“Cultura” y
“libertad”
Walter Turnbull
Era uno de esos foros de los que hay tantos en tantos
canales. Yo me lo encontré por casualidad. Dos jóvenes entrevistaban con
suficiente habilidad a personajes ampliamente conocidos por los
ampliamente conocedores, supongo yo.
El primero -un periodista y
catedrático- se presentó como un liberal: “Soy ante todo un liberal; para
mí lo más importante es la libertad, la libertad ante todo”. El segundo
-entiendo que es un “poeta” que lleva años de vivir a costillas del pueblo
en diferentes instituciones de “cultura”- se aventó más fuerte: “Para mí
la máxima libertad que podemos alcanzar es la libertad sexual.”
Es increíble la diversidad en los significados que la
palabra “libertad” ha adquirido al paso del tiempo. Aristóteles, cuatro
siglos antes de Cristo, ya reconocía que para alcanzar la libertad hay que
sujetarse a una ley. Jesús habla de libertad como uno de los mayores dones
que el hombre puede recibir de Dios: “La verdad los hará libres”. San
Pablo habla de la libertad que Cristo nos da: “La ley del Espíritu... te
liberó de la ley del pecado y de la muerte”. Estos eruditos mexicanos
modernos ven la libertad como la posibilidad de fornicar sin
restricciones.
Los animales no tienen, y los
hombres primitivos no tenían -supongo- más restricción para sus acciones
que el mandato de sus impulsos y sus habilidades físicas. Es con la
aparición de la inteligencia y de la cultura -ahora sí, cultura- que el
hombre va descubriendo reglas que hacen más llevadera la existencia, y
actividades que lo llevan a placeres y satisfacciones más sutiles pero a
la larga más gratificantes. El hombre descubre la belleza, la verdad y la
bondad como fuentes de realización y se recrea en el arte, la ciencia, la
convivencia, el servicio, la búsqueda de sentido y de trascendencia...
Estos intelectuales nuestros son
hombres exitosos que pueden escoger la forma en que quieren vivir y en que
se quieren divertir. Ya me imagino la cantidad de libros que se habrán
soplado a lo largo de su vida, las filosofías, las teorías, las opiniones
que han conocido; lo que ha gastado la sociedad en sus estudios. Y ahora
deciden buscar la felicidad en donde la buscaba el hombre primitivo y
donde la buscan los animales. “Lástima de ropita”, lástima de culturita.
Los hubieran soltado en un criadero de conejos y no se habría
desaprovechado una banca en la universidad.
Pero quién soy yo para
cuestionar a los expertos. Por eso me remito a esa frase de Miguel de
Unamuno (confieso que es lo único que he leído de Unamuno) que he pensado
en poner como membrete en mis mensajes a los intelectuales:
...se llaman a sí mismos, y los
unos a los otros entre sí, poetas. No lo son. Son cualquier otra cosa.
Esos no van al sepulcro (el sepulcro del Quijote) sino por curiosidad, por
ver cómo sea, en busca acaso de una sensación nueva, y por divertirse en
el camino. ¡Fuera con ellos!
Ésos son los que con su
indulgencia de bohemios contribuyen a mantener la cobardía y la mentira y
las miserias todas que nos anonadan. Cuando predican libertad no piensan
más que en una: en la de disponer de la mujer del prójimo. Todo en ellos
es sensualidad, y hasta de las ideas, de las grandes ideas, se enamoran
sensualmente. Son incapaces de casarse con una grande y pura idea y criar
familia con ella; no hacen sino amontonarse con las ideas. Las toman de
queridas, menos aún, tal vez de compañeras de una noche. ¡Fuera con ellos!
(Miguel de Unamuno, “Vida de Don Quijote y Sancho”, El sepulcro de Don
Quijote).
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