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Mexicanos, malditos, sinvergüenzas

Jaime Septién

Me parece sintomático que Hollywood se gaste cien millones de dólares para hacer la película The Alamo y Samuel P. Huntington publique el libro Quiénes Somos, donde analiza -en su capítulo nueve- la amenaza que, en su opinión, representa para Estados Unidos la presencia hispana, concretamente la inmigración mexicana.

Con bastante tino, Letras Libres, que encabeza Enrique Krauze, edita el capítulo del libro de Huntington en su número de abril. Tras la lectura del alucinante trabajo de este connotado profesor y politólogo, que saltó a la fama con su libro Clash of Civilizations and the Remaking of the World Order, Krauze responde llamando a Huntington «falso profeta». Después, un artículo de Stephen Schwartz, acaba zarandeando sus «predicciones» de que lo peor que les puede pasar a los angloparlantes es convertirse en una comunidad bilingüe, con el horroroso español de por medio y con 25 por ciento de la población hispana aferrada a sus extrañas costumbres del taco, la Virgen de Guadalupe y la familia con todo e hijos.

Justo cuando este debate se produce en los círculos intelectuales, asociados a la difusión y al periodismo, en las salas de cine se proyecta una nueva (la número mil) versión de la batalla celebrada en El Álamo, entre mexicanos comandados por Antonio López de Santa Anna y colonos tanto como mercenarios gringos. La diferencia entre ésta y la de John Wayne es la tecnología. En el fondo la idea de que Texas se ganó en buena lid, que hubo una resistencia heroica y que los mexicanos somos rateros, torpes, y delincuentes en potencia o en acto, es exactamente la misma.

Ya el cine estadounidense ha dado muestras de estar comprometido en la explotación de esta veta. Seguro vende. Pero, quizá, no interese tanto la venta. The Alamo ganó siete millones de dólares en su primera semana -la semana «caliente»- de exhibición: nada para los patrones de la industria. Lo que interesa, es reforzar -por medio del gran público- las tesis emergentes de los círculos académicos, como las de Huntington. Se trata de ir creando el caldo de cultivo para lograr que penetren políticas discriminatorias en contra de una etnia, de una cultura, en este caso de los mexicanos para tener el respaldo del ciudadano medio a la hora de «arrear parejo».

Añádase el odio contra el extranjero (árabe, mexicano, da lo mismo) tras el ataque a Nueva York; la proximidad de las elecciones de noviembre y la penetración real del español en Estados Unidos, para que la cosa no pinte nada bien, en especial para los 10 millones de compatriotas nuestros que han ido allá a trabajar porque aquí les hemos negado ese derecho.

 
 

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