Los lenguajes
institucionales
Carlos Díaz
Los electores, el pueblo, terminan pensando como el
poder lo desea, introyectando, asumiendo y haciendo suyo el lenguaje de la
Administración a la que tiene por lo único real-objetivo, mientras ni
escucha ni concede crédito al habla surgida de las agrupaciones sociales
no institucionalizadas partidistamente, a las cuales toma como algo
subjetivo-irreal, como coro de grillos meramente voluntarista que cantaría
a la luna sin pararse a distinguir las voces de los ecos.
Pese a su desprestigio institucional el Parlamento goza
de mayor crédito que el resto de los colectivos, por lo cual la voz (y el
voto) popular termina cornuda y apaleada cayendo siempre del lado de dicho
Parlamento vía urna; si de la mitra se dijo que era el apagavelas de la
ciencia, de la urna debe decirse que funciona todavía hoy como apagavelas
de la palabra popular. Afónico el pueblo, su curriculum verbi queda de
esta guisa más limpio que el lavadero de unas monjas; tú mientras, pueblo
mío, ay dolor, eres lengua que sólo se crece puesta en la ventana.
Así que una vez reducido todo lenguaje político al
parlamentariamente institucionalizado, sólo se hablan los discursos que
afectan a la sociedad instituída, pero nunca a la desestructurada o
ininstituída que constituye el universo de los humildes y cuyo lenguaje ni
se entiende ni cuenta con hermeneutas o traductores aúlicos; mientras
tanto, el idioma esperantista de los políticos, la razón bla bla, danza
pero no avanza, sobre los humildes cae un espeso silencio y un tupido
velo. Aquí los últimos no son los primeros en hablar, ni siquiera
expresarán su mudez mediante señas elementales; jamás se analizará la
realidad desde abajo, antes al contrario el discurso oficial y
triunfalista ocupará el primer plano quedando encima como el aceite, pues
la jerga parlamentaria se especializa en líquidos grasos y en metafísica
arquimédea: todo parlamentario sumergido en un líquido experimenta un
impulso vertical y hacia arriba igual al peso del volumen del enemigo
desalojado. En tan resbaladizo y aceitunoso elemento desenvuélvense los
tiburones mientras sus alevines se especializan en sobrevivir
superviviendo sobre los cadáveres ajenos, siempre de arriba abajo: arriba
la patria, arriba mi pueblo, arriba yo, arriba las manos, todo el mundo al
suelo. Y lo peor es que, a decir verdad, los atracados mismos se lamentan
hasta el momento en que pueden trocarse en atracadores.
Dado este principio de Arquímedes del lenguaje
parlamentario y sus leyes de inercia, también las organizaciones no
gubernamentales terminan cual loritos repetidores sometidas a las mismas
leyes del patrón léxico que las financia, aunque sobrenadan en unas aguas
más tranquilas porque las subvenciones permiten hasta cierto punto nadar y
guardar la ropa. Por eso a la hiperlocuacidad del Parlamento no responden
ellas con lucidez analítica y crítica, sino con el baberito de comer y
callar, gestionando tan sólo sus respectivas parcelitas, parcheando los
problemas a instancias del poder en cuya sustancia inhieren monetariamente
cual masa inerte. Incluso cuando las organizaciones no gubernamentales
gestionan las cosas con buena voluntad y brillantez, incluso entonces
suelen moverse dentro de la lógica discursiva del sistema, ya sea por
razón de la materia (florecerán las famosas ONG que interesen al poder que
las subvenciona, y sólo ellas), ya sea por razón de la forma o finalidad
que se persigue, siempre en la órbita del Parlamento cual voz de su amo.
En este orden de cosas contemplo con desagrado el
habitual proceder de los “profesionales” del escribir, escasamente amigos
de enfrentarse a los problemas por cuenta propia, y meramente entretenidos
en citar sentencias ajenas, hasta el punto de que no pocos de ellos
sentirían cual puñalada trapera que alguien les pidiese una simple
conferencia sobre su personal cosmovisión; mal favor les haría quien les
invitase a disertar sobre su propia identidad narrativa, pues )cómo
podrían hablar de su propia habitud quienes nunca intentaron construirla,
por haberse recostado perezosamente bajo el árbol protector de unos
clásicos que supuestamente ya lo imaginaron todo? No pocos compañeros de
gremio tomarían por grosería la eventual invitación a “retratarse” por
escrito epistemológicamente; sobre Heidegger o sobre Husserl les resultará
siempre bastante socorrido perorar, mejor o peor, claro, pero estimarían
molesto y hasta contrario al espíritu de la docencia y del buen decoro
intelectual eso de que alguien tuviese la grosera y “desagradable”
ocurrencia de pedirles construir algo propio: “¡Mire - te dirán-, yo soy
un profesor honrado, no un charlatán!”.
Su texto es otro, no ellos mismos. En todo caso, ellos
mismos no son más que contexto, acompañamiento, guarnición, según los
gustos variables del consumidor. Hablar-escribir-sobre, desde el exterior
de lo hablado-escrito, y envejecer hablando-escribiendo sobre no Me parece
sin embargo una experiencia intelectual demasiado sobresaliente.
Verdaderamente ¿qué se puede esperar de esos machacaAristóteles o
machacaKant, cuentacuentos tan habituales en las tristes Facultades de
Filosofía, y no sólo en ellas? Bipedestantes sin facies propia, helos ahí
balando lastimeros con ojos rebañiegos hacia el propio gremio: “¡Yo soy de
Nietzsche, yo de Lacan, yo de Foucault, yo de mi señorito catedrático!”
Pero, así congéneremente cerradas las grupas de los respectivos colegios
filosóficos en torno a sus propios carneros directores ornados con el
esquilón al cuello, quienes se dicen de la Escuela de Cefas o de la
Escuela de Pablo o de la Escuela de Apolo no han degustado aún el sabor de
la escuela, y por ende tampoco el de la realidad.
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