El letargo de la
universidad
Víctor Corcoba Herrero
La figura del pensador universitario, que todo lo
fundamenta, estudia y dialoga, ha desaparecido prácticamente.
Hace tiempo que las
universidades españolas -sobre todo las públicas- han dejado de ser
instituciones desinteresadas y libres, centros capaces de universalizar a
sus educandos, lugares para el pensamiento y el diálogo, espacios donde se
proponen ideas para la convivencia, aulas de conceptos y conductas
globales para un mundo globalizado, foco de enseñanza diversa y crítica
que nos encamine (y encauce) a un auténtico humanismo, nos exhorte a
interrogarnos sobre nuestra existencia y formas de habitar en un continuo
mestizaje. En suma, valga la duplicación, hace tiempo que hemos perdido el
tiempo. La educación anda por los suelos, porque la mentira se ha tragado
la docencia de la decencia.
Ciertamente, a poco que nos
adentremos en la Universidad, vemos que la figura del pensador
universitario, que todo lo fundamenta, estudia y dialoga, ha desaparecido
prácticamente. En bastantes ocasiones se echan de menos voces autorizadas,
intelectuales claros y hondos, maestros del raciocinio, que pongan en
orden tantos desórdenes. El caso de que el Gobierno español pagase durante
años una sustanciosa beca, con el dinero de todos, para realizar estudios
superiores al jefe de los terroristas del 11-M, refrenda la nula educación
en valores de nuestras facultades, aletargadas en creatividad e incapaces
en irradiar intelectos que nos ayuden a vivir a todos mejor.
Pienso, además, que el problema
no es tanto la selección de los educandos como el fallo educativo. Aunque
un joven universitario, enterado de la beca al terrorista, me recordaba lo
de la caridad que empieza por uno mismo, puesto que él había tenido que
buscarse un trabajo de camarero para proseguir los estudios de doctorando.
En cualquier caso, a mi juicio, una Universidad que no es capaz de educar
para el diálogo y la concordia, para el derecho a respetar la existencia
de los otros, no tiene sentido. Por consiguiente, entiendo que es
prioritario, más que saber, atinar a favorecer la armonía.
Si antaño se decía que las
universidades eran fábricas de parados, la cuestión no ha cambiado
demasiado, hoy son polvorines de intolerancia, tribunas que para nada
enriquecen interiormente, créditos de burradas configuraciones que no
acreditan humanismo, ni humanidad alguna. Así no se aprende a razonar con
rigor, y menos a obrar con rectitud, para aliviar la vida de toda vida.
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