'Déjame morir
contigo'
P. Roberto Fernández Iglesias, OP
La presencia de María junto a Jesús en la cruz.
Es la Virgen María. Y tiene la belleza de la mujer
madura. Respetable, segura de sí misma y libre. Toda una señora. También
durante la pasión y muerte de su hijo único -el peor sufrimiento de
cualquier mujer- supo estar a la altura de la fe y de la misión para la
que fue escogida: ser madre del Hijo de Dios. Sabe estar y da fuerzas. Y
se hace sentir con elegancia y nobleza. También cuando está de pie junto a
la cruz y llora por Jesús crucificado, su hijo primogénito y único. Con
razón la Sagrada Escritura la llamó "llena de gracia y bendita entre todas
las mujeres". Así nos la hace ver Mel Gibson en su película La Pasión de
Cristo, a través de una actriz que lleva un apellido muy mariano y bonito
'Morgenstern', es decir, la estrella de la mañana, la que brilla antes de
salir el sol y lo anuncia, como la Virgen María que anunciaba a Cristo, el
nuevo sol de justicia.
Durante toda la película su presencia discreta no deja
de crecer. Mientras Jesús ora en el Huerto de los Olivos, ella se
despierta, siente una ansiedad muy dolorosa y se pregunta por qué esta
noche de luna llena no es como las demás. Es el sexto sentido que tienen
todas las madres, ese 'no sé qué' por el que presienten lo que están
viviendo los hijos. No puede dormir más y cuando le llega la mala noticia
sale corriendo a buscar a su hijo. Va llevando en el corazón tantos
recuerdos como atesora una madre, toda esa vida que ahora el misterio del
mal se dispone a crucificar. Es ahora cuando aquella espada de dolor,
profetizada por Simeón, le va a atravesar el alma (Lc. 2,35). Y es ahora
cuando su linaje va a aplastar la cabeza de la serpiente que profetizó el
Génesis (Gén. 3,14-15).
Están también las otras mujeres, todas esas mujeres de
Jerusalén mencionadas por el Evangelio y las que tanto amaron a Jesús.
Ellas lo acompañan con gratitud y devoción. No se asustan ante la
soldadesca y una le enjuga el rostro y conservará el primer ícono del
Señor. Da para pensar que las mujeres son más fieles en los momentos de
las pruebas duras y que, cuando aman, lo hacen hasta la muerte.
Mientras María sigue a Jesús por el Vía Crucis para
sostenerlo como cuando era niño y lo arropaba con su amor, también lo
sigue Satanás por ese mismo camino, pero para tentarlo, como en el
desierto, como en el Huerto de Los Olivos. Esa presencia de lo diabólico
que siempre engendra mayor mal y que nos acecha hasta el desenlace final,
va a tener también una sentencia de muerta escatalógica en el madero del
Gólgota.
María alcanza la plenitud cuando Cristo ya está
crucificado. Entonces, ella le dice a Jesús llorando: "Carne de mi carne,
corazón de mi corazón, Hijo Mío, déjame morir contigo". Estas palabras,
que no están en la Sagrada Escritura, son puro sentimiento maternal. Y
están muy bien puestas precisamente ahí porque reflejan el estado mental
de cualquier madre en esos momentos de tanto dolor. Por eso son de las que
más conmueven, sobre todo el corazón de los hombres, porque las sentimos
como dichas a cada uno de nosotros por nuestra propia madre.
Es muy importante lo que le responde Jesús, con
palabras que conserva la Biblia: "Mujer, ahí tienes a tu hijo. Hijo, ahí
tienes a tu Madre" (Jn.19, 26-27). Es como si le dijera a su mamá que ella
no se puede morir ni experimentar tanto dolor y que, para eso, le encarga
una misión. Ahora va a ser la madre de sus discípulos, ahora ellos la van
a necesitar y no tiene que pensar en morirse sino en vivir y en seguir
adelante con esa nueva tarea que El le confía.
Cuántas madres y cuántos padres, que también han
perdido un hijo o una hija, pueden encontrar consuelo en esas palabras de
Jesús. La vida sigue, tienes otros hijos y hay que vivir por ellos. Deja
que la fe trasfigure ese llanto de dolor en rayos de luz y de esperanza
para los tuyos. Hizo bien San Pío V cuando añadió al Avemaría el "Santa
María, Madre de Dios, ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la hora de
nuestra muerte...".
Es que la Virgen consuela al que experimenta la muerte.
Y también nosotros queremos sentir el arrullo sereno de su voz y de sus
labios maternales, como lo sintió Jesucristo Nuestro Señor en la cruz, al
momento de morir.
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Publicado en "HOY", domingo 4 de abril de 2004. Quito -
Ecuador
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