Creo en la
resurrección, pero de verdad
Jose Ignacio Munilla Aguirre
El pensamiento del “teólogo” Juan José Tamayo
contrario a la fe católica.
Con el título "Creo en la
resurrección, pero de otro modo", el teólogo Juan José Tamayo publicaba un
artículo de opinión en diversos periódicos el 18 de Abril del 2004; en el
que, una vez más, se nos presentaba como víctima incomprendida y
maltratada por la Iglesia Católica. Ha pasado ya más de un año desde que
la Comisión Episcopal de la Doctrina de la Fe de la Conferencia Episcopal
Española hiciese pública una nota en la que descalificaba diversas teorías
expresadas por el citado señor, como "incompatibles" con la fe católica.
Ciertamente es muy fácil hacer pública la versión personal de una
controversia, cuando uno tiene la seguridad de que la otra parte, por
discreción y por talante, se va a callar o se expresará en privado. Dejo
sin comentario, por lo tanto, los dimes y diretes que nos cuenta en su
artículo, y me voy al tema central de la resurrección de Cristo: ¿Se puede
creer en la resurrección de otra manera, como afirma el señor Tamayo? O,
por el contrario, ¿sería más honesto que reconociese su ausencia de fe en
la resurrección?
Una de las indicaciones que la
Iglesia Católica hizo a éste teólogo fue la de negar el carácter histórico
y real de la resurrección. Honestamente, no entiendo cómo se puede sentir
objeto de falsas acusaciones por parte de las autoridades eclesiásticas,
cuando resulta que en su último libro formula tesis como las siguientes:
"la resurrección no es un acontecimiento histórico", "la resurrección de
Jesús no constituye el dato decisivo ni el núcleo central de la fe
cristiana", "la fe en la resurrección nació del recuerdo del Jesús
histórico", "ha de ser entendida en el sentido de la rehabilitación de las
víctimas por parte de Dios", "es un símbolo y una metáfora del deseo de la
vida eterna del hombre"... Y, por si caben dudas de cómo interpretar estas
expresiones, el Sr Tamayo asume la afirmación de Lüdemann: "La tumba de
Jesús no estaba vacía, sino llena, y su cadáver no se esfumó, sino que se
descompuso".
Por lo tanto, cogiendo el toro
por los cuernos, se nos plantea una pregunta que no admite componendas:
¿Cabe afirmar que Cristo ha resucitado sin que eso suponga que el sepulcro
quedase vacío? ¿Se podría seguir hablando de resurrección si apareciese
hoy el cadáver de Jesucristo? Ante una cuestión tan obvia, me remito al
sentido común de los lectores. Pretender hablar de la resurrección de
Cristo sin que esto conlleve le reanimación de su cuerpo, solo se explica
desde unos clarísimos prejuicios antropológicos de partida.
Es cierto que la resurrección de
Cristo es un hecho que trasciende la historia, y que, por lo tanto, no es
comprobable en el orden físico. Nada que ver con la resurrección de
Lázaro, por poner un ejemplo, que le hizo volver a una vida mortal. La
resurrección de Cristo supone trascender el orden natural, pasando a un
estado de glorificación, que está fuera de nuestra capacidad de
comprobación. Pero eso no obsta para que la resurrección haya dejado
huellas constatables. Es decir, por una parte estamos ante un
acontecimiento que trasciende la historia humana, pero que al mismo tiempo
ha dejado huellas históricas y, por lo tanto, físicamente comprobables: el
sepulcro vacío, las vendas, los encuentros con los discípulos tras su
resurrección, etc.
El cuerpo resucitado de Cristo
es de suyo invisible. Dicho de otra forma, no tiene necesidad de
esconderse a nuestros ojos. Pero con el deseo de fortalecer nuestra fe,
quiso tener la condescendencia de dejarse ver y tocar en determinados
momentos y circunstancias. Las apariciones de Cristo tras su resurrección
están en el mismo orden de los milagros que hizo Jesús, para testimoniar
su misión y fundamentar nuestra fe. La predicación que hicieron los
apóstoles en la iglesia primitiva no deja lugar a dudas: "nosotros que con
El comimos y bebimos después de haber resucitado de entre los muertos" (Hech
10,41).
Tampoco debemos de perder de
vista que el retrato psicológico que los evangelios hacen de los apóstoles
-y no me refiero solamente a Tomás- está muy lejos de describirlos como
unas personas fácilmente sugestionables y crédulas. En definitiva, las
escenas evangélicas de las apariciones de Cristo resucitado no pueden
explicarse por la fe pascual de los discípulos; sino que la fe pascual se
explica por las apariciones. Aconsejaría a los lectores que leyesen los
números 639-644 del Catecismo de la Iglesia Católica. Allí podrán
comprobar por ellos mismos hasta qué punto las teorías del Sr Tamayo están
basadas en la Escritura, Tradición y el Magisterio de la Iglesia; o, por
el contrario, son pura ideología suya.
La forma con la que la reciente
película de "La Pasión" describe la resurrección de Cristo merece un
comentario final, ya que sintoniza perfectamente con lo que queremos
expresar en este artículo. La piedra que tapa el sepulcro es corrida,
entra la luz en el sepulcro y se deshinchan los lienzos en los que había
estado envuelto el cadáver. Mel Gibson ha tenido sin duda una buena
asistencia teológica y escriturística a la hora de elaborar el guión de
esta escena y de otras muchos de su película.
En efecto, biblistas de gran
prestigio como De la Potterie, Laurentin y otros muchos, hacen notar que
en el evangelio de San Juan (Jn 20, 5) se narra con mucha precisión lo que
el apóstol encontró al entrar en el sepulcro vacío. La traducción más
frecuente de este versículo se suele expresar así: "llegó primero al
sepulcro, y habiéndose agachado, ve los lienzos en el suelo..." Pero, sin
embargo, los estudios bíblicos a los que hacemos referencia hacen notar
que San Juan utiliza el término griego "kéimana"para especificar que los
lienzos estaban "tendidos", "aplanados", "alisados" en el suelo. Tengamos
en cuenta que es la misma palabra griega con la que se expresa la
disminución de la inflamación de una parte del cuerpo humano. Pues bien,
aplicado al texto bíblico, habría de interpretarse en el sentido de que
las vendas y la sábana que estuvieron abultadas por contener dentro de
ellas el cadáver de Cristo, fueron encontradas por el apóstol
"deshinchadas". No estaban desdobladas, como hubiese ocurrido en el caso
de que alguien hubiese robado el cadáver, sino "desinfladas". Y aquellas
huellas visibles de la resurrección, aunque no eran pruebas por sí solas,
debieron de tener una gran fuerza en San Juan, ya que desencadenan su
confesión de fe: "entró al sepulcro... vio y creyó".
En resumen, el sr Tamayo es muy
libre de afirmar que cree en la resurrección "de otro modo". Nadie se lo
prohíbe. Pero no tiene derecho alguno a hacerse la víctima por el hecho de
que el magisterio de la Iglesia haya "osado" decirle a él y a quienes le
escuchan, que su visión es contraria a la fe católica.
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