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Vida y derecho a la vida

Rodrigo Guerra López

Hipótesis sobre la importancia de la irreductibilidad de la vida humana para una antropología normativa

Introducción

En las siguientes líneas exponemos algunas de las ideas que nos motivan a realizar una investigación sobre la naturaleza de la vida y el derecho a la vida y que esperamos desarrollar durante los próximos dos años. Cuando esta investigación sea completada esperamos mostrar las razones que justifican que la vida humana es un fenómeno irreductible a sistemas materiales caóticos y no-caóticos y el impacto que esta justificación puede tener en la fundamentación de la obligatoriedad del cumplimiento de las normas jurídicas que de manera directa o indirecta protegen el derecho a la vida como derecho inalienable.

El ámbito de la presente exposición queda entonces delimitado por su índole aproximativa e inicial. Sin ingresar a los problemas propiamente relativos a la juricidad ofreceremos algunas primeras reflexiones sobre la importancia que tiene mostrar el fenómeno de la vida humana como fenómeno irreductible en el proceso de constitución de una antropología normativa.

Teorías contemporáneas sobre la vida

La vida humana es un fenómeno que ha sido estudiado desde la antigüedad bajo diversos enfoques: la psicología, la biología, y más recientemente, la bioquímica, la genética y las neurociencias han colaborado desde ángulos distintos a indagar algunas de sus propiedades y atributos. Este tipo de investigaciones poseen una gran importancia ya que explicitan supuestos que en ocasiones pasan desapercibidos al momento de emitir un juicio sobre la vida del ser humano. La vida es un fenómeno complejo que requiere ser interpretado con cuidado y apreciando los descubrimientos de los saberes que la investigan. Ahora bien, no es difícil advertir que toda posición mantenida desde el ángulo de las ciencias de la vida - como la medicina o la biología - o desde los espacios del quehacer legislativo y del diseño de políticas públicas en materia de salud posee al menos implícitamente una cierta comprensión sobre la naturaleza de la vida en general y de la vida humana en particular. Este tipo de comprensión si bien suele tener una base empírica innegable se encuentra acompañada de manera explícita o al menos implícita de juicios e interpretaciones de índole estrictamente filosófica que es preciso detectar al menos en sus términos básicos.

Tres son los más importantes grupos de teorías contemporáneas sobre la naturaleza de la vida que hemos detectado: el mecanicismo, el biosistemismo y el vitalismo.

En primer lugar miremos al mecanicismo contemporáneo. Esta corriente sostiene que los vivientes son organismos fisicoquímicos altamente complejos. Este tipo de teoría suele adoptar un perfil maquinista cuando se señala que el funcionamiento de los vivientes semeja a una máquina o es propiamente una máquina. Esta posición tiene sus antecedentes en el mecanicismo formulado por Renato Descartes y hoy es defendido por quienes impulsan el programa de investigación «ALife», es decir, «Artificial Life»:

El término «vida artificial» es usado para describir la investigación en sistemas hechos por el hombre que poseen algunas de las propiedades esenciales de la vida. De este modo, existen muchos sistemas de este tipo que responden a estos criterios - digitales, en probetas, y mecánicos - y estos pueden ser usados para realizar experimentos con el propósito de revelar los principios y la organización de los sistemas vivientes sobre la tierra así como en cualquier otro lado. Este esfuerzo es verdaderamente interdisciplinario y recorre la gama de la biología, la química y la física hasta la de la ciencia computacional y la ingeniería. Mientras que una gran parte de la vida artificial esta dedicada a entender la vida tal y como la conocemos - esto es, vida sobre la tierra - un esfuerzo significativo versa sobre la búsqueda de los principios de sistemas vivientes que sean independientes de un sustrato particular. Así, vida artificial también considera la vida “como podría ser” al explorar alternativas artificiales a las de la química basada en el carbono.

Esta posición llega en algunos autores a afirmaciones que descubren de manera muy explícita su interpretación sobre el fenómeno de la vida. Por ejemplo, Daniel Denett sostiene que “la biología no sólo es como la ingeniería; es ingeniería” o C. G. Langton dirá al momento de buscar sintetizar formas de vida alternativas a las basadas en cadenas de carbono que él “intenta capturar la esencia conductual de los componentes constitutivos de un sistema vivo, dotando a una colección de componentes artificiales con repertorios conductuales semejantes. Si se organiza correctamente, el agregado de partes artificiales debería exhibir la misma dinámica que el sistema natural”.

Como se puede apreciar, en el mecanicismo contemporáneo hay una fuerte tendencia a un reduccionismo radical que rechaza la existencia de una frontera entre lo vivo y lo no-vivo. La vida en esta postura es un fenómeno de complejidad sin diferencia cualitativa respecto de otros fenómenos análogos en el universo.

En segundo lugar existe una corriente más compleja: el biosistemismo. En esta posición el fenómeno de la vida es un sistema emergente arraigado en procesos físico-químicos. ¿Qué quiere decir esto? Que los sistemas vivos, aunque compuestos de elementos físico-químicos, tienen propiedades de las que sus componentes carecen. Por ello, la unidad de estudio de las ciencias de la vida es el organismo-en-su-ambiente - que es lo que propiamente está vivo - y sus diferentes subsistemas (moléculas, células, órganos) y supersistemas (población, comunidad, ecosistema). Dentro de esta teoría destacan las investigaciones de Martin Mahner y de Mario Bunge. En su más reciente obra estos autores sostienen que:

Debe admitirse que aunque los sistemas bióticos hayan emergido al final de un largo proceso evolutivo pre-biótico, su aparición fue un salto cualitativo - tanto como la formación de una molécula a partir de los átomos (…) en una ontología emergentista sistémica natura facit saltus, por pequeños que puedan ser (…) No importa cuán graduales hayan sido la evolución molecular y la biogénesis, la emergencia de cada propiedad nueva o sistémica es un salto. Si no, hay que negar por completo la novedad cualitativa. Así, de nuestra caracterización se sigue que hay una línea divisoria, por delgada que sea, entre lo viviente y lo no viviente, tal como hay entre átomos y moléculas.

Para Martin Mahner y Mario Bunge la vida no es un ser material o inmaterial, no es una substancia, una fuerza o una propiedad. La vida es una «colección», es decir, un objeto conceptual. Lo que sí es una propiedad es «estar vivo». Esta es la propiedad de algunos sistemas complejos caracterizados de cierta composición (agua, ácidos nucleicos, proteínas, etc.), de cierto ambiente (en el que se encuentran precursores de sus componentes lo que permite al sistema autoensamblar muchas de sus biomoléculas), y de cierta estructura (que permite metabolizar, mantenerse y repararse a sí mismo en cierto grado). Este tipo de caracterización excluye considerar como «vivo» a algún sistema compuesto por todos los seres vivientes que poseyera por él mismo la propiedad de estar vivo.

En esta teoría el «quid» de lo vivo descansa en la explicación que se ofrezca del emergentismo, es decir, del salto cualitativo que distingue a lo vivo de lo no-vivo. A lo largo de la obra de Manher y Bunge encontramos que él distingue, siguiendo a G. H. Lewes, propiedades «resultantes» de propiedades «emergentes». Las primeras son propiedades que poseen ciertas totalidades que también tienen aquellos elementos o partes que las integran. Las propiedades emergentes son aquellas que caracterizan a la totalidad pero que ninguna de las partes constitutivas las poseen. Así la propiedad de «estar vivo» es una propiedad emergente de las células pero una propiedad resultante de los organismos multicelulares. La cuestión de fondo, con todo y esto, subsiste ¿cómo ocurre un proceso de «emergencia»? A lo que Bunge y Mahner responden:

Sólo un matemático puro o un metafísico hegeliano podrían hacer una pregunta tan general. Un biólogo, así como cualquier otro científico fáctico, sabe que no hay una respuesta general: la respuesta depende de la naturaleza del caso. En otras palabras, existen incontables mecanismos de emergencia, y apenas si tienen algo en común excepto la aparición de nuevas propiedades.

Como se puede advertir los autores se escabullen con esta respuesta. Una explicación universal de la emergencia parece filosóficamente inviable debido a la multiplicidad de casos emergentes. ¿Cómo entonces podemos saber a qué nos referimos con el término «emergencia»? El hecho de que aparezcan nuevas propiedades en un sistema es precisamente un hecho, pero no una explicación. Así, parecería que el término emergencia al menos en este autor es introducido para mencionar una «novedad inexplicada»…

El tercer grupo de teorías genéricamente las denominamos vitalistas porque aceptan de una manera o de otra la existencia de un principio de vida diverso a la materia. En primer lugar debemos comentar aunque sea brevemente que dentro de las teorías vitalistas existen versiones contemporáneas de hilozoísmo, es decir, de posturas que afirman que toda materia está viva. Estas posturas se encuentran principalmente en el new age y sus derivados. De una manera similar al reduccionismo radical que caracteriza a algunos mecanicistas y que los conduce a afirmar que no existe división entre lo vivo y lo no-vivo, el vitalismo hilozoísta asume que los biosistemas están «más vivos» que los seres inertes o que los seres muertos (que nunca están totalmente muertos sino sólo menos vivos).

Otras posturas vitalistas sostendrán que la vida brota de un principio vital o alma que acompaña al cuerpo sin ser el cuerpo. Entre las más relevantes destaca el dualismo psicofísico o psiconeural comúnmente de corte interaccionista. En esta teoría se propone la existencia de un principio que influye en el cuerpo y un cuerpo que también afecta al principio. Dos de los autores que en época reciente han defendido esta idea son Karl Popper y John Eccles quienes a través de experimentos empíricos y finas observaciones concluyeron en una investigación conjunta que el yo humano no es el cerebro aún cuando interactúa con él. De manera todavía más reciente las investigaciones de John Searle parecen acercarlo también a algún tipo de dualismo interaccionista aún cuando él parece resistirse a aceptarlo denominando a su propia postura «naturalismo biológico»:

La conciencia es un proceso biológico que acaece en el cerebro y es conjuntamente un proceso subjetivo, irreductible a cualquier otro, a funciones, representaciones, neuronas y sinapsis. La conciencia es también una entidad que tiene una realidad epistémicamente objetiva y ontológicamente subjetiva. Y para tratar de comprenderla es necesaria una redefinición de las categorías de la causación, de la relación mente-cuerpo y lenguaje-realidad, a partir de una redefinición de los conceptos de «material» y «mental».

Diferente en su modo de explicar la interacción entre principio vital y cuerpo es la postura sustancialista contemporánea. En ella, siguiendo en cierta medida a Aristóteles, se ofrecen explicaciones en las que la materia es insuficiente razón para asumir el orden, unidad y configuración propias de lo vivo, por lo que lo vivo exige que el cuerpo esté determinado por un principio «formal» que lo haga ser, ser-vivo y gozar de auténtica unidad sustancial (unidad sustancial cuerpo-alma). Dos autores que en diálogo con la biología contemporánea asumen esta postura son Jacinto Choza y Josef Seifert.

La solución sustancialista normalmente posee supuestos de tipo metafísico que requieren ser explicitados para que pueda ser entendida cabalmente. No es sencillo proponer la existencia de un principio vital diverso al cuerpo cuando la biología molecular contemporánea pareciera ofrecer explicaciones sobre la vida que parecen no requerir de este tipo de elementos suprasensibles. Por ello, parece ser necesaria una reconsideración de la vida en general y de la vida humana en particular que permita descubrir si existen auténticamente datos en la experiencia que muestren con evidencia la existencia de un principio vital o si en todo caso es preciso aceptar que la vida y la vida humana son fenómenos reducibles a su pura dimensión material.

La vida humana

Desde nuestro punto de vista para clarificar qué es la vida humana es preciso volver a la experiencia. La experiencia es un lugar en el que conviven datos sensibles e inteligibles a la vez y que nos permite descubrir un amplio mundo que excede a aquel delimitado por el empirismo y sus secuelas (neopositivismo, fisicalismos de diversa índole, etc.). La experiencia como punto de partida de nuestra indagación no es propiedad exclusiva de los empiristas sino de todo aquel que busque reconocer las cosas como son aún cuando ellas aporten en ciertos momentos datos de difícil interpretación.

La experiencia que poseemos del mundo es muy variada y compleja. En ella podemos percatarnos, tal y como lo hicieron Platón y Aristóteles, que existen seres móviles movidos por otro y seres móviles movidos por sí, es decir, con un cierto grado de operación inmanente. Esto condujo a los autores mencionados a sostener que lo vivo se reconoce por la automoción. Por ejemplo, Platón sostiene en el Fedro que:

Todo cuerpo al que le viene de fuera el movimiento es inanimado, en tanto que todo aquel que lo recibe de dentro, de sí mismo, es animado, como si en esto mismo radicara la naturaleza del alma.

Sin embargo, esta observación puede afinarse aún más si prestamos atención a la propia experiencia de sí. En efecto, el primer lugar en el que el ser humano tiene experiencia de la automoción y por ello de una propiedad esencial - aunque no única - de lo vivo es la propia experiencia sobre sí mismo. Es interesante a este respecto observar que el nacimiento de la teoría de la potencia y el acto en un autor como Aristóteles no se da al momento en que él constata el movimiento en las cosas que lo rodean sino que en el texto más juvenil que se conoce sobre esta doctrina refiere que el punto de partida es la experiencia de la vida y de la vida capaz de percibir y de pensar, es decir, de la vida humana experimentada interiormente «desde dentro»:

Parece que la palabra «vivir» se dice de dos maneras: una, según la potencia (katá dynamin), y otra según el acto (kat energeian). Pues decimos que son vivientes tanto los animales que tienen vista y han nacido capaces de ver, incluso si tienen los ojos cerrados, como los que están usando esta facultad y dirigiendo la vista a algo. Lo mismo con el saber y el conocer, unas veces hablamos de él como del uso y la contemplación y el tener la ciencia. Si distinguimos la vida de la no vida por la percepción, y percepción se dice de dos maneras, principalmente el uso de los sentidos y de otro modo de ser capaz (de usarlos) (es por esto, parece, por lo que decimos que incluso un hombre dormido percibe), es evidente que vivir se dirá de la misma manera en los dos sentidos: un hombre despierto será el sentido principal y verdadero, un hombre dormido lo será por ser capaz de cambiar al movimiento en virtud del cual decimos que un hombre está despierto y percibiendo alguna cosa, pues hablamos de él por esto y en referencia a esto. Y cuando se dice lo mismo de dos entes, y de uno de los dos se dice por el hacer y el padecer, asignaremos preferentemente su sentido a éste, igual que usaremos la palabra conocer más bien para el que tiene el conocimiento, y ver para aquel que dirige su vista que a uno que sólo la posee… Si el vivir es, como para todo animal, su propio ser, está claro que el pensador será en su mejor sentido y en su más alto grado, y la mayoría de ellos, cuando ejerciten y tengan la contemplación de lo más cognoscible. Pero la actividad perfecta y patente tiene en sí misma el placer, por tanto, el acto contemplativo es el más placentero de todos.

Esta indicación aristotélica puede ser continuada cuando manteniendo nuestra mirada en la propia experiencia nos percatamos de la inmediata e indubitable patencia de la vida conciente. En efecto, una manera aún más profunda y contundente de descubrir la vida humana en su especificidad más característica se encuentra al momento en que tenemos una experiencia interna de la vida de la cual no podemos alejarnos ni poner en cuestión:

Nadie puede pensar que él no existe, asintiendo a este enunciado, porque al pensar algo se percibe existente.

Esta experiencia sobre el propio ser no es una experiencia sobre el ser incualificado sino sobre el ser que soy, sobre el ser que siente, piensa y quiere, sobre el ser que se da cuenta del mundo y que no puede no darse cuenta oblicuamente de sí mismo como ser vivo. Agustín de Hipona a éste respecto se pregunta:

¿Quién puede dudar que vive, recuerda, entiende, quiere, piensa, sabe y juzga? Puesto que aún cuando él duda, él vive…

Este tipo de constataciones nos muestran que tenemos un modo de ser que es capaz de vivir. La experiencia interna del vivir es una experiencia antepredicativa, es decir, anterior a toda enunciación más o menos afortunada de su naturaleza. Sin embargo, ella ya nos dice cosas importantes, por ejemplo, que ser-vivo capaz de pensar, querer y sentir es algo con un contenido que denota una importancia intrínseca superior a la de los seres que no tienen conciencia alguna. Esto, aún cuando sea dicho en este momento de manera muy rápida, muestra entonces que el conocimiento atemático del sí mismo por pura presencia, es una evidencia que no puede ser considerada axiológicamente neutra. La experiencia del «yo», es la experiencia de un ser que sabe de sí y que sabe que vale aún cuando su expresión verbal sobre estas consideraciones sea modesta o nula.

Cuando sostenemos esto no queremos insinuar que ser, vivir y ser-conciente se identifiquen sin más. Al contrario, lo que deseamos advertir es que gracias a que somos concientes nos damos cuenta que poseemos un modo de ser que es más allá de los estados concientes (sistere extra cogitationem). Esto precisamente nos permitirá luego, en otras discusiones, sostener con fundamento que la vida humana no puede definirse en términos de conciencia sino que es la conciencia la que ha de definirse en términos de vida humana.

¿Cómo es que la conciencia puede mostrar que la vida humana es irreductible a un fenómeno material complejo? Si prestamos atención a la experiencia del «yo» podemos reconocer en él características esencialmente diversas a las que aportan los seres puramente materiales. Por ejemplo, la experiencia del «yo» no es sólo la experiencia de la mente - como quería Descartes - sino también la experiencia del cuerpo vivo que sabe de sí. Esta experiencia que abraza todo lo que soy es la experiencia de una unidad indivisible en la que miles de experiencias múltiples sobre las más diversas cosas acontecen simultánea o sucesivamente. El «yo» de este modo revela que en el ser humano que es cuerpo viviente (Leib) existe una dimensión que no puede explicarse bajo las leyes que regulan a los cuerpos (Körper) sin más, como lo es, la divisibilidad. Dicho de otro modo, existe una dimensión del cuerpo viviente humano que no es sólo cuerpo ya que posee un tipo de unidad supra-corpórea.

Otras característica distintiva de la vida humana como tal es su insustituibilidad. Todo ente sustancial individual es único e irrepetible. Dos tabiques, dos árboles o dos pájaros aún cuando tengan el mismo tamaño y apariencia son únicos y diversos a los demás, cada uno es un ser idéntico sólo a sí mismo. Sin embargo, aún con estas características son perfectamente sustituibles, son reemplazables. Cuando un tabique falla, puede ser reemplazado por otro…

La vida humana no es así. La experiencia del «yo», de ser un «alguien» y no un «algo» es la experiencia de un ser que por ser consciente es capaz de dar razón de su acción. De esta manera, en lo que tenemos que ser y hacer, nadie nos puede reemplazar en sentido estricto. La vida del «yo» es insustituible. La vida de cada individuo humano es irremplazable. Esto nuevamente nos habla del extraordinario valor que posee entonces la vida humana. Una vida humana no puede ser reemplazada ni siquiera por otra vida humana. Cada persona tiene una singularidad de tan alto grado que aún una copia total de todos sus componentes corpóreos jamás podrá restituirla o reemplazarla.

Una tercera característica de la vida humana y de su fuente es su peculiar estabilidad y duración. Un cuerpo vivo humano en cuanto cuerpo no posee la «sustantividad» que posee el cuerpo vivo humano en tanto que humano. ¿Qué queremos decir con esto? Una atenta observación de nuestra condición corpórea nos permite percatarnos de un proceso de reemplazo celular periódico de ahí que ellas, las células, no puedan ser consideradas el sustrato que funge como fuente originaria del «yo». El «yo» está constituido parcialmente por el cuerpo pero su continuidad y estabilidad es mayor que la del cuerpo. Así la vida del «yo» no es reducible a un fenómeno complejo de base celular o biomolecular aún cuando evidentemente tenga una asociación muy estrecha con ella.

Estas consideraciones fácilmente nos permiten percatarnos de otra más: la existencia de fenómenos propios de la vida humana como el pensamiento, la libertad, el amor, la alegría y otros muchos, no están contenidos en el espacio como lo están la extensión de un cuerpo, su peso, su color, etc. El pensamiento, por ejemplo, no puede ser medido como los cuerpos. No posee en sí mismo cantidad dimensiva aún cuando el experimentarlo pueda estar acompañado de algunos fenómenos corpóreos eventualmente cuantificables. Más aún, mientras que los cuerpos al moverse cambian en el lugar y en el tiempo, algo de lo incorpóreo propio de la vida humana puede cambiar en el tiempo - hay un antes y un después al «recordar», por ejemplo -, pero su movimiento no implica cambio de posición en el espacio. De esta manera podemos constatar que existe una dimensión de la vida propiamente humana que posee características que no cumplen las leyes de los seres que son solo cuerpos.

Vida humana y antropología normativa

Estos breves comentarios no agotan todo lo que debería decirse respecto de la vida humana como fenómeno irreductible a la materia o a un epifenómeno de la materia. Sin embargo, sí comienzan a indicar que la vida humana posee un tipo de perfección superior a la de las cosas. Estas cuestiones propias de la biofilosofía son capitales para la biojurídica y la bioética. Evidentemente, si la vida humana es una realidad reconducible a una explicación puramente material no existirán motivos reales para tratar a las personas de manera distinta a las cosas. Las personas seríamos perfectamente instrumentalizables por tener naturaleza de cosas (cosas sofisticadas, complejas, pero cosas a fin de cuentas). Si al contrario la vida humana es un fenómeno irreductible a una forma de organización material compleja podemos intuir que no será indiferente desde un punto de vista axiológico sino que su relevancia valoral será al menos superior a la de las cosas y por lo tanto se convertirá en fuente auténtica de obligaciones que no podremos eludir.

¿Es posible sostener en base a lo aquí expuesto que la vida humana «debe» ser respetada en todo lugar y momento? ¿Es posible afirmar que la vida humana tiene un valor que obliga no sólo moral sino jurídicamente?

Cuando la vida humana se reconoce como un fenómeno puramente bioquímico no es posible encontrar referentes normativos que indiquen un cierto deber. La limitación metodológica de saberes orientados a determinar cómo se realizan, por ejemplo, procesos metabólicos, conexiones sinápticas o cómo se encuentra estructurado el genoma los circunscribe a una exploración de la realidad dentro de márgenes que poseen un género propio. En este sentido puede ser entonces al menos parcialmente válida la denuncia referente a la imposibilidad de derivar un deber-ser a partir de un ser. Cuando el reconocimiento del ser es una suerte de descripción sobre el modo cómo están dispuestas ciertas partes, ciertos procesos, ciertas conexiones, ciertas regularidades no es posible más que enunciar leyes generales no-prescriptivas. Sin embargo, los datos que la experiencia ofrece poseen un horizonte mayor.

En efecto, la experiencia no está construida sólo por el material que típicamente suelen abordar saberes como la bioquímica, la genética o las neurociencias. La restricción de la experiencia al ámbito de las cualidades sensibles y en el mejor de los casos a penetraciones intelectuales del efecto a la causa con alcance sectorial (demostraciones quia de alcance limitado) es fruto de una intervención metodológica que si bien puede tener sentido precisamente en estas ciencias no hace imposible el que otras puedan ampliar la consideración de lo real hasta un dominio explicativo de los porqués más últimos y radicales. Dicho de una manera breve y tal vez un tanto esquemática: el más importante de los cómos no sustituye al más modesto de los porqués.

Si ampliamos la noción de experiencia hasta el grado de abrazar cualquier dato que se manifieste de manera primaria ante nuestras facultades cognoscitivas sin restricción alguna podemos entonces reconocer el valor que tienen las incursiones de las ciencias particulares en el fenómeno de la vida en general y de la vida humana en particular, pero simultáneamente, sostener que estas nunca serán suficientes para la determinación de lo que debemos hacer.

Los valores son datos inteligibles de modo concreto que se manifiestan en la experiencia y que son reconocidos como tales gracias a la capacidad que tiene la inteligencia de alcanzar el singular de manera inmediata - aunque indirecta -. Es interesante observar que muchos filósofos aún de corte aristotélico tomista al considerar que el conocimiento inmediato del singular es imposible colocan las bases para que entonces la fundamentación de las normas tenga que realizarse forzadamente a través de una derivación deductiva del deber a partir de las inclinaciones - cayendo, entonces sí, en falacia naturalista -.

La experiencia sobre lo real nos ofrece otras vías. De hecho, la experiencia al mostrarnos como dato inmediato el valor nos permite encontrar el deber en un momento primario sin necesidad de implementar algún tipo de deducción. Las inclinaciones, tendencias y regularidades genéricas en los seres vivos no son normativas (nos referimos a normas morales o jurídicas). Los valores son los factores fundamentales que fundan normas y en el caso de la vida humana no solo la acompañan sino que la explican desde un punto de vista realmente sapiencial. No basta saber qué es la vida humana sino cuanto vale para comprenderla e interpretarla respetando su especificidad (reductio in propter genus).

La vida humana es valiosa porque la persona tiene una perfección entitativa tal que hasta le permite conocer, amar y buscar respuestas definitivas a sus preguntas. Nótese que no son estas perfecciones (conocer, amar, etc.) las que fundan el valor de la vida sino que es la vida por su valor, es decir, por su perfección intrínseca la que hace que estas otras perfecciones se manifiesten y eventualmente se desarrollen. Si como decía Aristóteles, el vivir es el propio ser del viviente, la vida humana no puede poseer otro valor que el que proviene de su ser personal, del acto de ser propiamente personal, irreductible al acto de ser de las cosas. De esta manera, si bien la vida humana puede caracterizarse por una cierta automoción, más propiamente hablando habrá que caracterizarla por ser una perfección pura convertible con el ser personal.

Los problemas que implica la detección del valor de la vida humana en momentos límite como son el de la concepción o los referentes a ciertos estados vegetativos no significan que sea imposible afirmar una norma absoluta que permita garantizar la vida. Este es el papel que juega una antropología normativa, se decir, un estudio sobre la persona humana desde el punto de vista del deber primario que impone el valor de lo humano. Cuando la antropología se ha hecho como prescindiendo del dato normativo que de inicio es posible encontrar en la experiencia de lo humano, la dignidad aparece como un elemento consecutivo de una cierta naturaleza corriéndose siempre el riesgo de posponer un asunto que de entrada permite una comprensión auténticamente intensiva de la persona humana.

Que una antropología normativa es posible y que con su perspectiva puede ser mejor dilucidada la naturaleza de la vida humana habrá de ser justamente el propósito de las siguientes investigaciones.

 
 

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