gracia de aquel que lo conoce y sabe colocar luz donde
hay oscuridad, fuerza donde hay debilidad, verdad donde hay mentira y vida
donde hay muerte. Salir al encuentro de Jesús es pedir fuerza y
acompañamiento para convertir los momentos de tristeza y desconfianza en
el brillo de la alegría en un confiado compañero de camino: Cristo Jesús.
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