Cirio de ideas
Víctor Corcoba Herrero
Ya me gustaría que se pusieran de moda los libros,
porque la lectura es al alma lo que el alma es a la vida.
Su candela de sensaciones nos
alimenta por dentro para mejor vivir por fuera. No hay como ser poseedor
del valor interior. Olvidamos, atrapados por las redes de la prepotencia y
perversidad, que la mayor riqueza se lleva cuerpo adentro. Lo de sacar
pecho es perecedero. Lo de abrirse el corazón, aunque duela, es antorcha
de luz.
Tampoco es fácil encontrar hoy
en día, a pesar de lo mucho que se edita, libros que nos conmuevan y
emocionen, que nos conduzcan a la sabiduría. Se libran de la vulgaridad
los clásicos, aquellos elevados a los altares por la más nívea crítica, la
del tiempo. Otras veces, buceando por los mares de la letra impresa, te
encuentras con ejemplares que nadie lee (la crítica literaria, seria y
honesta, en España apenas existe), y su lectura es una verdadera lluvia de
pensamientos.
Entrar en las páginas de un
libro debe ser como traspasar un oasis de paz y amor, pensar en los
bosques de la vida y en el jardín humano. Cuidado con aquellos volúmenes,
que no limpian los aires, fijan transparencias, y resplandecen
raciocinios, capaces de ayudarnos a vivir más en convivencia. Los lectores
asiduos, aseados por obras que nos hacen más libres, tienen otro talante.
Los talentos del verbo, anidados en la lectura, producen tolerancia,
aparte de otros frutos, como puede ser, no estar obsesionado por el éxito
externo, si acaso por la búsqueda de la serenidad.
Contaba el sabio de Ramón y
Cajal que, en la triste senectud sólo le distraían el ánimo estas tres
cosas: los libros, el sol y las flores. En su biblioteca encontraba
antídotos contra la desesperanza, el dolor, la tristeza y el odio. Una
buena receta para los momentos de celeridad que vivimos actualmente y para
desterrar tanta borrachera de medicamentos. Pienso que sí, que ante los
tumultuosos cambios, es importante tener como compañero de viaje un libro,
muchas veces antes que una persona, que nos aliente y nos confluya hacia
un patrimonio de ideas, para tomar luego, la común de todas ellas y, así,
conseguir el ansiado bien común, que no es otro, que la paz en paz con el
hombre.
Jamás se han editado tantos
libros y se han tenido tantos titulados universitarios en cartera. Sin
embargo, se echan en falta manuales de imprescindible lectura e
intelectuales que, con voz valiente, nos orienten hacia otras visiones más
amplias, frente a la mediocridad que nos circunda, por muchas cátedras que
poseamos y bibliotecas que fundemos. Hemos perdido tantos estilos, como el
de difundir el gusto por la belleza, que necesitamos más que nunca una
legión de cirios que nos iluminen. Todo ha cambiado para peor. Los poetas
se han vuelto mansos, los narradores se venden al poder, mientras que sus
hijos, los libros, nacen y mueren al mismo tiempo, y se reproducen como
idiotas en la idiotez. Ante tal panorama de absurdos, retornar a los
ancestrales pensadores, a los iluminados poetas, a los guerrilleros de la
palabra, considero que es buena terapia para clarificar sombras y
purificar cruces, para aprender a reemprender otro camino más prendado de
amor, el que ellos han sembrado, sin casarse con nadie, nada más que con
la verdad.
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