El camino de regreso
a casa
Roberth Phoenix
Confesiones de un hijo pródigo: han pasado muchos años
desde que aquel hombre al que llaman Jesús me mostró el camino de regreso
a casa y lo recorrió conmigo.
Han pasado muchos años desde que
era un niño y conocí a Dios por primera vez, cuando mi madre me enseño mis
primeras oraciones. Han pasado muchos años desde la primera vez que lo
llame “Papito”. Muchos años, desde que hice mi primera comunión. Desde que
crecí en mi estudio pero no en mi fe, y entonces dude. Muchos años desde
que me volví ateo y deje de creer en Él.
Parece que fue ayer cuando un
joven lleno de dudas y de dolor se negaba a creer en la existencia de un
Dios, pues como buen joven contemporáneo justificaba su inexistencia con
el sufrimiento e injusticias en el mundo, sin contar por supuesto con un
gran número de mitos y mentiras alrededor de la Iglesia Católica como u
buen escudo.
Fue hace mucho que me fui de
casa de mi Padre, para “buscar la verdad”, para “ser libre” y no tener que
rendirle cuentas a nadie. Fue hace mucho que la filosofía y el
“conocimiento” eran mi refugio, tratando de negar esa pequeña voz en el
corazón. Fue hace mucho que mamá y papá lloraban por mi vida vacía de Él,
y por el sufrimiento que esto les causaba.
Y en esos muchos años
transcurridos, en un camino lleno de caídas, de dolor, de obscuridad,
justo en el momento en que ya no podía más, en el momento en que mi alma
casi muerta pedía a gritos salvación, mi orgullo murió, y mi corazón se
arrodilló... Y entonces vino Él.
Aquel que se hizo hombre y que
se engendró en una niña, aquel que vino al mundo en una noche fría entre
la suciedad de los animales, sin tributos, sin reconocimientos, solo en la
mitas de la noche, cobijado por los brazos de su madre.
Aquel que creció en la pobreza
en un pueblo del otro lado del mundo, en medio de la nada. Aquel que desde
niño vio la grandeza de Dios en el hombre, su fragilidad y su dolor. Aquel
que aprendió de su madre, las primeras oraciones y que en la oración y el
abandono, fue encontrando su lugar en el mundo.
Hace muchos años que aquel
hombre, que creció y nos compartió a su Padre como nuestro, y a su Madre
como nuestra. Ese hombre, el que murió desangrándose en la cruz,
abandonado, sufriendo, pero que pensaba en cada uno de nosotros cuando
vivió ese momento tan amargo, ese hombre vino a mí.
Aquel hombre al que las palabras
en el cielo y la tierra no alcanzan para alabar y agradecer por su amor
infinito. Aquel hombre que me tomó entre sus brazos y me cargó, aquel que
me curó las heridas y me abrazo tiernamente. El que sonrió y me habló de
su Padre celestial. El que me infundió su Espíritu, me dijo “Te amo” y
cambió mi vida...
Él me dio la verdad y la
libertad que tanto busqué, las que tenía en casa de mi Padre y que dejé.
El dio paz a mi vida, reconciliación a mi familia, me dio amigos
maravillosos que me acompaña día a día y sentido a mi existencia... Han
pasado muchos años desde que aquel hombre al que llaman Jesús me mostró el
camino de regreso a casa y lo recorrió conmigo.
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