Reflejos del mundo
para reflexionar el hombre
Víctor Corcoba Herrero
El reflejo del mundo, sumido en violencias y consumido
por bombas, debe hacernos reflexionar, cavilar y corregir nuestras
actuaciones, sobre todo aquellas partes del mundo que se parten la cara, y
que, para enderezar los caminos de la vida, no conocen otro que la fuerza
de las armas.
Salta a la vista que el
escarmiento, o la venganza, no sirve para nada. Si cabe, nos encabrita
más. Yo creo que sería más efectivo, conocernos antes para reconocernos en
un mundo más de todos. Pienso, además, que se precisan gentes de palabra
que nos iluminen en los nuevos rumbos que nos han tocado vivir. Ya don
Quijote, preceptivamente, le recomienda a su escudero Sancho, que ponga
los ojos en quién es y qué se reconozca para conocer. Salvando las
distancias, también Zapatero le recomienda a su gente que ponga los ojos y
los oídos en la calle. Ya veremos si responden sus vasallos. Razón no le
falta. A veces, es cuestión de mirar y de saber mirar, de verse en los
demás y de meditar sobre qué hacer y cómo hacer, para amortiguar los
berrinches caprichosos de aquellos que nos quieren aguar la fiesta de la
vida. Los arrebatos tozudos de los poderosos son para temerles.
Los últimos reflejos del mundo,
nos muestran unos pensamientos que nos desbordan y superan la ficción. Nos
cuesta un riñón, y parte del otro, interpretar los desórdenes, las luchas
inútiles en favor de una justicia que se impone por violencia, los juicios
sin juicio. Ni el común de los juicios se aplica. Antaño los exploradores
navegaron para descubrir nuevos mundos. Hoy nos hace falta, como agua de
mayo, una legión de exploradores que nos insten a explorarnos por dentro,
para luego, ser capaces de explorar a las distintas razas humanas, a fin
de detectar los múltiples trastornos que padecemos. Fallamos en el mundo
de las relaciones humanas, porque nos saltamos, a la torera, todos los
pactos morales. Nada nos importa. Nos quedamos tan frescos. Olvidamos
ponernos en el lugar del otro, y a veces somos tan atrevidos, que lo
colocamos en el lugar que más nos interesa. El refranero refrenda lo
dicho: porque te quiero Andrés, sino por el interés. Desde luego, es una
manera de actuar perversa, que nos pervierte y deprava. ¿Cómo podemos
pensar por los demás?
Mientras unos pasan de la vida y
del mundo, otros tampoco se miran al espejo del corazón. Se instalan en el
delirio, en lo importante e imprescindible que son en la vida. Se sienten
las manos de todos. Y a sus manos nos encomendamos como perritos falderos.
Eso les pasa a muchos políticos. Se creen los reyes del mundo. Marginan el
poder consensual del lenguaje, la comunicación entre nacionalidades y
regiones, el habla de cada cual como instrumento para entenderse. Sé que
esto necesita tiempo, el que no tenemos, el que nos han robado los
mandamases. Nadie incita a la reflexión, a ser sujetos con voz y
pensadores de cátedra viviente. Al poder no le interesan los sabios. Al
diálogo hay que darle su trago de verbos, adjetivos y nombres. Rumiar y
remar mar adentro no está de moda. Las prisas nos han devorado todo, hasta
el romanticismo de salir a conquistar un beso de los labios de la luna, y
así percibir el aroma del aire, la pureza del amor, la semántica de las
flores.
Yo confieso que, desde hace un
tiempo, busco el tiempo para la reflexión, por decreto del alma. Me lo
pide la conciencia, que es una ciencia paciente, que provoca la ilusión de
la vida, la que tanto nos falta a diario en los cafés de la siesta. Cuando
se ha perdido la conciencia del yo en los demás, difícilmente podemos ver
la conciencia del mundo. Todo parece un delirio. Ahí están los delirios de
persecución, los falsos salvadores, los guerrilleros que exaltan
fanáticamente a sus jefes carismáticos. Convendría discernir sobre esas
pasiones sectarias, que nos quitan libertades, como si fuéramos una
propiedad de alguien, una impura y dura mercancía, en definitiva.
Para más freno de libertades de
movimiento se extreman las medidas de seguridad, ante un mundo totalmente
inseguro, a pesar de estar armado hasta los dientes. El problema no es
ganar batallas, o librar luchas, sino el de ser capaces de reflexionar.
Cuando la detonación de palabras se hace estridente, como el momento
actual que soportamos, la única manera de apaciguar los aires es
callándose. Todo lo contrario a la altanería que practican algunos
gobiernos y gobernantes. De nada nos sirve la sabiduría, si luego el
raciocinio se oxida, si el hombre cede y no busca, ni se interroga en la
evidencia. El ser humano deja de ser humano si no percibe los reflejos del
mundo, si no reflexiona y demanda una explicación para cada cosa. Si
renunciamos a ser sujetos pensantes, díganme, de qué nos sirve tanto
saber. A sabiendas de que, sin una sólida conciencia reflexiva (y
recíproca), arraigada a los valores de la ética, el mundo es una mentira y
el hombre un ser hambriento de verdad.
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