Consuélate, escritor
sin público
Carlos Díaz
Consuélate, en fin, valiosísimo prócer: tienes mucho
futuro en la posmortalidad académica. Tú vales, tú ganarás más batallas
todavía que el mismísimo Cid Campeador después de muerto, porque tú eres
de su invencible estirpe y de su corajuda raza.
El
problema para el escritor, con independencia de que lo haga mejor o peor o
de que se aburra más o menos, es que él necesita inevitablemente un
lector, y ello aunque sólo fuera por el mero hecho del escribir mismo,
toda vez que nadie escribe para no ser leído, siquiera fuere porque
escribir sin leer resulta pretensión metafísicamente imposible. En efecto,
leer sin escribir es cosa perfectamente al alcance de cualquiera pero
escribir sin leer no lo es, ya que si escribes sin leer lo que escribes
sólo estás aporreando las teclas de la máquina o únicamente dibujas con tu
pulso grafismos arbitrarios o montones de sombras.
Pero dicen que no hay mal que no
quepa ser suavizado y también en semejante trance puede aminorarse la
dificultad, así que cuando la sequía de lectores deviene pertinaz ciertos
escritores se convierten en lectoescritores o cantautores y admiradores de
su propia producción, y entonces “el mundo que se fastidie porque no me
merece”, consuelo favorito y tabla de salvación a la que se aferran
denodadamente ciertos payasos sin público. Al final la cantinela viene a
concluir en este ronroneo: ya verás cómo según te vayas haciendo mayor y
la envidia respecto de tu gran obra comience a decaer empezarán a lloverte
los homenajes, esos homenajes al homo que confirman en la humanidad
próxima al humus. Para percibir la profundidad de tu obra se necesitaba
distancia dada la extraordinaria altura de su galibo, pero ya lo irán
comprendiendo los demás uno tras otro, tan sólo es cuestión de paciencia.
Sí, tu nave de marfil se agigantará con el tiempo, cien años más y te
habrás convertido en clásico; tal vez en uno de los pocos clásicos de tu
siglo.
Además a ti, hoy escritor menor
al borde de una jubilación sin júbilo, siempre te queda la esperanza en el
consuelo póstumo, pues en este mundo no se consuela quien no quiere:
ánimo, con suerte serás leído muchísimo después de tu muerte, ya lo verás,
y hasta tus inéditos habrán de ser extraordinariamente valorados, tanto
más cuantos más siglos pasen por encima de tu cadáver y cuanto más
accidentadas y peliculescas hayan sido las circunstancias del
descubrimiento de esos tus ya supuestamente famosos manuscritos ocultos.
Así que -continuemos por favor con la fantasía, que está barata- como este
mundo bobo valora lo rocambolesco, ya sabes, tú vete procurando esconder
en lugares inverosímiles tus profundas lucubraciones y verás cómo una
legión de investigadores y doctorandos pesquisidores se disputan con
surtidas hipótesis de ambición profesional tu fecha de nacimiento, el
número de tu carnet de identidad, la pluralidad de autores que según ellos
encubrirás con un seudónimo o si llega el caso contrario la pluralidad de
negros literarios que escribieron para ti, los influjos de escritores
marcianos o murcianos que hubieran podido producirse de haberse producido,
etc, etc. Y como todo es posible en Doctorilandia, tampoco faltará quien
ponga en duda tu existencia aunque te apresures a dejar bien visible tu
mismísima partida de nacimiento, lo cual fastidia, reconozcámoslo; pero
todo sea por lo que es, que no hay lote sin precio.
Consuélate, en fin, valiosísimo
prócer: tienes mucho futuro en la posmortalidad académica. Tú vales, tú
ganarás más batallas todavía que el mismísimo Cid Campeador después de
muerto, porque tú eres de su invencible estirpe y de su corajuda raza. Que
no decaiga tu ego narcisista en medio del ostracismo que también don
Rodrigo Díaz de Viviar padeció, aunque relegues su disfrute para la
posteridad.
Y ya está, colega; una vez que
hayas emprendido mil circunnavegaciones por el inmenso oceano de tu
escritorio cual Magallanes de papel, y cuando finalmente decidas
desembarcar tu aburrimiento en formato de imprenta, ya sabes: escribes
otra vez, de nuevo te lanzas a la mar oceana. Harás lo mismo hasta el
último día de tu vida, porque tu vida es hacer siempre lo mismo y fuera de
eso no es tu vida ni eres tú mismo, ni sabrías ser tú mismo en otra vida y
en otras cosas.
Izarás las velas y, tras
renovada singladura (aburrida calma chicha la mayor parte de las veces,
procelosa tempestad y apasionante aventura de cuando en cuando) desde tu
soledad impertérrita convertida en vigía y en grumete, tronarás con
aguardentosa voz: “¡Tierra a la vista!”. Acercarás luego el humilde bote
hasta la playa próxima y siempre soñada, saludarás con tu libro a los
pocos lectores indígenas que por su parte habrán de explorarte a ti mismo
y comenzarás a preparar la vuelta a casa, es decir, a tu ordenador que es
barco de papel con el que te deslizas sobre las aguas y que es también
arca contra tempestades y puerto móvil en tiempos campales de donde nuevas
palomas habrán de surcar el cielo anunciando la proximidad de más firmes
tierras.
El libro es la sangre del
escritor, como el teatro es la de Charles Chaplin. A la afirmación de
Charles Chaplin “este es mi sitio, el lugar al que pertenezco”, Claire
Bloom replicó: “Creí que odiabas el teatro”, redargüendo finalmente
Chaplin: “Lo odio. También odio la visión de la sangre, pero la llevo en
mis venas”.
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