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Resurrección

Walter Turnbull

Todavía estamos gozosos, radiantes, regocijados por la resurrección de Cristo. La victoria de Cristo sobre la muerte, la victoria de bien sobre el mal.

Todavía nos queda el sabor de haber entonado el “Resucitó” en la Vigilia de Pascua. Todavía suenan en los templos los esperados cantos de resurrección. ¿Dónde está, muerte, tu victoria? Nuestro amigo Jesús resultó ser Dios. Nuestro hermano Jesús está sentado a la derecha del Padre. La muerte y el sepulcro no lo pudieron aprisionar. Jesús es “El Señor”.

Ahora sí vas a restablecer el reinado de Israel”, exclamaron animados los apóstoles. Nuestro líder es invencible.

Pero ese no era el plan de Dios. Los pensamientos de Dios no son nuestros pensamientos. “Como dista el cielo de la tierra, así distan mis caminos de sus caminos y mis proyectos están por encima de los suyos.” Ese misterio glorioso, ese inconmensurable acontecimiento es sólo parte de una maravillosa secuencia de acontecimientos que llevan a la consumación del plan de Dios.

Bendito sea Dios, Padre de Nuestro Señor Jesucristo, que... nos eligió en la persona de Cristo, antes de crear el mundo, para que fuésemos santos e irreprochables ante El por el amor... Este es el plan que había proyectado realizar por Cristo cuando llegara el momento culminante: hacer que todas las cosas tuvieran a Cristo por cabeza, las del cielo y las de la tierra. (Recomendamos repasar completo el cántico de Ef. 1, 3-10).

Poco sería -comparado con el plan de Dios- que Cristo se hubiera encarnado, hubiera muerto y hubiera resucitado si eso no redundara en una invitación para nosotros, si no provocara un cambio en nosotros. Si sólo en Jesús quedara la manifestación de la gloria del Padre, mucha sería nuestra admiración, pero “vana sería nuestra fe”.

El cuerpo de Cristo, a partir de la última cena, empieza a comportarse en forma extraña e inexplicable: adopta la apariencia de un pedazo de pan y una copa de vino, muere y revive en medio de una descarga de radiación, cambia de aspecto ante las santas mujeres y ante los discípulos de Emaús, puede comer pero también puede atravesar paredes, puede aparecer y desaparecer repentinamente, puede elevarse hasta las nubes... y lo más importante para nosotros: puede volver a hacerse presente en un pedazo de pan y puede ser comido para resucitar dentro de nosotros y que nosotros formemos parte de El.

No es una alegoría, no es una figura poética, no se refiere a que lo vamos a recordar y lo vamos a tratar de imitar. Se refiere exactamente a eso: “Ya no soy yo quien vive, sino Cristo quien vive en mí.” Y por medio de la Iglesia, nosotros vivimos en Él. “Le constituyó Cabeza suprema de la Iglesia, la plenitud del que lo llena todo en todo.”

Formar parte de Cristo, que Cristo se adueñe de nuestra vida, reproducir en nosotros a Cristo. Pensar como Jesús piensa, sentir como Jesús siente, amar como Jesús ama, actuar como Jesús actúa. Experimentar en nosotros su paz y su gozo. Es la vocación a la que hemos sido llamados por la voluntad del Padre. Es también un proyecto y un trabajo de toda la vida. Suena absurdo, suena utópico, suena inalcanzable, pero es la realidad. Así son los planes de Dios.

 
 

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